El juego de ajedrez

por Paulo Coelho

El joven dijo al abad del monasterio de Melk:

– Me gustarí­a mucho ser un monje, pero no he aprendido nada importante en la vida. Lo único que me enseñó mi padre fue a jugar al ajedrez, que no sirve para la iluminación. Además, aprendí­ que cualquier juego es un pecado.
– Puede ser un pecado pero también puede ser una diversión, y quien sabe si este monasterio no está necesitando un poco de ambos – fue la respuesta.

El abad pidió el tablero de ajedrez, llamó a un monje y le ordenó jugar con el muchacho.

Pero antes de comenzar la partida, añadió:
– Aun cuando necesitemos diversión, no podemos permitir que todo el mundo se pase jugando al ajedrez. Entonces, solamente conservaremos aquí­ al mejor de los dos jugadores; si nuestro monje pierde, saldrá del monasterio y dejará la plaza para tí­.
El abad hablaba en serio. El joven comprendió que jugarí­a por su vida y le vino un sudor frí­o; el tablero se convirtió en el centro del mundo.
El monje comenzó a perder. El muchacho atacó, pero entonces vió la mirada de santidad del otro, y a partir de ese momento comenzó a jugar mal a propósito. Al fin y al cabo preferí­a perder porque el monje podí­a ser útil al mundo.

De repente, el abad tiró el tablero al suelo.
-Tú aprendiste mucho más de lo que te enseñaron – dijo. – Te has concentrado lo suficiente para vencer, fuiste capaz de luchar por lo que deseabas.

“Después, tuviste compasión y disposición para sacrificarte en nombre de una noble causa. Sé bienvenido, porque el segredo de la vida es equilibrar la disciplina con la misericordia.”

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