El punto acomodador

Paulo Coelho

En uno de mis libros (El Zahir), procuro entender por qué todo el mundo tiene tanto miedo a cambiar. Cuando estaba en pleno proceso de escritura de este texto, cayó en mis manos una extraña entrevista a una mujer que acababa de lanzar un libro sobre -¿adivinan? – el amor.

El periodista le pregunta si la única manera de que el ser humano alcance la felicidad es encontrando a la persona amada. La mujer dice que no:

“El amor cambia, aunque nadie parece entenderlo. La idea de que el amor conduce a la felicidad es una invención moderna, de finales del siglo XVII. Partiendo de esto, aprendemos a creer que el amor debe durar para siempre, y que el matrimonio es el mejor lugar para disfrutarlo. En el pasado no se era tan optimista en lo que respecta a la longevidad de la pasión”.

“Romeo y Julieta no es una historia feliz: es una tragedia. En las últimas décadas ha crecido mucho la expectativa que se ha puesto en el matrimonio como camino para la realización personal. Y la decepción y la insatisfacción han crecido paralelamente”.

Según las prácticas mágicas de los hechiceros del norte de México, siempre hay un acontecimiento en nuestras vidas responsable porque hayamos dejado de progresar. Un trauma, una derrota especialmente amarga, una desilusión amorosa, incluso una victoria mal asimilada, pueden acobardarnos y detenernos. El hechicero, en su proceso de creciente unión con los poderes ocultos, tiene, antes de nada, que librarse de este “punto acomodador”, y para eso debe revisar toda su vida y descubrir dónde se produjo.

¿Por qué?

Porque, según lo que nos contaron, llega un determinado momento de nuestras vidas en el que “alcanzamos nuestro lí­mite”. Ya no debemos cambiar más. Ya no conseguimos crecer más. Tanto la profesión como el amor alcanzaron su estadio ideal, y lo mejor es dejarlo todo como está. ¿No es verdad? La verdad es la siguiente: siempre podemos ir más lejos. Amar más, vivir más, arriesgar más.

Jamás la inmovilidad es la mejor de las soluciones. Porque todo a nuestro alrededor cambia (incluso el amor) y tenemos que seguir este ritmo.

Estoy casado hace 30 años con la misma persona, pero metaforicamente he cambiado de “mujer” (y ella ha cambiado de “marido”) varias veces a lo largo de nuestra relación. Si hubiéramos querido continuar como éramos en 1979, no creo que hubiésemos llegado tan lejos.