Y mañana, cuando salga el sol, bastará sólo con repetirse a sí­ mismo:

Voy a mirar este dí­a como si fuera el primero de mi vida.
Veré a las personas de mi familia con sorpresa y asombro, alegre por descubrir que están a mi lado, compartiendo en silencio algo llamado amor, muy mencionado, poco entendido.

Pediré acompañar a la primera caravana que aparezca en el horizonte, sin preguntar hacia dónde está yendo. Y dejaré de seguirla cuando algo interesante me llame la atención.
Pasaré ante un mendigo que me pedirá una limosna. Quizás se la dé, quizás piense que se la gastará en bebida y siga adelante, escuchando sus insultos y entendiendo que ésa es su forma de comunicarse conmigo.

Pasaré ante alguien que está intentando destruir un puente. Quizás intente impedirlo, quizás entenderé que lo hace porque no tiene a nadie que le espere del otro lado, y de esa manera procura espantar su propia soledad.
Miraré a todo y a todos como si fuera la primera vez, principalmente las pequeñas cosas, a las cuales me habitué, olvidando la magia que las rodea. Las dunas del desierto, por ejemplo, que se mueven con una energí­a que no comprendo, porque no consigo percibir el viento.

En el pergamino que siempre cargo conmigo, en vez de anotar cosas que no puedo olvidar, escribiré un poema. Aunque jamás lo haya hecho y aunque nunca más lo vuelva a hacer, sabré que tuve el valor de poner mis sentimientos en palabras.
Cuando llegue a un poblado que ya conozca, entraré por un camino distinto. Estaré sonriendo, y los habitantes del lugar comentarán entre sí­: “Está loco, porque la guerra y la destrucción volvieron la tierra estéril”.

Pero yo seguiré sonriendo, porque me agrada la idea de que piensen que estoy loco. Mi sonrisa es mi forma de decir: “Pueden acabar con mi cuerpo, pero no pueden destruir mi alma”.
Esta noche, antes de partir, me dedicaré a un montón de cosas que nunca tuve la paciencia de poner en orden. Y acabaré descubriendo que ahí­ está un poco de mi historia. Todas las cartas, todas las notas, recortes y recibos cobrarán vida propia y tendrán historias curiosas, del pasado y del futuro, que contarme. Tantas cosas en el mundo, tantos caminos recorridos, tantas entradas y salidas en mi vida.

Me voy a poner una camisa que suelo usar siempre y, por primera vez, prestaré atención a la forma en que fue cosida. Imaginaré las manos que terciaron el algodón, y el rí­o en donde nacieron las fibras de la planta. Entenderé que todas esas cosas, ahora invisibles, forman parte de la historia de mi camisa.
Y aun las cosas a las cuales estoy habituado, como los zapatos que se transformaron en una extensión de mis pies después de mucho usarlos, se revestirán del misterio del descubrimiento. Como camino en dirección al futuro, él me ayudará con las marcas que quedaron cada vez que tropecé en el pasado.
Que todo lo que toque mi mano, vean mis ojos y pruebe mi boca sea diferente, aun cuando siga igual. Así­, todas las cosas dejarán de ser naturaleza muerta y me explicarán por qué han estado conmigo tanto tiempo, y manifestarán el milagro del rencuentro con emociones que ya habí­an sido desgastadas por la rutina.

Probaré el té que nunca bebí­ porque me dijeron que era malo. Pasaré por una calle que nunca pisé porque me dijeron que no tení­a nada interesante. Y descubriré si quiero volver ahí­.
Quiero mirar el sol por primera vez, si mañana hiciera sol.

Quiero mirar hacia dónde caminan las nubes, si el tiempo estuviera nublado. Siempre creo que no tengo tiempo para eso o no le presto la suficiente atención. Pues bien, mañana me concentraré en el camino de las nubes o en los rayos del sol y en las sombras que provocan.
Encima de mi cabeza existe un cielo con respecto al cual la humanidad entera, a lo largo de miles de años de observación, tejió una serie de explicaciones razonables.

Pues me olvidaré de todas las cosas que aprendí­ sobre las estrellas, y ellas se transformarán de nuevo en ángeles, o en niños, o en cualquier cosa en la que tenga ganas de creer en ese momento.
El tiempo y la vida me dieron muchas explicaciones lógicas para todo, pero mi alma se alimenta de misterios. Yo necesito el misterio, ver en el trueno la voz de un dios embravecido, aunque muchos consideren que eso es una herejí­a.
Quiero llenar de nuevo mi vida de fantasí­a, porque un dios embravecido es más curioso, aterrador e interesante que un fenómeno explicado por sabios.

Por primera vez sonreiré sin culpa, porque la alegrí­a no es un pecado.
Por primera vez evitaré todo lo que me hace sufrir, porque el sufrimiento no es una virtud.

No me quejaré de la vida diciendo: todo es igual, no puedo hacer nada por cambiar. Porque estoy viviendo este dí­a como si fuera el primero, y descubriré a lo largo de él cosas que jamás supe que estaban ahí­.
Aunque ya haya pasado por los mismos lugares incontables veces, y dicho “Buenos dí­as” a las mismas personas, hoy mis “Buenos dí­as” serán diferentes. No serán palabras educadas, sino una manera de bendecir a los demás, deseando que todos comprendan la importancia de estar vivos, aun cuando la tragedia nos ronda y nos amenaza.
Prestaré atención a la letra de la música que el rapsoda canta en la calle, aunque las personas no lo estén escuchando porque tienen el alma sofocada por el miedo. La música dice: “El amor reina, pero nadie sabe dónde está su trono / para conocer el lugar secreto, primero tengo que someterme a él”.
Y tendré el coraje de abrir la puerta del santuario que conduce hasta mi alma.

Que me mire a mí­ mismo como si fuera la primera vez que estuviera en contacto con mi cuerpo y con mi alma.
Que sea capaz de aceptarme como soy. Una persona que camina, que siente, que habla como cualquier otra, pero que, a pesar de sus faltas, tiene valor.
Que me admire de mis gestos más simples, como conversar con un desconocido. De mis emociones más frecuentes, como sentir la arena tocando mi rostro cuando sopla el viento que viene de Bagdad. De los momentos más tiernos, como contemplar a mi mujer durmiendo a mi lado e imaginar lo que está soñando.
Y si estuviera solo en la cama, llegaré hasta la ventana, miraré el cielo y tendré la certeza de que la soledad es una mentira: el Universo me acompaña.
Entonces habré vivido cada hora del dí­a como una sorpresa constante para mí­ mismo. Este Yo que no fue creado ni por mi padre, ni por mi madre, ni por mi escuela, sino por todo aquello que he vivido hasta hoy, que olvidé de repente y que estoy descubriendo de nuevo.

Y aunque éste sea mi último dí­a en la Tierra, aprovecharé al máximo todo lo que pueda, porque lo viviré con la inocencia de un niño, como si estuviera haciendo todo por primera vez.

(parte del libro EL MANUSCRITO ENCONTRADO EN ACCRA )

VIV