Edición nº 159 : El dí­a que cumplí­ 60 años

Recientemente, en una entrevista, dije que cumplir 60 años era lo mismo que celebrar los 35 o los 47: tarta de cumpleaños, velitas, etc. Pero no es exactamente eso, y me gustarí­a compartir con mis lectores cómo decidí­ celebrar esta fecha.

Normalmente, la fiesta de mi cumpleaños es el 19 de marzo, dí­a de mi santo patrón, San José. Este año, en febrero, estaba leyendo mi blog, viendo el alma de mis lectores, cuando tuve un impulso: ¿por qué no invitar a diez de estas personas a la fiesta? Publiqué el mensaje diciendo que los primeros que escribiesen serí­an bienvenidos. Los diez primeros mensajes que recibí­ al dí­a siguiente provení­an de muy diversos lugares del planeta: Brasil, Japón, Inglaterra, Venezuela, Qatar, etc. La fiesta se celebrarí­a en Puente La Reina, en el Camino de Santiago (esto es, lejos de aeropuertos o medios de transporte normales). Por otro lado, no estaba seguro de si mis lectores habí­an entendido bien mi mensaje: yo los invitaba a la fiesta, pero no iba a pagar los gastos del viaje.

Les envié un mensaje de correo electrónico explicándolo. Los diez respondieron que lo habí­an entendido perfectamente. Sentí­ entonces una inmensa responsabilidad, pero mantuve mi palabra, y creo que todos acabaron divirtiéndose y que fue para todos ellos una noche especial (¡para mí­ al menos lo fue!). Estos diez lectores mantienen el contacto hasta hoy.

Fue pasando el tiempo, y llegó la ví­spera del dí­a en que nací­. Mi plan era hacer lo que hago siempre, y esto mismo fue lo que ocurrió. El 23 de agosto, a las 23:15, partí­ hacia Lourdes para poder estar a las 00:05 del dí­a siguiente, momento en el que vine al mundo, frente a la gruta de Nuestra Señora, dar gracias por mi vida hasta ese momento, y pedir protección para el futuro. Fue un instante cargado de emoción, pero mientras conducí­a de regreso a St. Martin (donde tengo un pequeño molino para pasar el verano) me sentí­ extremamente solo. Se lo comenté a mi mujer. -¡Pero fuiste tú quien quiso que fuera así­!- me respondió. Era verdad, yo lo habí­a elegido, pero empezaba a sentirme incómodo. Los dos estábamos solos en este enorme planeta.

Conecté mi teléfono móvil. Al momento tocó, y era Mónica, mi agente y amiga. Llegué a casa, y allí­ me esperaban otros recados. Fui a dormir contento, y al dí­a siguiente comprendí­ que no habí­a motivos para haber sentido aquella opresión el dí­a anterior. Comenzaron a llegar flores, regalos, etc. Miembros de comunidades de Internet habí­an hecho cosas extraordinarias a partir de imágenes y textos mí­os. Todo habí­a sido organizado, en la mayorí­a de los casos, por gente que yo no habí­a visto en la vida -con la excepción de Márcia Nascimento, que realizó una labor mágica, y gracias a la cual ahora puedo decir con alegrí­a: ¡Soy un escritor con club de fans (del que ella es la presidente mundial)!

Y en ese momento, comprendí­ dos cosas muy importantes: a) Por más famoso que uno sea, siempre podrá tener la sensación de encontrarse solo. b) Por muy desconocido que sea alguien, siempre estará rodeado de amigos, aunque nunca les haya visto las caras. Cuando yo no era conocido, tampoco me faltó nunca una mano extendida cuando la necesité.

Voy a dejar que Kahlil Gibran, con su maestrí­a inigualable, describa este sentimiento (he tenido que adaptarlo debido al tamaño de la columna):

«Tu amigo es el campo donde siembras con amor, y cosechas agradecido. Él es tu hogar, y tu mesa.

»Has de saber que, cuando él esté callado, a pesar de eso los dos corazones continúan conversando.

»Cuando tengas que separarte de él, no sufras. Pues por esta ausencia reconocerás más fácilmente la importancia de la amistad, al igual que un montañero ve mejor el paisaje que le rodea desde lejos de la planicie.

»Que lo mejor que tengas, puedas compartirlo con tu amigo.

»Permí­tele conocer y participar no sólo de tus momentos de alegrí­a, sino también de los momentos tristes.

»Y entiende que un amigo no está a tu lado para ayudar a matar el tiempo, sino para ayudarte a tener una vida plena».

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