Edición nº 132A: Diálogos con el Maestro – Organizando la búsqueda

Prosigo aquí­ con la transcripción de unos cuantos trechos de las conversaciones que mantuve con J, mi amigo y maestro en la Tradición de RAM, y que recogí­ en algunos cuadernos entre 1982 y 1986. En esta época, recuerdo, pedí­a consejo continuamente sobre cualquier decisión que debiera tomar. J. normalmente callaba, hasta que un dí­a me dijo:

-Las personas que nos rodean en nuestro dí­a a dí­a nos pueden dar pistas muy importantes sobre los pasos que debemos dar. Pero para eso es preciso discernir aguzando la mirada y afinando el oí­do, porque los que responden demasiado aprisa no suelen ser muy de fiar.

“Resulta peligroso pedir consejo. Dar uno es algo muy arriesgado, si tenemos un mí­nimo de sentido de la responsabilidad. Si alguien necesita ayuda, puede ser mejor que observe cómo otras personas han conseguido resolver (o no) sus propios problemas. A menudo nuestro ángel emplea los labios de alguien próximo para decirnos algo, pero esta respuesta suele llegar en un momento inesperado, cuando no estamos permitiendo que nuestras preocupaciones oscurezcan el milagro de la vida.

Dejemos que nuestro ángel hable como suele hacerlo: cuando lo juzgue oportuno. Los consejos no son más que teorí­a, mientras que vivir es algo bien diferente.”

A continuación me contó una sabrosa historia:

El maestro Kais caminaba con sus discí­pulos por el desierto, cuando se encontró con un ermitaño que estaba allí­ hace años.

Inmediatamente, los discí­pulos comenzaron a acribillarlo con preguntas sobre el universo, pero acabaron por descubrir que este hombre no era tan sabio como aparentaba.

Comentando esto con Kais, el maestro respondió:

-No vayáis nunca a consultar a un hombre preocupado, aunque normalmente sea un buen consejero. Tampoco pidáis nunca ayuda a un orgulloso, por muy inteligente que parezca. Tanto las preocupaciones como la vanidad turban el conocimiento. Pero ante todo, desconfiad del que vive en soledad: con frecuencia no está allí­ por haber renunciado a todo, sino por su incapacidad para vivir con los demás. ¿Qué tipo de sabidurí­a podemos esperar de alguien así­?

Después J. se fue al aeropuerto y yo me quedé pensando sobre nuestra charla. Yo necesitaba ayuda, pues estaba repitiendo los mismos errores una y otra vez. Mi vida giraba presa alrededor de viejos problemas. Cada cierto tiempo, me deparaba con situaciones ya conocidas, cruzándose una vez más en mi camino.

Esto me deprimí­a. Me daba la sensación de que era incapaz de avanzar. Resolví­ entrar en una cafeterí­a que aún hoy frecuento, y permanecer allí­ observando todo lo que ocurrí­a a mi alrededor. No encontré nada, absolutamente nada nuevo, y empecé a sentirme abandonado.

Finalmente, estiré la mano hacia un periódico que alguien se habí­a dejado en la mesa de al lado, y me puse a hojearlo un poco al azar. Descubrí­ allí­ una reseña sobre un antiguo tí­tulo de Gurdieff que acababa de ser relanzado. El crí­tico citaba un pasaje del libro:

La fe consciente es libertad.
La fe instintiva, esclavitud.
Y la fe mecánica es locura.
La esperanza emocional, cobardí­a.
Y la esperanza mecánica es un mal.
El amor consciente llama al amor.
El amor emocional, lo inesperado.
Y el amor mecánico llama al odio.

Allí­ se encontraba la respuesta: los mismos temas (fe, esperanza, amor) cada uno con sus matices, comportando siempre distintas consecuencias. Comprendí­ finalmente que la repetición de las experiencias tení­a una finalidad: enseñar al ser humano lo que aún no sabe. Desde este dí­a, siempre busco una solución diferente para cada lucha repetida, y, de esta manera, poco a poco he ido hallando mi camino.

Cuando volvimos a encontrarnos, le pregunté qué debí­a hacer para organizar un poco mi búsqueda espiritual, que parecí­a no llevar a ningún sitio. Esto es lo que me respondió:

– No quieras ser siempre tan coherente. Descubre la alegrí­a de sorprenderte a ti mismo. Ser coherente supone tener que llevar siempre una corbata conjuntada con los calcetines. También se deben mantener mañana las mismas opiniones que se tení­an hoy… ¡Eso es ignorar el movimiento del mundo!

“Mientras no hagas mal a nadie, cambia de opinión de vez en cuando, y no te avergüences por contradecirte: estás en tu derecho. No importa lo que piensen los demás, porque lo pensarán de todas formas.”

-Pero estamos hablando de fe.

-Exacto. Continúa con lo que haces, pero intenta poner amor en cada gesto: esto bastará para organizar tu búsqueda. No solemos dar valor a lo que hacemos todos los dí­as, pero esto es lo que transforma el mundo que nos rodea. Pensamos que la fe es un trabajo de gigantes, pero si leemos algunas páginas de la biografí­a de cualquier santo, nos daremos cuenta de que era una persona absolutamente común, con la particularidad de que decidió firmemente dividir con los demás lo mejor de sí­ mismo.

“Son muy diversas las emociones que pueden impulsar el corazón del hombre a emprender el camino de la espiritualidad. El motivo puede ser “noble” (como la fe, el amor al prójimo o la caridad), pero también puede reducirse a un capricho, como el miedo a la soledad, la curiosidad, o el temor a la muerte.”

“Nada de esto importa. El verdadero camino espiritual es más fuerte que las razones que nos condujeron a él, y poco a poco acaba imponiéndose, con amor, disciplina y dignidad. Llega un momento en el que miramos atrás, recordamos el inicio de nuestra jornada, y nos reí­mos de nosotros mismos en aquel entonces. En definitiva, fuimos capaces de crecer, a pesar de la banalidad de los motivos iniciales que nos llevaron al camino.”

-¿Pero cómo puedo saber si, por lo menos, estoy recorriendo este camino con amor y dignidad?

-Dios suele emplear la soledad para enseñarnos algo acerca de la convivencia. A veces usa la rabia para que podamos comprender el infinito valor de la paz. En otras ocasiones, con el tedio quiere mostrarnos la importancia de dejarse llevar por la aventura.

“Dios suele emplear el silencio para enseñarnos algo acerca de la responsabilidad de lo que decimos. A veces usa el cansancio para que podamos comprender el valor del despertar. En otras ocasiones, con la enfermedad quiere mostrarnos la importancia de tener buena salud.”

“Dios suele emplear el fuego para enseñarnos algo acerca del agua. A veces usa la tierra para que podamos comprender el valor del aire. En otras ocasiones, con la muerte quiere mostrarnos la importancia de la vida.”

-Pero, ¿qué hacer con la sensación de culpa que todos tenemos?

-En uno de los más trágicos momentos de la crucifixión, uno de los ladrones se da cuenta de que el hombre que muere a su lado es el Hijo de Dios. “Señor, acuérdate de mí­ cuando entres en el Reino de los Cielos”, dice el ladrón. “En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraí­so”, responde Jesús, haciendo del bandido el primer santo de la Iglesia Católica: San Dimas.

“No sabemos por qué razón Dimas fue condenado a muerte. En la Biblia, él confiesa su culpa, reconociendo que lo crucifican por los crí­menes cometidos. Podemos incluso suponer que habí­a realizado algo cruel o tenebroso que justificase para los jueces semejante final. A pesar de todo esto, en los últimos minutos de su existencia, un acto de fe lo redime, y lo glorifica.”

“Acuérdate de este ejemplo cuando, por la razón que sea, te sientas incapaz de proseguir.”