Un hombre acostado en el suelo

El dí­a 1 de julio, a las 13.05 hs. Habí­a un hombre de aproximadamente cincuenta años acostado en la calzada de Copacabana. Yo pasé por su lado, lancé una rápida mirada y continué mi camino en dirección a una barraca donde siempre acostumbro a beber agua de coco.
Como carioca, ya pasé centenares o miles de veces al lado de hombres, mujeres o niños echados en el suelo. Como viajero habitual, ya vi la misma escena en prácticamente todos los paí­ses que visité, desde la Suecia hasta Rumania. He visto a personas acostadas en el suelo en todas las estaciones del año: en el invierno cortante de Madrid, Nueva York o Parí­s, donde se instalan cerca del aire caliente que sale de las estaciones de metro. En el sol ardiente del Lí­bano, entre los edificios destruidos por años de guerra. Las personas acostadas en el suelo – borrachas, desabrigadas, cansadas – no constituyen novedad en la vida de nadie.
Bebí­ mi agua de coco. Debí­a volver pronto, pues tení­a una entrevista con Juan Arias, del periódico español El Paí­s. En mi camino de regreso vi que el hombre continuaba allí­, bajo el sol – y todos los que pasaban actuaban exactamente como yo: miraban y seguí­an adelante.
Sucede que – aunque yo no lo supiera – mi alma ya estaba cansada de ver esa misma escena, tantas veces. Cuando volví­ a pasar cerca de aquel hombre, algo más fuerte que yo me hizo arrodillar e intentar levantarlo.
Él no reaccionaba. Giré su cabeza y habí­a sangre en su frente. ¿Y ahora? ¿Era una herida seria? Limpié su piel con mi camiseta: no parecí­a nada grave.
En este momento el hombre empezó a murmurar cualquier cosa parecida a “¡pida que no me peguen!” Bien, estaba vivo. Ahora yo tení­a que apartarlo del sol y avisar a la policí­a.
Detuve al primer hombre que pasó y le pedí­ que me ayudase a arrastrarlo hasta la sombra, entre la calzada y la arena. Él iba con chaqueta, llevaba portafolio, paquetes.. pero dejó todo a un lado y vino a ayudarme – su alma también debí­a estar ya cansada de ver aquella escena.
Una vez colocado el hombre en la sombra, fui andando en dirección a mi casa – sabí­a que habí­a una cabina de Policí­a Militar y podrí­a pedir ayuda allí­. Pero antes de llegar a ella me crucé con dos soldados.
-Hay un hombre herido delante del número tal – les dije – Lo he colocado en la arena. Habrí­a que enviar una ambulancia.
Los policí­as dijeron que se ocuparí­an. Listo, yo habí­a cumplido con mi deber. Boy scout siempre alerta. ¡La buena acción del dí­a! El problema ahora estaba en otras manos, que ellas se responsabilizasen. Y el periodista español llegarí­a a mi casa en pocos minutos.
No habí­a dado diez pasos cuando un extranjero me interrumpió, hablando en un portugués confuso:
– Yo ya habí­a avisado a la policí­a sobre el hombre en la calzada. Me dijeron que si no era un ladrón, no era problema de ellos.
No dejé que el hombre terminase de hablar. Volví­ hasta los guardias, convencido de que sabí­an quien era, que escribí­a en diarios, que aparecí­a en la televisión. Volví­ con la falsa impresión de que el éxito, en algunos momentos, ayuda a resolver ciertas cosas.
-¿Usted es alguna autoridad?- preguntó uno de ellos, notando que yo pedí­a ayuda de manera más incisiva.
No tení­an idea de quien era yo.
– ¡No! Pero vamos a resolver este problema ahora.
Yo iba mal vestido: camiseta manchada con la sangre del hombre, bermudas cortadas de unos antiguos pantalones vaqueros, sudado. Yo era un hombre común, anónimo sin ninguna autoridad más que mi hartazgo de ver a gente tirada en el suelo durante años y años de mi vida sin haber hecho jamás absolutamente nada.
Y eso cambió todo. Hay un momento en el que uno está más allá de cualquier bloqueo o miedo. Hay un momento en el que la mirada cambia, y la gente entiende que uno está hablando en serio. Los guardias me acompañaron y además llamaron a la ambulancia.

Mientras volví­a a mi casa, recordé las tres lecciones de aquella caminata:
a) todo el mundo puede detener una acción antes de aguantar con las consequencias
b) pero siempre hay alguien para decir “¡ahora que comenzaste, ve hasta el final!”
Y lo mas importante:
c) todo el mundo es autoridad cuando está absolutamente convencido de lo que hace

Paulo Coelho