Edición nº 157 : Fragmentos de un diario inexistente

El Sermón De Un Religioso Peruano

En mi libro El Alquimista, el joven pastor Santiago se encuentra de repente con un anciano en una plaza. Está buscando un tesoro, pero no sabe cómo llegar hasta él. El anciano se decide a iniciar la conversación:
-¿Cuántas ovejas tienes?
-Las suficientes -responde Santiago.
-Entonces estamos ante un problema. No puedo ayudarte mientras tú consideres que tienes las ovejas suficientes.

Basándose en este trecho, el padre peruano Clemente Sobrado publicó un interesante pensamiento del que transcribo a continuación algunos trechos:
Uno de los mayores problemas que todos arrastramos es que “tenemos suficientes ovejas”. Todos tenemos demasiadas razones para no cambiar. Todos tenemos demasiadas seguridades para esperar que alguien venga a proponernos algo nuevo.
Al menos, todos debiéramos caer en la sospecha de que no lo tenemos todo, ni somos todo lo que pudiéramos ser.
Es posible que todos estemos ante un grave problema. Y no se trata de que no queramos ayudarnos los unos a otros. Yo estoy convencido de que todos tenemos mucha capacidad de ayuda. Y de que todos pudiéramos hacer mucho los unos por los otros. Pienso que la verdadera dificultad está en que precisamente la gente no se deja ayudar.
Ese es el verdadero obstáculo para cualquier ayuda. Y no se dejan ayudar “porque tienen ovejas suficientes”. Están demasiado satisfechos.
Casi todos somos así­: tenemos demasiadas cosas y muy pocas aspiraciones, tenemos demasiadas ideas prefijadas a las que no queremos renunciar. Tenemos demasiados esquemas de vida hechos y no necesitamos que nadie nos venga a inquietar con consejos. Pensamos además que ya hemos rezado suficiente, ya hemos ido bastante a misa, ya hemos comulgado mucho, ya hemos hecho mucha caridad, ya hemos leí­do suficientes vidas de santos. Un amigo mí­o, que un dí­a vino a buscarme, me dijo de frente: “la verdad es que no sé a qué vengo. Porque mira, Clemente, yo creo que soy un buen cristiano”. No suelo hacerlo, pero aquel dí­a, creo que me sentí­ inspirado y me levanté de inmediato diciéndole: “perdóname, flaco, pero yo tengo mucha gente que me espera porque no es ni suficientemente mala, ni suficientemente buena. Y tú no me necesitas. No eres: ni suficientemente malo, para ser malo, ni suficientemente bueno, para ser bueno, ni suficientemente santo, para ser santo. Sencillamente eres un cristiano satisfecho. Y los cristianos satisfechos ya han renunciado a ser mejores. Otro dí­a hablamos ¿quieres?” Desde entonces, cuando me llama por teléfono o me busca, siempre me dice: “quiero que atiendas a un cristiano que es insuficiente en todo”.

Señor:
Regálanos un corazón insatisfecho.
Regálanos un corazón donde broten esas preguntas esenciales que no queremos hacernos.
Desinstálanos de nuestras autosatisfacciones.
Que sintamos el gusto por lo que tenemos, pero que eso no lo es todo.
Que nos sintamos buenos, pues sí­.
Pero que nos preguntemos si no tendremos que ser mejores.
Que, al menos, preguntemos.
Porque, es posible, que tú tengas respuestas que nos abran horizontes que antes no veí­amos.

Hakone, Japón

Consigo que mi editor, Masao Masuda, por fin me invite a la tradicional ceremonia del té. Vamos a una montaña cerca de Hakone, entramos en un pequeño cuarto, y su hermana, vestida con el quimono ritual, nos sirve el té.
Sólo eso. Y sin embargo, todo se realiza con tanta seriedad y protocolo, que una práctica cotidiana se transforma en un momento de comunión con el Universo.
El maestro del té, Okakusa kasuko, explica lo que ocurre: “la ceremonia es la adoración de lo bello. Todo el esfuerzo se concentra en el intento de alcanzar lo Perfecto a través de los gestos imperfectos de la vida cotidiana. Toda su belleza consiste en respetar las cosas simples que hacemos, ya que éstas nos pueden transportar hasta Dios”.

Copacabana, Rí­o de Janeiro

Estoy andando por el paseo marí­timo y escucho a una joven diciéndole a otra, muy convencida: “Yo he programado mi vida de la siguiente manera…”
Me quedé pensando: ¿es que acaso cuenta con las cosas que aparecen justamente cuando no las estamos esperando? ¿No se le ha ocurrido pensar que Dios tal vez tenga un plan diferente, y mucho más interesante? ¿Habrá considerado la posibilidad de que, al incluir a otras personas en su programación, esté interfiriendo en ideas y proyectos distintos?
No sé si la frase que escuché era fruto de la inexperiencia o del delirio total.

Melbourne, Australia

Subo al escenario con la aprensión de siempre. Un escritor local, me presenta y comienza a hacerme preguntas. Antes de que pueda concluir mi raciocinio, ya me interrumpe haciéndome una nueva pregunta. Cuando respondo, comenta algo del tipo “esta respuesta no ha sido muy clara, que digamos”. Cinco minutos después, se percibe un malestar entre el público. Recuerdo a Confucio, y hago lo único que se puede hacer en tal circunstancia:
-¿Te gusta lo que escribo? – le pregunto.
-Eso ahora es irrelevante -responde. -Además, soy yo quien hace las preguntas.
-Es muy relevante, ya lo creo. No me estás dejando terminar mis argumentos. Confucio dijo: “Siempre que sea posible, debes ser claro”. Vamos a seguir este consejo y dejar las cosas claras: ¿A ti te gusta lo que escribo?
-No, no me gusta. Sólo leí­ dos libros, y los encontré pésimos.
-De acuerdo. Ahora podemos continuar.
Los campos estaban definidos. El público se relaja, el ambiente se carga de electricidad, la entrevista se transforma en un verdadero debate, y todos – incluido el escritor – terminan satisfechos con el resultado.

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