Edición nº 173 : En la rueda del tiempo

Yo me habí­a propuesto publicar aquí­, en este espacio, una vez al año, textos de Carlos Castañeda, un antropólogo que dejó una profunda huella entre los integrantes de mi generación relatando sus encuentros con hechiceros mexicanos. Por falta de espacio, no lo hago desde 2004. Hoy me he despertado pensando: Castañeda, a pesar de todos sus crí­ticos, y a pesar de que yo mismo acabé encontrando su trabajo muy desordenado, no deberí­a caer en el olvido. Siguen aquí­, por consiguiente, algunas de sus reflexiones.

La intención es lo más importante: para los antiguos hechiceros de México, la intención (intento)es una fuerza que interviene en todos los aspectos del tiempo y del espacio. Para poder utilizar y manipular esta fuerza debí­an mantener un comportamiento impecable. La meta final de un guerrero es poder levantar la cabeza por encima del surco en el que está encarrilado y, de esta manera, poder mirar alrededor y modificar lo que desea. Para eso necesita disciplina y atención absolutas.

Nada es fácil: nada se regala en este mundo: todo tiene que aprenderse con mucho esfuerzo. Un hombre que va en busca del conocimiento debe comportarse de la misma manera que un soldado que va a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto, y con absoluta confianza. Siguiendo estos requisitos, podrá perder alguna que otra batalla, pero nunca se lamentará de su destino.

El miedo es natural: el miedo a la libertad que nos da el conocimiento es absolutamente natural. No obstante, por terrible que sea el aprendizaje, es peor vivir sin sabidurí­a.

La irritación es innecesaria: irritarse supone darles a los demás el poder de interferir en nuestras vidas. Es indispensable dejar este sentimiento de lado. Lo que los demás hagan no puede de ninguna manera desviarnos de nuestra única alternativa en la vida: el encuentro con el infinito.

El fin es un aliado: cuando las cosas empiezan a enturbiarse, un guerrero piensa en su propia muerte, e inmediatamente su espí­ritu se reencuentra consigo mismo. La muerte está en todas partes. La podemos comparar a las luces de un automóvil que nos siguen por una carretera sinuosa: a veces las perdemos de vista, en ocasiones aparecen demasiado cerca, alguna vez se apagan. Pero este automóvil imaginario nunca se detiene (y un dí­a terminará alcanzándonos). Sólo la idea de la muerte logra darle al hombre el desapego necesario para seguir adelante, a pesar de todos los obstáculos. Un hombre que sabe que la muerte se le aproxima dí­a tras dí­a, va probándolo todo, pero sin ansiedad.

El presente es único: un guerrero sabe esperar, porque sabe lo que está aguardando. Y mientras espera, no desea nada, y así­, cualquier cosa que llegue, por menor que sea, se recibe como una bendición. El hombre común se preocupa demasiado por querer a los demás, y porque los demás le quieran. Un guerrero sabe lo que desea, y eso representa todo en su vida (y en eso concentra toda su energí­a). El hombre común gasta el presente actuando como ganador o como perdedor y, dependiendo de los resultados, se transforma en perseguidor o en ví­ctima. El guerrero, por su parte, se preocupa apenas de sus propios actos, que lo conducirán al objetivo que eligió para sí­ mismo.

La intención es transparente: la intención (intento) no es un pensamiento, ni un objeto, ni un deseo. Es aquello que hace que un hombre triunfe en sus objetivos, y que lo levanta del suelo incluso después de haberse entregado a la derrota. La intención es más fuerte que el hombre.

La batalla es siempre la última: el espí­ritu del guerrero no se queja de nada, porque no nació para ganar o perder. Nació para luchar, y cada batalla es la última que está trabando sobre la faz de la Tierra. Por eso, el guerrero siempre deja su espí­ritu libre, y cuando se entrega al combate, sabiendo que su intención es transparente, él se rí­e y se divierte.