Edición nº 178 – Cuando los ángeles hablan

Cuando los ángeles hablan

No hay nadie que sea valiente todo el tiempo. Lo desconocido es un desafí­o constante, y el miedo es parte inseparable de la jornada.

¿Qué se puede hacer? Dialoga contigo mismo. Habla solo. Hazlo aunque los demás puedan pensar que te has vuelto loco. A medida que hablamos, una fuerza interior nos da la seguridad necesaria para superar los obstáculos que deben vencerse. Aprendemos las lecciones de las derrotas que, inevitablemente, vamos a sufrir. Y nos preparamos para las numerosas victorias que formarán parte de nuestra vida.

Que quede entre nosotros: los que (como yo) tienen esta costumbre, saben que nunca hablan verdaderamente solos: el ángel de la guarda está ahí­, escuchando y ayudándonos a reflexionar. A continuación, algunas historias sobre ángeles.

La conversación en el cielo

Abd Mubarak iba hacia La Meca cuando, cierta noche, soñó que estaba en el cielo. Allí­ pudo escuchar la conversación entre dos ángeles.

-¿Cuántos peregrinos han venido este año a la ciudad sagrada?- preguntó uno de ellos.

-Seiscientos mil- respondió el otro.

-Y de todos estos, ¿a cuántos se les ha aceptado su peregrinación?

-A ninguno. No obstante, hay en Bagdad un zapatero llamado Ali Mufiq que no caminó, pero al que se le aceptó su peregrinación, y cuyas gracias beneficiaron a los seiscientos mil peregrinos.

Al despertar, Abd Mubarak fue a la zapaterí­a de Mufiq, y le contó el sueño.

-A costa de grandes sacrificios, logré reunir 350 monedas- dijo, llorando, el zapatero-. Sin embargo, cuando estaba listo para ponerme en marcha hacia La Meca, descubrí­ que mis vecinos tení­an hambre. Repartí­ el dinero entre ellos, sacrificando mi peregrinación.

El mendigo y el monje

Un monje meditaba en el desierto, cuando un mendigo se le aproximó:

-Necesito comer.

El monje, que estaba en sintoní­a casi perfecta con el mundo espiritual, nada respondió.

-Necesito comer- insistió el mendigo.

-Ve a la ciudad a pedir ayuda a cualquier otro. ¿No ves que me molestas? Estoy intentando comunicarme con los ángeles.

-Dios se puso por debajo del hombre, le lavó los pies, dio su vida por él, y nadie lo reconoció- respondió el mendigo-. Aquel que afirma que ama a Dios (al que no ve) y se olvida de su hermano (que tiene ante los ojos) está mintiendo.

Y el mendigo se transformó en un ángel.

-Qué pena. Has estado a punto de conseguirlo- comentó antes de partir.

Condenando al hermano

El abad Isaac de Tebas estaba rezando en el patio del monasterio cuando vio a uno de los monjes cometiendo un pecado. Furioso, interrumpió su oración, y condenó al pecador.

Aquella noche, un ángel se le interpuso en el camino hacia su celda, y le dijo:

-Has condenado a tu hermano, pero no has dicho qué castigo debemos imponerle: ¿Las penas del infierno? ¿Una enfermedad terrible mientras aún esté vivo? ¿Algunas desgracias en el seno de su familia?

Isaac se arrodilló y pidió perdón:

-Solté las palabras en el aire, y un ángel las escuchó. Pequé por irresponsabilidad en lo que dije. Olvida mi ira, Señor, y hazme más cuidadoso a la hora de juzgar al prójimo.