El derecho como metáfora

Soy una persona que cree en el sistema judicial. A pesar de todos los inconvenientes, vemos -por ejemplo- a las Suprema Corte de los Estados Unidos condenando la tortura como técnica para interrogatorios, aunque el presidente del paí­s, y su vice también, intentan justificarla mediante artimañas legales.

No obstante, esta creencia mí­a no la comparte mucha gente. Un amigo abogado me dijo que “el derecho no fue pensado para resolver problemas, sino para prolongarlos indefinidamente”. Apenas como ejercicio de imaginación, resolví­ aplicar su tesis para analizar el Génesis, el primer libro de la Biblia.

Si al inicio de los tiempos el derecho hubiera estado tan desarrollado como en nuestros dí­as, todos nosotros aún nos encontrarí­amos en el Paraí­so, mientras que Dios todaví­a estarí­a enfrentándose a recursos, apelaciones, cartas rogatorias, exhortos, medidas cautelares, etc., y seguirí­a explicando en inacabables audiencias su decisión de haber expulsado a Adán y a Eva del Paraí­so apenas porque éstos transgredieron una ley arbitraria, sin ningún fundamento jurí­dico: no comer el fruto del Bien y del Mal.

Si Él no querí­a que eso sucediese, ¿por qué puso el famoso árbol en mitad del jardí­n, en lugar de fuera de los muros del Paraí­so? Si se llamara para defender a la pareja a un abogado con experiencia, éste podrí­a apoyar sus argumentaciones en la “omisión administrativa”: no bastándole con plantar el árbol en un lugar inapropiado, Dios no puso carteles de advertencia en las cercaní­as, ni lo rodeó con ninguna valla, no adoptando, por lo tanto, los requisitos mí­nimos de seguridad, e incluso exponiendo al peligro a todos los que pasaban.

Otro abogado lo acusarí­a de “inducción al crimen”: empezó mostrando claramente a Adán y a Eva dónde se encontraba el árbol. Si no hubiese dicho nada, generaciones y generaciones de seres humanos habrí­an pasado por esta Tierra sin que nadie llegase a interesarse por el fruto prohibido -ya que debí­a encontrarse en el medio de un bosque lleno de árboles similares y, por lo tanto, no destacarí­a en absoluto.

Pero lo que cuenta el Génesis sucedió antes de que hubiera sistema judicial y, de esta manera, Dios tuvo una completa libertad de acción. Escribió una única ley, y encontró la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, sólo para poder inventar el Castigo. Sabí­a muy bien que Adán y Eva acabarí­an aburridos de tanta cosa perfecta y, más tarde o más temprano, pondrí­an a prueba Su paciencia. Se quedó allí­ esperando, porque también Él (Dios Todopoderoso) estaba aburrido con todo funcionando tan perfectamente: si Eva no hubiese probado la manzana, ¿qué habrí­a ocurrido digno de interés durante los últimos cientos de miles de años?

Nada.

Cuando se violó la ley, Dios (Juez Todopoderoso) llegó incluso a simular una persecución, como si no conociese bien todos los escondrijos posibles. Con los ángeles viéndolo todo y pasándolo fenomenal con la bromita (la vida para ellos también debí­a ser muy aburrida, desde que Lucifer dejara el cielo) Él encuentra finalmente a Adán:

¿Dónde estás? – pregunta Dios, sabiendo perfectamente la respuesta, a pesar de lo cual no lo alerta de las posibles consecuencias de sus palabras. No dijo la famosa frase que tanto escuchamos en las pelí­culas: “Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra”.

-Escuché tus pasos en el jardí­n, tuve miedo y me escondí­, porque estaba desnudo – respondió Adán, sin tener conciencia de que, desde el momento en que hizo esta afirmación, pasó a ser reo confeso de un crimen.

Listo. Mediante un truco bien sencillo, en el que aparenta no saber dónde se encontraba Adán después de su fuga, Dios consiguió lo que se proponí­a. Expulsó a la pareja, sus hijos acabaron pagando también por el crimen (como sucede hasta hoy con los hijos de los delincuentes) y el sistema judicial acabó siendo inventado: leyes, transgresión de las leyes, juicios y penas.