Edición nº 132: Diálogos con el maestro – Mirando atrás

Nunca he sido partidario de revisar el pasado; pienso que el presente es resultado de todo lo vivido, y que basta con fijarse en nuestra manera habitual de proceder para darnos cuenta de lo que nos hace agraciados y de lo que hay que evitar y corregir porque nos lleva a la desgracia.

Sin embargo, ahora que el periodista Fernando Morais está escudriñando en mi vida, he decidido echar un vistazo yo también a mis anotaciones de otra época: las que tomé, en su mayorí­a, entre 1982 y 1986, a partir de mis conversaciones con J., mi amigo y maestro en la Tradición de RAM. Hace ya muchos años, publiqué algunos de nuestros diálogos en esta columna, y aunque tuvieron una excelente acogida por parte de los lectores, no continué, considerando que con lo publicado ya bastaba. No obstante, al releer algunos de estos cuadernos mí­os cubiertos de polvo (dejé hace tiempo esta costumbre de escribir notas y diarios) he descubierto cosas muy especiales. En las próximas cuatro columnas voy a transcribir los pasajes que me han parecido más interesantes.

Cierta tarde, en una cafeterí­a de Copacabana, tras toda una semana de prolongadas prácticas espirituales sin resultado alguno, le pregunto:

-A menudo pienso que Dios me ignora, aunque sepa que Lo tengo a mi lado. ¿Por qué es tan difí­cil establecer un diálogo con la Divinidad?

-Por una parte, conocemos la importancia de buscar a Dios. Por otra, la vida nos aleja de Él, bien porque nos sentimos ignorados por la Divinidad, o bien porque estamos enfrascados en nuestro dí­a a dí­a. Esto genera además un gran sentimiento de culpa: podemos llegar a pensar que estamos dejando la vida demasiado de lado por causa de Dios, o creer que, por culpa de la vida, renunciamos a Dios más de lo que deberí­amos. Pero esto que parece una alternativa inevitable, no es más que un espejismo: Dios está en la vida, y la vida está en Dios. Si conseguimos penetrar en la armoní­a sagrada de nuestra vida diaria, nos mantendremos en el buen camino, porque nuestras tareas cotidianas son también nuestras tareas divinas.

-Pero, ¿no hay algún tipo de ejercicio práctico que pueda realizar para llegar a creer que es verdad lo que dices?

-Procura tranquilizarte. Al comenzar nuestro camino espiritual, queremos hablar constantemente con Dios, y acabamos por no escuchar lo que Él nos tiene que decir. Por eso tranquilizarse siempre es bueno. No resulta fácil, porque tenemos una tendencia natural a querer actuar, y a actuar de la mejor manera posible, y pensamos que conseguiremos mejorar espiritualmente si trabajamos sin cesar.

-¿Me estás diciendo que debo mantenerme pasivo y no intentar superarme?

-Depende de cómo entiendas tu trabajo. Nos puede parecer que todo lo que la vida nos ofrece es repetir mañana lo que hemos hecho hoy y lo que hicimos ayer. Pero, si prestamos atención, nos daremos cuenta de que ningún dí­a es igual a otro. Cada mañana esconde una bendición, un regalo sólo para este dí­a, que no se puede guardar ni reutilizar más adelante. Si no aprovechamos hoy este milagro, va a perderse sin remedio.

-Pero, ¿no hay un método seguro para conseguir dialogar con la Divinidad, como, por ejemplo, la meditación? ¿O mediante el esfuerzo personal de intentar mejorar cada dí­a?

-Tu pregunta demuestra que eres una persona comprometida con una idea, y basta con mantener siempre presente la esencia de esta pregunta para que todo acabe encajando de manera natural. Las condiciones ideales que buscas no existen. Ciertos defectos nunca podrán eliminarse. El truco consiste en saber que, a pesar de todos tus defectos, existe una razón para que estés aquí­, y tú tienes que estar a la altura.

»Intenta ir más allá de los lí­mites a los que estás acostumbrado. Sé, por diez minutos al dí­a, la persona que siempre has querido ser. Si tu problema es la timidez, toma la iniciativa en la conversación. Si el problema es la culpa, considérate aceptado y comprendido. Si te parece que el mundo te ignora, procura conscientemente ser el centro de todas las miradas. Vas a pasar por alguna que otra situación complicada, pero al final merece la pena.

»Quien, por diez minutos al dí­a, consigue ser lo que soñó de sí­ mismo, ya está realizando un gran progreso.

Decidí­ provocarlo citando un texto budista que habla sobre las seis dificultades de vivir en una casa: da trabajo construirla, aún más trabajo da pagarla, hay que repararla constantemente, el gobierno la puede confiscar, siempre está llena de visitas y huéspedes no deseados, y sirve de escondrijo para actos reprobables.

Según el mismo escrito, existen seis ventajas de vivir bajo un puente: se puede encontrar fácilmente, el rí­o nos enseña lo pasajera que es la vida, no nos despierta una sensación de codicia, no necesita cerca, siempre pasa por allí­ alguien nuevo para conversar, y no hace falta pagar alquiler.

Acabé diciendo que se trataba de una bonita filosofí­a pero que, al menos en mi paí­s, cuando vemos personas viviendo bajo los puentes o viaductos, llegamos a la conclusión clarí­sima de que este texto está equivocado.

J. respondió:

-Es verdad que el pensamiento es bonito, y también es cierto que, en nuestro contexto, está muy equivocado. Sin embargo, tampoco debemos por eso alimentar nuestra culpa. Nos llegamos a sentir culpables por todo lo que somos, inclusive por nuestro salario. Todo sirve de excusa para sentir culpa: nuestras opiniones y experiencias, nuestros deseos ocultos y nuestra manera de hablar, y hasta el hecho de tener determinados padres y hermanos.

»¿Y cuál es el resultado? La paralización. Nos da vergüenza hacer cualquier cosa diferente a lo que los otros esperan. No exponemos nuestras ideas, tampoco pedimos ayuda. Nos justificamos diciendo: “Jesús sufrió, y el sufrimiento es necesario”.

»No obstante, aunque Jesús pasó por muchas situaciones de sufrimiento, nunca pretendió permanecer anclado a ellas. No se debe disculpar la cobardí­a con argumentos de este tipo, o el mundo entero se quedará bloqueado. Por eso mismo, si ves a alguien bajo un viaducto, ve a ayudarlo, porque forma parte de tu mundo.

-¿Y qué se puede hacer para cambiar eso?

-Ten fe. Cree que es posible, y empezará a cambiar toda la realidad que te rodea.

-Nadie puede asumir esta tarea en solitario, y veo que la mayorí­a de las personas no tiene fe suficiente.

-A veces criticamos la falta de fe de los otros. No somos capaces de entender las circunstancias en las que se perdió esta fe, ni intentamos aliviar la miseria de nuestro hermano, cuando justamente esta extrema pobreza genera a su vez cierta rebeldí­a contra Dios e incredulidad en el poder divino.

»En el siglo XIX, el humanista Robert Owen recorrí­a el interior de Inglaterra hablando de Dios. En aquella época era frecuente recurrir a la mano de obra infantil en trabajos pesados, y Owen se detuvo cierta tarde en una mina en la que un chaval de doce años, desnutrido, cargaba un pesado saco de carbón.

»-Estoy aquí­ para ayudarte a hablar con Dios- le dijo Owen.

»-Muchí­simas gracias, pero no conozco a este señor. Debe de trabajar en otra mina- fue la respuesta del chico. ¿Cómo pretender que un niño, en estas condiciones, pudiese creer en Dios?

-Devuelvo la pregunta: ¿Cómo podrí­a ser esto posible?

-Además de fe, debes tener paciencia. Comprende que no estás solo al desear que la Justicia Celeste se manifieste también en esta Tierra. En la Edad Media, las catedrales góticas eran construidas por varias generaciones. Este esfuerzo prolongado ayudaba a sus participantes a organizar el pensamiento, a agradecer y a soñar. Hoy el romanticismo ya no existe, pero el deseo de construir permanece en muchos corazones. Es cuestión apenas de mantenerse abierto para acabar encontrándose con las personas adecuadas.

(termina en la próxima edición)