En busca del lí­der perfecto

Un lector me enví­a un cuestionario. En él, presenta el perfil de tres lí­deres mundiales que vivieron en la misma época, y pregunta si es posible escoger al mejor de ellos a partir de los siguientes datos:

Candidato A: tuvo contacto con curanderos, consultaba a astrólogos con frecuencia. Tení­a dos amantes. Su mujer era lesbiana. Fumaba mucho. Bebí­a de ocho a diez martinis por dí­a.

Candidato B
: no conseguí­a mantenerse mucho en el mismo empleo debido a su arrogancia. Dormí­a hasta el mediodí­a. Fue consumidor de opio en su época de colegial, y siempre fue considerado un mal alumno. Bebí­a una copa de coñac todas las mañanas.

Candidato C
: fue condecorado como héroe. Era vegetariano. No fumaba. Tení­a una disciplina ejemplar. Bebí­a una cerveza muy de vez en cuando. Permaneció con la misma mujer en sus momentos de gloria y en sus momentos de derrota.

¿Y cuál es la respuesta?

A] Franklin Delano Roosevelt. B] Winston Churchill. C] Adolf Hitler.

¿En qué consiste entonces el liderazgo? La enciclopedia lo define como la capacidad de un individuo para motivar a otros en la consecución de un mismo objetivo. Las librerí­as están llenas de tí­tulos sobre el tema, y normalmente a los lí­deres se les pinta con colores brillantes, atributos envidiables, e ideales supremos. El lí­der es para la sociedad lo que el “maestro” es para la espiritualidad. No obstante, esto no es del todo verdad (en ambos casos).

Nuestro gran problema, principalmente en un mundo que se está volviendo cada vez más fundamentalista, es no tolerar que las personas en posiciones destacadas tengan errores humanos. Siempre estamos en busca del gobernante perfecto. Estamos siempre esperando que un pastor nos dirija y nos ayude a encontrar nuestro camino.

En realidad, las grandes revoluciones y los grandes avances de la humanidad fueron impulsados por personas iguales a nosotros.
Todo lo que necesitamos es el valor necesario para tomar una decisión clave en un momento difí­cil.