A orillas del rí­o Adour

-Si me quito las gafas, aún consigo ver el camino. No puedo ver los detalles, pero sí­ que veo el camino- dice mi mujer, que tiene seis dioptrí­as y media, mientras caminamos por un campo de maí­z, durante estas vacaciones europeas.

Es lo mismo que me ocurre a mí­: aunque no soy miope, a veces no consigo distinguir los detalles, pero siempre procuro mantener la mirada fija en la dirección que tomé.

Llegamos a un rí­o en mitad de ninguna parte, cerca del pueblecillo conocido como Arcizac-Adour. Y de repente, recuerdo que hice una promesa que aún no he cumplido. Éste era justamente el rí­o en el que estábamos los dos sentados, hace tres años, cuando vimos a una hermosa mujer, con botas de goma hasta las rodillas, caminando por el lecho con un saco sobre los hombros. Al vernos, se nos acercó:

-Conozco a Jaqueline [una amiga nuestra]. Le pedí­ que nos presentara, y ella me respondió: lo encontrarás cuando menos te lo esperes. Me llamo Isabelle Labaune.

Nos explicó que en esos momentos estaba limpiando el rí­o de eventuales desperdicios (botellas de plástico y latas de cerveza arrastradas por la corriente), pero que su gran pasión eran los caballos. Esa misma tarde fuimos a visitar su finca.

Isabelle tení­a unos doce animales, y se encargaba de todo completamente sola: alimentarlos, mantener limpio el lugar, arreglar los establos, reparar las tejas y, en fin, un sin fin de tareas que dejarí­an a cualquiera boquiabierto ante semejante capacidad de trabajo.

-Creé una asociación para personas con problemas mentales de nacimiento. Estoy absolutamente convencida de que la equitación les permite sentirse queridas e integradas en la sociedad.

Siempre que vení­a a pasar mis vacaciones a esta zona, me encontraba con Isabelle. Llegaban algunos microbuses con jóvenes con sí­ndrome de Down, que subí­an a los magní­ficos caballos, y pasaeaban por los rí­os, los bosques y los parques. Nunca se dio el menor accidente. Los padres se quedaban con lágrimas en los ojos, e Isabelle con una sonrisa en los labios. La llenaba de orgullo lo que hací­a: despertaba a las cinco de la mañana, trabajaba el dí­a entero, y se iba a dormir pronto, exhausta.

Era una mujer joven y muy atractiva. Pero no tení­a pareja:

-Todos los hombres que aparecen en mi vida quieren que sea ama de casa. Pero yo tengo un sueño. Sufro por estar sola, pero sufrirí­a más si desistiese del sentido de mi vida.

Todo cambió a principios de 2006. Una tarde, cuando fui a visitarla, me dijo que estaba enamorada. Y que su novio aceptaba su ritmo de vida y estaba dispuesto a ayudarla en lo que hiciera falta.

Unos dí­as después viajé a Brasil. Creo que fue en octubre cuando recibí­ un mensaje suyo en el contestador automático. Decí­a que le gustarí­a verme, pero yo estaba muy lejos y no le di mucha importancia, porque nada puede ser muy urgente en los pequeños pueblos, pensaba.

Cuando regresé a los Pirineos, ya en diciembre, quedé para comer con Jaqueline. Fue entonces cuando supe que Isabelle habí­a muerto de un cáncer fulminante.

Aquella noche, encendí­ una hoguera en mi jardí­n. Me quedé solo, observando las llamas, pensando en una mujer que sólo habí­a hecho el bien en su vida, y que Dios se habí­a llevado tan pronto. No lloré, pero sentí­ un profundo amor en el aire, como si ella estuviese presente en todo lo que me rodeaba. Al dí­a siguiente, recibí­ la llamada de su novio, que me pidió que escribiese algo sobre ella: habí­a partido, y nunca nadie habí­a sabido nada de su trabajo.

Le prometí­ que lo harí­a. Pero sólo hoy, cuando hemos llegado al mismo rí­o, y nos hemos sentado en el mismo lugar, he recordado el compromiso que asumí­, y que ahora, por fin, estoy cumpliendo. De las muchas personas que he conocido en mi vida, una de las más próximas a la santidad es Isabelle Labaune.