Octavo Capí­tulo

Padre Giancarlo Fontana

La vi entrar a misa de domingo, como siempre con el bebé en brazos. Sabí­a las dificultades que estaban pasando, pero hasta aquella misma semana no dejaba de ser un malentendido normal en las parejas, que yo esperaba que se resolviese tarde o temprano, ya que ambos eran personas que irradiaban el Bien a su alrededor.

Hací­a un año que no vení­a a tocar su guitarra y a alabar a la Virgen por las mañanas; se dedicaba a cuidar de Viorel, al que yo tuve el honor de bautizar, aunque que yo recuerde no hay ningún santo con ese nombre. Pero seguí­a frecuentando la iglesia todos los domingos, y siempre hablábamos al final, cuando ya todos se habí­an ido. Decí­a que yo era su único amigo; juntos participamos de las adoraciones divinas, pero ahora necesitaba compartir conmigo las necesidades terrenas.

Amaba a Lukás más que a cualquier hombre que hubiese conocido; era el padre de su hijo, la persona que habí­a escogido para compartir su vida, alguien que habí­a renunciado a todo y habí­a tenido el coraje de formar una familia. Cuando empezaron las crisis, ella intentaba hacerle entender que era pasajero, tení­a que dedicarse a su hijo, pero no tení­a la menor intención de convertirlo en un niño mimado; pronto lo dejarí­a enfrentarse solito a ciertos desafí­os de la vida. A partir de ahí­, volverí­a a ser la esposa y la mujer que él habí­a conocido en las primeras citas, tal vez incluso con más intensidad, porque ahora conocí­a mejor los deberes y las responsabilidades de la elección que habí­a hecho. Aun así­, Lukás se sentí­a rechazado; ella intentaba desesperadamente dividirse entre los dos, pero siempre se veí­a obligada a elegir, y en esos momentos, sin la menor sombra de duda, escogí­a a Viorel.

Con mis parcos conocimientos psicológicos, le dije que no era la primera vez que oí­a ese tipo de historias, y que los hombres generalmente se sienten rechazados en una situación como ésa, pero que se les pasa pronto; ya habí­a asistido a ese tipo de problema antes, hablando con mis feligreses. En una de estas conversaciones, Athena reconoció que tal vez se habí­a precipitado un poco, el romanticismo de ser una joven madre no la habí­a dejado ver con claridad los verdaderos desafí­os que surgen tras el nacimiento de un hijo. Pero ahora era demasiado tarde para arrepentimientos.

Me preguntó si yo podrí­a hablar con Lukás, que jamás iba a la iglesia, ya fuera porque no creí­a en Dios o porque preferí­a aprovechar las mañanas de domingo para estar más cerca de su hijo. Yo accedí­ a hacerlo, siempre que viniera por su propia voluntad. Y cuando Athena estaba a punto de pedirle ese favor, se produjo la gran crisis y su marido se marchó de casa.

Le aconsejé que tuviera paciencia, pero ella estaba profundamente herida. Ya habí­a sido abandonada una vez en su infancia, y todo el odio que sentí­a hacia su madre biológica le fue transferido automáticamente a Lukás, aunque más tarde, por lo que sé, volvieron a ser buenos amigos. Para Athena, romper los lazos de familia era quizás el pecado más grave que alguien podí­a cometer.

Siguió frecuentando la iglesia los domingos, pero volví­a en seguida a casa, porque ya no tení­a con quién dejar a su hijo, y el niño lloraba mucho durante la ceremonia, entorpeciendo la concentración de los demás fieles. En uno de los pocos momentos en los que pudimos hablar, me dijo que estaba trabajando en un banco, que habí­a alquilado un apartamento, y que no me preocupara; el «padre» (habí­a dejado de pronunciar el nombre de su marido) cumplí­a con sus obligaciones económicas.

Hasta que llegó aquel domingo fatí­dico.

Yo sabí­a lo que habí­a pasado durante la semana: me lo habí­a contado uno de los feligreses. Me pasé algunas noches pidiendo que algún ángel me inspirase, que me explicase si debí­a mantener mi compromiso con la Iglesia o mi compromiso con los hombres. Como el ángel no apareció, me puse en contacto con mi superior y me dijo que la Iglesia sobrevive porque siempre ha sido rí­gida con sus dogmas (si empezaba a hacer excepciones, habrí­amos estado perdidos desde la Edad Media). Sabí­a exactamente lo que iba a pasar, pensé en llamar a Athena, pero no me habí­a dado su nuevo número.

Aquella mañana, mis manos temblaron cuando levanté la hostia, consagrando el pan. Dije las palabras que la tradición milenaria me habí­a transmitido, usando el poder transmitido de generación en generación por los apóstoles. Pero entonces mi pensamiento se dirigió a aquella chica con su niño en brazos, una especie de Virgen Marí­a, el milagro de la maternidad y del amor manifestados en el abandono y la soledad, que acababa de ponerse en la fila como hací­a siempre, y, poco a poco, se acercaba a comulgar.

Creo que gran parte de la congregación allí­ presente sabí­a lo que estaba pasando. Todos me miraban, esperando mi reacción. Me vi rodeado de justos, pecadores, fariseos, sacerdotes del Sanedrí­n, apóstoles, discí­pulos, gente de buena y de mala voluntad.

Athena se paró delante de mí­ y repitió el gesto de siempre: cerró los ojos y abrió la boca para recibir el cuerpo de Cristo.

El cuerpo de Cristo permaneció en mis manos. Ella abrió los ojos, sin entender muy bien lo que estaba pasando.

“”Hablamos después “”le susurré.

Pero ella no se moví­a.

“”Hay gente detrás, en la cola. Hablamos después.

“”¿Qué es lo que pasa? “”Todos los que estaban cerca pudieron oí­r su pregunta.

“”Hablamos después.

“”¿Por qué no me da la comunión? ¿No ve que me está humillando delante de todo el mundo? ¿No es suficiente todo lo que he pasado?

“”Athena, la Iglesia prohí­be que las personas divorciadas reciban el sacramento. Has firmado los papeles esta semana. Hablamos después “”insistí­ una vez más.

Como no se moví­a, le indiqué a la persona que estaba detrás que pasase por un lado.

Seguí­ dando la comunión hasta que el último feligrés la hubo recibido. Y entonces, antes de volver al altar, oí­ aquella voz.

Ya no era la voz de la chica que cantaba para adorar a la Virgen, la que hablaba sobre sus planes, la que se conmoví­a contando lo que habí­a aprendido sobre la vida de los santos, la que casi lloraba al compartir sus dificultades del matrimonio. Era la voz de un animal herido, humillado, con el corazón lleno de odio.

“”¡Pues maldito sea este lugar! “”dijo la voz””. Malditos sean aquellos que nunca han escuchado las palabras de Cristo, y que han transformado su mensaje en una construcción de piedra. Pues Cristo dijo: «Venid a mí­ los que estéis afligidos, que yo os aliviaré». Yo estoy afligida, herida, pero no me dejáis acercarme a Él. Hoy he aprendido que la Iglesia ha transformado esas palabras. ¡Venid a mí­ los que siguen nuestras reglas, y dejad a los afligidos!

Oí­ a una de las mujeres de la primera fila decirle que se callase. Pero yo querí­a escuchar, necesitaba escuchar. Me giré y me puse delante de ella, con la cabeza baja; era lo único que podí­a hacer.

“”Juro que jamás volveré a poner los pies en una iglesia. Otra vez más soy abandonada por una familia, y ahora no se trata de dificultades económicas, ni de la inmadurez de alguien que se casa demasiado pronto. ¡Malditos sean los que le cierran la puerta a una madre y a su hijo! ¡Sois iguales que aquellos que no acogieron a la Sagrada Familia, iguales que el que negó a Cristo cuando él más necesitaba a un amigo!

Y, dando media vuelta, salió llorando, con el niño en brazos. Yo terminé el oficio, di la bendición final y me fui directo a la sacristí­a; ese domingo no iba a haber confraternización con los fieles, ni conversaciones inútiles.

Ese domingo me encontraba frente a un dilema filosófico: habí­a escogido respetar la institución, y no las palabras en las que se basa la institución.

Ya soy viejo, Dios puede llevarme consigo en cualquier momento. Seguí­ siendo fiel a mi religión, y creo que, a pesar de todos sus errores, se está esforzando sinceramente por corregirse. Eso le llevará décadas, puede que siglos, pero un dí­a todo lo que se tendrá en cuenta será el amor, la frase de Cristo: «Venid a mí­ los afligidos, que yo os aliviaré».
He dedicado toda mi vida al sacerdocio, y no me arrepiento ni un segundo de mi decisión. Pero en momentos como el de aquel domingo, aunque no dudase de mi fe, empecé a dudar de los hombres.

Ahora sé lo que pasó con Athena, y me pregunto: ¿empezó todo allí­, o ya estaba en su alma? Pienso en las muchas Athenas y Lukás del mundo que se han divorciado y que, por culpa de eso, no pueden recibir el sacramento de la Eucaristí­a, no les queda más que contemplar al Cristo que sufre crucificado, y escuchar Sus palabras (que no siempre están de acuerdo con las leyes del Vaticano). En unos pocos casos, esa gente se aparta, pero la mayorí­a siguen yendo a misa los domingos, porque están acostumbrados a eso, incluso siendo conscientes de que el milagro de la transformación del pan y del vino en la carne y la sangre del Señor les está prohibido.

Creo que, al salir de la iglesia, puede que Athena encontrase a Jesús. Y, llorando, se echó en sus brazos, confusa, pidiéndole que le explicase por qué la obligaban a quedarse fuera sólo por culpa de un papel firmado, algo sin la menor importancia en el plano espiritual, y que sólo interesaba a efectos de burocracia y para la declaración de la renta.

Y Jesús, mirando a Athena, probablemente le respondió: “”Fí­jate bien, hija mí­a, yo también estoy fuera. Hace mucho tiempo que no me dejan entrar ahí­.

Próximo y último texto: 27.09.06