Edición nº 162 : Cuento de Navidad

Cuenta una leyenda que, en el paí­s que hoy conocemos como Austria, era costumbre que la familia Burkhard (compuesta por un hombre, una mujer y un niño) animase las ferias navideñas recitando poesí­as, cantando baladas de antiguos trovadores, y haciendo malabarismos que divertí­an a todo el mundo. Por supuesto, nunca sobraba dinero para comprar regalos, pero el hombre siempre le decí­a a su hijo:

-¿Tú sabes por qué el saco de Papá Noel nunca termina de vaciarse, con la de niños que hay en el mundo? Pues porque, aunque está lleno de juguetes, a veces también deben entregarse algunas cosas más importantes, que son los llamados “regalos invisibles”. A un hogar dividido, él lleva armoní­a y paz en la noche más santa del año cristiano. Donde falta amor, él deposita una semilla de fe en el corazón de los niños. Donde el futuro parece negro e incierto, él lleva la esperanza. En nuestro caso, cuando Papá Noel nos viene a visitar, al dí­a siguiente todos nos sentimos contentos por continuar vivos y por poder realizar nuestra trabajo, que es el de alegrar a las personas. Que esto nunca se te olvide.

Pasó el tiempo, el niño se transformó en un muchacho, y cierto dí­a la familia pasó por delante de la imponente abadí­a de Melk, que acababa de ser construida.

-Padre, ¿recuerda usted que hace muchos años me contó la historia de Papá Noel y sus regalos invisibles? Creo que cierta vez yo recibí­ uno de estos regalos: la vocación de hacerme religioso. ¿Le contrariarí­a mucho a usted si en este momento diera el primer paso hacia lo que siempre he soñado?

Aunque la compañí­a de su hijo les hací­a mucha falta, los padres comprendieron y respetaron su deseo. Llamaron a la puerta del convento, y fueron recibidos con generosidad y amor por los monjes, que aceptaron al joven Buckhard como novicio.

Llegó la ví­spera de la Navidad y, justamente ese dí­a, se obró en Melk un milagro muy especial: Nuestra Señora, llevando al Niño Jesús en brazos, decidió bajar a la Tierra para visitar el monasterio.

Sin poder disimular su orgullo, todos los religiosos hicieron una gran fila, y cada uno de ellos se iba postrando ante la Virgen, procurando homenajear a la Madre y al Niño. Uno de ellos les mostró las bellas pinturas que decoraban el local, otro les llevó un ejemplar de una Biblia que habí­a requerido cien años de trabajo para ser manuscrita e ilustrada, y un tercero recitó de corrido el nombre de todos los santos.

Al final de la fila, el joven Buckhard aguardaba ansioso. Sus padres eran personas simples, y sólo le habí­an enseñado a lanzar bolas a lo alto para hacer con ellas algunos malabares.

Cuando le tocó el turno, los otros religiosos querí­an poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tení­a nada importante que decir, y podrí­a dañar la imagen del convento. Sin embargo, también él sentí­a en lo más hondo una fuerte necesidad de ofrecerles a Jesús y a la Virgen algo de sí­ mismo.

Avergonzado, sintiendo la mirada recriminatoria de sus hermanos, se sacó algunas naranjas de los bolsillos y comenzó a arrojarlas hacia arriba para atraparlas a continuación, creando un bonito cí­rculo en el aire, al igual que solí­a hacer cuando él y su familia caminaban por las ferias de la región.

Fue sólo entonces cuando el Niño Jesús empezó a aplaudir de alegrí­a en el regazo de Nuestra Señora. Y fue sólo a este muchacho a quien la Virgen Marí­a le extendió los brazos y le permitió sostener durante un tiempo al Niño, que no dejaba de sonreí­r.

La leyenda termina diciendo que, por causa de este milagro, cada doscientos años, un nuevo Buckhard llama a la puerta de Melk, y es admitido, y mientras permanece allí­ tiene el don de alegrar el ánimo de todos los que lo conocen.

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