Edición nº 172 : Entre el cielo y el infierno

El lugar de los pecadores

El rabino Wolf entró por casualidad en un bar; algunas personas bebí­an, otras jugaban a las cartas, y el ambiente parecí­a cargado.

El rabino salió sin hacer ningún comentario. Un joven lo siguió.

-Sé que no le ha gustado lo que ha visto -dijo el muchacho. -Ahí­ sólo hay pecadores.

-Me ha gustado lo que he visto – dijo Wolf. -Son hombres que están aprendiendo a perderlo todo. Cuando ya no les quede nada material en este mundo, no les restará más opción que volverse hacia Dios. ¡Y a partir de entonces serán excelentes siervos!

Buda y el demonio

El demonio le dijo a Buda:

-Ser el diablo no es fácil. Cuando hablo, tengo que valerme de enigmas para que las personas no sean conscientes de la tentación. Tengo que parecer siempre astuto e inteligente, para que me admiren. Gasto mucha energí­a en convencer a unos pocos de que el infierno es más interesante. Estoy viejo, y quiero que pases a encargarte de mis alumnos.

Buda sabí­a que eso era una trampa: si aceptase la propuesta, él se transformarí­a en demonio, y el demonio se convertirí­a en Buda.

-¿Crees que es divertido ser Buda? – respondió. -¡Además de tener que hacer todo lo que haces tú, tengo que aguantar también lo que me hacen mis discí­pulos! ¡Ponen en mi boca cosas que no dije, cobran por mis enseñanzas, y me exigen que sea sabio siempre! ¡Tú no conseguirí­as aguantar una vida como ésta!

El diablo se convenció de que intercambiar los papeles era realmente un mal negocio, y Buda escapó a la tentación.

El cielo y el infierno

Un samurai violento, con fama de provocar pelea sin motivo, llegó a las puertas del monasterio zen y pidió hablar con el maestro.

Sin titubear, Ryokan acudió a su encuentro.

-Dicen que la inteligencia es más poderosa que la fuerza -comentó el samurai. -¿Acaso usted puede explicarme lo que son el cielo y el infierno?

Ryokan permaneció en silencio.

-¿Ve? -exclamó el samurai. -Yo podrí­a explicar eso mismo muy fácilmente: para mostrar qué es el infierno, basta con darle a alguien una paliza. Para mostrar lo que es el cielo, basta con dejar que alguien huya, después de haberlo amenazado mucho.

-No discuto con personas estúpidas como tú -comentó el maestro zen.

Al samurai le subió la sangre a la cabeza. Su mente se puso turbia de odio.

-Esto es el infierno -dijo Ryokan, sonriendo. -Dejarse provocar por tonterí­as.

El guerrero se quedó desconcertado con la valentí­a del monje, y se relajó.

-Eso es el cielo -terminó Ryokan, invitándolo a entrar. -Rechazar las provocaciones estúpidas.

El sacrificio y la bendición

Un hombre prometió cargar una cruz hasta lo alto de un monte si se le concedí­a determinado deseo.

Dios escuchó su petición, y entonces el hombre encargó que le hicieran una cruz y a continuación emprendió el camino. Pasados algunos dí­as, le pareció que la cruz pesaba más de lo que esperaba y, con un serrucho que le prestaron, cortó buena parte de la madera. Al llegar a la cima vio que, separada por una quiebra en la tierra, habí­a otra montaña.

De ese lado todo era paz y tranquilidad… pero le hací­a falta un puente para llegar hasta allí­.

Quiso servirse de la cruz, pero resultó corta.

Y entonces se dio cuenta: el pedazo que habí­a cortado era exactamente lo que faltaba para poder cruzar aquel abismo.

Otra historia sobre la cruz

En cierto pueblecito de Umbrí­a (Italia), un hombre se quejaba de su suerte. Era cristiano, y encontraba su cruz demasiado pesada.

Una noche, antes de dormir, rezó para que Dios le permitiese cambiar de fardo.

Esta misma noche tuvo un sueño: el Señor lo conducí­a hasta un depósito. “Puedes hacer el cambio”, le decí­a luego. El hombre vio cruces de todos los tamaños y pesos, con los nombres de sus dueños. Escogió una cruz de tamaño medio pero, al ver que tení­a grabado el nombre de un amigo, desistió de ella.

Finalmente, y ya que Dios lo permití­a, eligió la cruz más pequeña de todas.

Para su gran sorpresa, en ésta estaba grabado su propio nombre.

El gurú de Mesure

Viví­a en Mesure, India, un famoso gurú. Habí­a conseguido reunir a un buen número de seguidores y habí­a compartido generosamente su sabidurí­a.

Aún era relativamente joven cuando contrajo la malaria. Pero continuaba cumpliendo religiosamente su ritual: bañarse por la mañana, dar clases al mediodí­a, y orar por las tardes, en el templo.

Cuando la fiebre y los temblores le impedí­an concentrarse, se quitaba la parte de arriba de la ropa y la arrojaba a un rincón. Tal era su poder, que la ropa continuaba temblando, mientras que el hombre, libre de las contracciones, podí­a realizar sus oraciones con calma.

Al final, volví­a a vestirse con la misma ropa, y los sí­ntomas reaparecí­an.

-¿Por qué no se deshace usted de una vez por todas de esta ropa y se libra de la enfermedad? -preguntó un periodista que presenció el milagro.

-Hacer con tranquilidad lo que tengo que hacer ya es una bendición -respondió el gurú. -El resto forma parte de la vida y serí­a cobarde no aceptarlo.

tags technorati :