Primer Capí­tulo

Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemí­n, sino sobre el candelabro, para que los que entren vean el resplandor.

LUCAS, 11, 33

Antes de que todas estas declaraciones saliesen de mi mesa de trabajo para seguir el destino que yo habí­a determinado para ellas, pensé en convertirlas en un libro tradicional, en el que se cuenta una historia real después de una exhaustiva investigación.

Empecé a leer una serie de biografí­as que pudiesen ayudarme a escribirlo, y entendí­ una cosa: la opinión del autor respecto al personaje principal acaba influyendo en el resultado de las investigaciones. Como mi intención no era exactamente decir lo que pienso sino mostrar cómo vieron la historia de la «bruja de Portobello» sus principales personajes, acabé abandonando la idea del libro; pensé que era mejor limitarme a transcribir lo que me habí­an contado

Heron Ryan, cuarenta y cuatro años, periodista

Nadie enciende una lámpara para esconderla detrás de la puerta: el objetivo de la luz es dar más luz, abrir los ojos, mostrar las maravillas a su alrededor.

Nadie ofrece en sacrificio lo más importante que posee: el amor.

Nadie pone sus sueños en manos de aquellos que pueden destruirlos.

Excepto Athena.

Mucho tiempo después de su muerte, su antigua maestra me pidió que la acompañase hasta la ciudad de Prestopans, en Escocia. Allí­, aprovechando una ley feudal que fue abolida al mes siguiente, la ciudad concedió el perdón oficial a ochenta y una personas “”y a sus gatos”” ejecutadas por practicar la brujerí­a entre los siglos XVI y XVII.

Según la portavoz oficial de los Barones de Prestoungrange y Dolphinstoun, «la mayorí­a habí­an sido condenados sin ninguna prueba concreta, basándose solamente en los testigos de la acusación, que declaraban sentir la presencia de espí­ritus malignos».

No merece la pena recordar de nuevo todos los excesos de la Inquisición, con sus potros de tortura y sus hogueras en llamas de odio y venganza. Pero en el camino, Edda repitió varias veces que habí­a algo en ese gesto que no podí­a aceptar: la ciudad y el decimocuarto Barón de Prestoungrange y Dolphinstoun les estaban «concediendo el perdón» a personas ejecutadas brutalmente.

“”Estamos en pleno siglo XXI, y los descendientes de los verdaderos criminales, aquellos que mataron inocentes, todaví­a se creen en el derecho de «perdonar». Ya sabe a qué me refiero, Heron.

Lo sabí­a. Una nueva caza de brujas empieza a ganar terreno; esta vez el arma no es el hierro ardiente, sino la ironí­a o la represión. Todo aquel que descubre un don o que por casualidad osa hablar de su aptitud pasa a ser visto con desconfianza. Y generalmente, el marido, la esposa, el padre, el hijo, o quien sea, en vez de enorgullecerse, le prohí­be cualquier mención al respecto, por miedo a exponer a su familia al ridí­culo.

Antes de conocer a Athena pensaba que no era más que una forma deshonesta de explorar la desesperanza del ser humano. Mi viaje a Transilvania para el documental sobre vampiros también era una manera de demostrar cómo se engaña fácilmente a la gente; ciertas creencias permanecen en el imaginario del ser humano, por más absurdas que puedan parecer, y acaba usándolas gente sin escrúpulos. Cuando visité el castillo de Drácula, reconstruido sólo para darles a los turistas la sensación de estar en un lugar especial, se me acercó un funcionario del gobierno; insinuó que recibirí­a un regalo bastante «significativo» (según sus palabras) cuando se pasase la pelí­cula en la BBC. Para este funcionario, yo estaba ayudando a propagar la importancia del mito, y eso merecí­a ser recompensado generosamente. Uno de los guí­as dijo que el número de visitantes aumentaba cada año, y que cualquier referencia al lugar serí­a positiva, incluso aquellas que afirmaban que el castillo era falso, que Vlad Dracul era un personaje histórico sin ninguna referencia al mito, y que todo era fruto del delirio de un irlandés (N. R.: Bram Stoker) que jamás habí­a visitado la región.

En aquel preciso momento, entendí­ que, por más riguroso que fuese con los hechos, estaba colaborando involuntariamente con una mentira; aunque la idea de mi ruta fuese precisamente desmitificar el sitio, la gente cree en lo que quiere; el guí­a tení­a razón, en el fondo estaba colaborando haciendo más propaganda. Desistí­ inmediatamente del proyecto, a pesar de haber invertido una cantidad razonable en el viaje y en las investigaciones.

Pero el viaje a Transilvania acabarí­a teniendo un enorme impacto en mi vida: conocí­ a Athena cuando ella buscaba a su madre. El destino, este misterioso, implacable destino, nos puso frente a frente en la insignificante recepción de un hotel más insignificante todaví­a. Fui testigo de su primera conversación con Deidre, o Edda, como le gusta que la llamen. Asistí­, como si fuese un espectador de mí­ mismo, a la lucha inútil que emprendió mi corazón por no dejarme seducir por una mujer que no pertenecí­a a mi mundo. Aplaudí­ cuando la razón perdió la batalla, y la única alternativa que me quedó fue entregarme, aceptar que estaba enamorado.

Y esta pasión me llevó a ver rituales que nunca imaginé que existiesen, dos materializaciones, trances. Creyendo que estaba ciego de amor, dudé de todo, y la duda, en vez de paralizarme, me empujó hacia océanos que no podí­a admitir que existí­an. Fue esta fuerza la que en los momentos más difí­ciles me permitió afrontar el cinismo de otros amigos periodistas, y escribir sobre Athena y su trabajo. Y como el amor sigue vivo, aunque Athena ya esté muerta, la fuerza sigue presente, pero todo lo que quiero es olvidar lo que vi y lo que aprendí­. Sólo podí­a navegar en este mundo de la mano de Athena.

Éstos eran sus jardines, sus rí­os, sus montañas. Ahora que ella se ha marchado, necesito que todo vuelva rápidamente a ser como antes; voy a fijarme más en los problemas del tráfico, en la polí­tica exterior de Gran Bretaña, en la forma en la que administran nuestros impuestos. Quiero volver a pensar que el mundo de la magia no es más que un truco bien hecho. Que la gente es supersticiosa. Que las cosas que la ciencia no puede explicar no tienen derecho a existir.

Cuando las reuniones de Portobello empezaron a descontrolarse, fueron innumerables las discusiones sobre su comportamiento, aunque hoy en dí­a me alegre de que jamás me oyera. Si hay algún consuelo en la tragedia de perder a alguien a quien amamos tanto, es la esperanza, siempre necesaria, de que tal vez haya sido mejor así­.

Me despierto y me duermo con esta certeza; fue mejor que Athena se marchara antes de bajar a los infiernos de esta tierra. Jamás iba a volver a conseguir la paz de espí­ritu después de los sucesos que la caracterizaron como «la bruja de Portobello». El resto de su vida iba a ser una confrontación amarga entre sus sueños personales y la realidad colectiva. Conociendo su naturaleza, iba a luchar hasta el final, a gastar su energí­a y su alegrí­a demostrando algo que nadie, absolutamente nadie, está dispuesto a creer.

Quién sabe, buscó la muerte como un náufrago busca una isla. Debió de estar en muchas estaciones de metro de madrugada, esperando a atracadores que no vení­an. Caminó por los barrios más peligrosos de Londres en busca de un asesino que no aparecí­a. Provocó la ira de los fuertes, que no consiguieron manifestar su rabia.

Hasta que consiguió ser brutalmente asesinada. Pero, a fin de cuentas, ¿cuántos de nosotros evitamos ver cómo las cosas importantes de nuestras vidas desaparecen de un momento a otro? No me refiero a las personas, sino también a nuestros ideales y nuestros sueños: podemos resistir un dí­a, una semana, algunos años, pero estamos condenados a perder. Nuestro cuerpo sigue vivo, pero tarde o temprano el alma acaba recibiendo un golpe mortal. Un crimen perfecto, no sabemos quién asesinó nuestra alegrí­a, qué motivos lo provocaron, ni dónde están los culpables.

Y esos culpables, que no dicen sus nombres, ¿serán conscientes de sus gestos? Creo que no, porque ellos también son ví­ctimas de la realidad que han creado, aunque sean depresivos, arrogantes, impotentes y poderosos.

No entienden y no entenderí­an nunca el mundo de Athena. Menos mal que lo digo de esta manera: el mundo de Athena. Por fin voy aceptando que ella estaba aquí­ de paso, como un favor, como alguien que está en un bonito palacio, comiendo lo mejor, consciente de que no es más que una fiesta, de que el palacio no es suyo, de que la comida no se compró con su dinero, y de que, en un momento dado, las luces se apagan, los dueños se van a dormir, los empleados vuelven a sus habitaciones, la puerta se cierra, y estamos otra vez en la calle, esperando un taxi o un autobús, de vuelta a la mediocridad del dí­a a dí­a.

Estoy volviendo. Mejor dicho: una parte de mí­ está volviendo a este mundo en el que sólo tiene sentido lo que vemos, tocamos y podemos explicar. Quiero otra vez las multas por exceso de velocidad, la gente discutiendo en la caja del banco, las eternas quejas por el tiempo, las pelí­culas de terror y las carreras de Fórmula 1. Ése es el universo en el que tendré que convivir el resto de mis dí­as; me voy a casar, voy a tener hijos, y el pasado será un recuerdo lejano, que al final me hará preguntarme durante el dí­a: ¿cómo pude estar tan ciego, cómo pude ser tan ingenuo?

También sé que, durante la noche, una parte de mí­ vagará en el espacio, en contacto con cosas que son tan reales como la cajetilla de tabaco o el vaso de ginebra que tengo frente a mí­. Mi alma bailará con el alma de Athena, estaré con ella mientras duermo, me despertaré sudando, iré a la cocina a beber un vaso de agua, entenderé que para combatir los fantasmas hay que usar cosas que no formen parte de la realidad. Entonces, siguiendo los consejos de mi abuela, pondré una tijera abierta en la mesilla de noche para cortar la continuación del sueño.

Al dí­a siguiente veré la tijera con cierto remordimiento. Pero tengo que adaptarme de nuevo a este mundo, o acabaré volviéndome loco.

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