Edición nº 128: Sobre la inmortalidad

Sobre la inmortalidad

¿Cómo responde el ser humano a los cambios? Mal. Siempre muy mal. Uno de los mitos más difundidos en el mundo entero – el mito del vampiro – refleja esa idea.

¿Qué es un vampiro? Es alguien que, en determinado momento de su existencia, se volvió inmortal. O sea, que a partir de aquel momento su cuerpo no seguirá más el curso normal de la naturaleza; será joven para siempre, podrá vivir el tiempo que quiera, sin tener que lidiar con los problemas relacionados con la edad.

Su único régimen es un poco de sangre todos los dí­as y su único cuidado con la piel es evitar la luz del sol – pero al final, ese es un precio muy pequeño frente a todas las posibilidades de una vida eterna.

Excepto por una cosa: él paró en el tiempo, pero el mundo continúa transformándose a su lado. Todo aquello a lo que estaba acostumbrado empieza a cambiar, él mismo teniendo todo el tiempo del mundo para adaptarse a esos cambios. El vampiro deseó la inmortalidad justamente porque estaba contento con el mundo en que viví­a; él no tiene ningún interés en acompañar estos cambios.

Imaginemos un ser humano que se hubiese transformado en vampiro al final de la Copa del Mundo de 1986. Podí­a fumar sin problemas en los aviones, no necesitaba quebrarse la cabeza para elegir qué canal de televisión ver – porque al final habí­a poco para elegir. Tení­a una actriz como su sí­mbolo sexual, entendí­a de carburadores, luchaba por su ideal socialista, convencido que en poco tiempo la Unión Soviética tendrí­a gobernantes más capacitados y los sueños del pueblo(llamado proletariado) serí­an finalmente respetados. Un buen dí­a se enamora de una estudiante de 22 años. Admira su belleza, su entusiasmo, su idealismo. Sugiere transformarla en vampira, pero ella se recusa – vio muchas pelí­culas de terror. También está enamorada, no desea perderlo, pero le impone una única condición para seguir adelante con la relación: que él jamás chupe su sangre. El vampiro no tiene otra salida más que cumplir con su palabra. Se casa por lo civil, para evitar crucifijos mortales.

Pasan veinte años – volando, pues ya tuvieron lugar otras cuatro Copas del Mundo. La antigua universitaria ahora tiene 42 años, trabaja en un banco (problemas de desempleo), o está escribiendo inútiles tesis de maestrado, doctorado, sólo para justificar su vida de estudiante. Los carburadores desaparecen de la faz de la tierra. Horrorizado, hojea una revista y ve a la actriz que era su sí­mbolo sexual transformada en un producto hí­brido, compuesto de plástica, botox, silicona, revestidos por toneladas de maquillaje en el rostro. Se siente culpable por tener 200 canales de televisión y ver apenas los mismos de siempre.

La Unión Soviética se desmoronó. Fue obligado a abandonar su amado cigarrillo, (aunque no afectase su salud y es bueno recordar que el vampiro es inmortal), porque se volvió imposible fumar, sea por causa de las leyes, sea por causa de las miradas de los vecinos en los restaurantes. Y lo que es peor: todo el mundo habla de chat, internet, iPod, rave, etc. El vampiro trata de actualizarse, pero todo parece absolutamente complicado, irritante, fuera de propósito. Mira para el ordenador como si mirase un diente de ajo – con horror e impotencia, jamás conseguirá manejar aquello, aunque lo haya intentado varias veces.

Sus amigos están jubilados, pasan los dí­as jugando a las cartas – ellos tampoco saben lidiar con el ordenador, pero no les importa, el grupo envejece junto, tienen los mismos intereses, pueden dividir experiencias.

El vampiro continúa joven. Inmortal. Ahora tiene delante de sí­ la depresión eterna. Trata de suicidarse, saliendo a pleno sol o mirando los crucifijos, solo para descubrir que eran mitos creados por la iglesia y que no le causan ningún mal.

Le resta apenas un consuelo: todaví­a hay una figura polí­tica sobre la cual sabe todo (porque todos los otros gobernantes del mundo entero cambiaron )

Pero Fidel Castro también pasará. Y nada, absolutamente nada, restará del mundo que el vampiro tanto amó un dí­a.