Edición nº 179 – Primera virtud cardinal: la fe

En su momento hablamos en este lugar de los siete pecados capitales. Fue una serie de artí­culos que tuvo una grandí­sima repercusión entre los lectores, lo que me alegró sobremanera. Pero, ¿y las siete virtudes cardinales?

Los pecados preceden a las virtudes. Como dice un gran sabio, la virtud del que nunca pecó no tiene mérito, pues jamás venció ninguna tentación. La mayorí­a de los hombres santos, de cualquier religión, generalmente tuvieron una vida disoluta o apática antes de dedicarse a la búsqueda espiritual.

Por lo tanto, una vez concluida la serie de los pecados, y siguiendo la lógica del camino de la Luz, vamos a dedicar las próximas columnas a las siete virtudes cardinales, empezando por la Fe. Tales virtudes son el resultado de la suma de tres virtudes teológicas más otras cuatro fundamentadas en Platón, adaptadas éstas por San Agustí­n y Santo Tomás de Aquino (en lo referente a las cuatro virtudes complementarias existen grandes divergencias, por lo que opté por la lista más convencional).

Según el diccionario: del latí­n fide, confianza. Sustantivo femenino. Convicción de algo; sólida adhesión a alguien o a algo; firmeza en el cumplimiento de un compromiso; crédito; confianza; intención; virtud teologal.

Según Jesucristo: Dijeron los apóstoles al Señor: «Auméntanos la fe.» El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habrí­ais dicho a este sicómoro: “”Arráncate y plántate en el mar””, y os habrí­a obedecido.» (Lucas, 17: 5-6).

Según el budismo: “Nosotros somos lo que pensamos. Con el pensamiento, construimos y destruimos el mundo.

Nosotros somos lo que pensamos. Tu imaginación puede causarte más daño que tu peor enemigo.

Pero una vez que controlas tus pensamientos, nadie podrá ayudarte tanto, ni siquiera tu padre o tu madre”.

(trecho de Dhammapada, colección de algunas de las principales enseñanzas de Buda).

Para el Islam: -¿Cómo purificamos el mundo? -preguntó un discí­pulo.

Ibn al-Husayn respondió:

-Habí­a un jeque en Damasco llamado Abu Musa al Kumasi. Todos lo respetaban por su gran sabidurí­a, pero nadie sabí­a si era un hombre bueno. Cierta tarde, un defecto de la construcción provocó que la casa en la que el jeque viví­a con su mujer se desmoronase. Los vecinos, desesperados, comenzaron a cavar entre los escombros. En determinado momento, lograron localizar a la esposa.

»Ella dijo: “Déjenme. Salven primero a mi marido, que estaba sentado más o menos allí­”. Los vecinos retiraron los cascotes del lugar indicado, y encontraron al jeque. Dijo éste: “Déjenme. Salven primero a mi mujer, que estaba sentada más o menos allí­”.

»Cuando alguien actúa como este matrimonio, está purificando el mundo entero mediante su fe en la vida y en el amor.

La fe de negar la realidad: “Hace un año, realicé un discurso a bordo de un portaaviones diciendo que habí­amos conseguido lograr un importante objetivo, que habí­amos cumplido una misión: retirar del poder a Saddam Hussein. Como resultado, ya no existen más celdas de tortura, ni más fosas comunes” (George W. Bush, 30 de abril de 2004. En este mismo mes, el mundo verí­a las fotos de torturas de la prisión de Abu Graib, mientras que las ejecuciones colectivas de la guerra civil entre shií­es y sunní­es continúan hasta el momento en el que escribo esta columna).

Según el rabino Nachman de Bratislava: un discí­pulo buscó al rabino y le comentó:

-No consigo conversar con el Señor.

-Esto ocurre con frecuencia -respondió Nachman. -Sentimos que la boca está sellada, o que las palabras no logran salir. Sin embargo, el mero hecho de realizar un esfuerzo para superar esta situación, ya es una actitud benéfica.

-Pero no es suficiente.

-Tienes razón. En estas ocasiones, lo que debe hacer uno es volverse hacia lo alto y decir: “Todopoderoso, me encuentro tan lejos de Ti que no consigo ni creer en mi propia voz”. Porque, en realidad, el Señor escucha y responde siempre. Somos nosotros los que no conseguimos hablar, con miedo de que Él no nos preste atención.