Tus manos


Illustration by Ken Crane

Maestro y discí­pulo caminan por los desiertos de Arabia. El Maestro aprovecha cada momento del viaje para enseñar al discí­pulo acerca de la fe.
– Confí­a lo tuyo a Dios -decí­a-. Pues Él jamás abandona a sus hijos.

De noche, al acampar, el Maestro le pidió al discí­pulo que atase los caballos a una roca cercana.
El discí­pulo fue a la roca, pero entonces recordó lo que habí­a aprendido aquella tarde.
“El Maestro debe de estar poniéndome a prueba. En realidad, debo confiar los caballos a Dios.”
Y dejó sueltos a los caballos.

A la mañana siguiente, descubrió que los animales se habí­an escapado. Furioso, buscó al Maestro.
-¡Tú no sabes nada de Dios! Ayer aprendí­ que debí­a confiar ciegamente en la Providencia, así­ que entregué los caballos a Dios para que los cuidara. ¡Pero han desaparecido!

-Dios querí­a cuidar de los caballos -respondió el Maestro-. Pero, en aquel momento, necesitaba de tus manos para atarlos, y tú no se las prestaste.