Quarto Capítulo

Lella Zainab, sesenta y cuatro años, numeróloga

¿Athena? ¡Qué nombre tan interesante! Vamos a ver… tu número Máximo es el nueve. Optimista, social, capaz de hacerse notar en medio de una multitud. La gente se acerca a ella en busca de comprensión, compasión, generosidad, y precisamente por eso tiene que estar muy atenta, porque la tendencia a la popularidad puede subírsele a la cabeza y acabar perdiendo más de lo que gana. También debe tener cuidado con la lengua, pues tiende a hablar más que lo que aconseja el buen juicio.

En cuanto a tu número Mínimo: el once. Creo que anhela un puesto de directiva. Interés por los temas místicos; a través de ellos intenta aportar armonía a todos los que están a su alrededor.

Pero eso entra directamente en confrontación con el número Nueve, que es la suma del día, el mes y el año de su nacimiento, reducidos a un único algoritmo: estará siempre sujeta a la envidia, la tristeza, la introversión y las decisiones temperamentales. Cuidado con las siguientes vibraciones negativas: ambición excesiva, intolerancia, abuso de poder, extravagancia.

A causa de este conflicto, le sugiero que se dedique a algo que no implique un contacto emocional con la gente, en el sector de la informática o la ingeniería, por ejemplo. ¿Está muerta?

Disculpe. ¿Qué hacía?

¿Qué hacía Athena? Athena hizo un poco de todo, pero si tuviera que resumir su vida, diría que era una sacerdotisa que comprendía las fuerzas de la naturaleza. Mejor dicho, era alguien que, por el simple hecho de no tener mucho que perder ni que esperar de la vida, se arriesgó más que los demás, y acabó convirtiéndose en las f uerzas que creía dominar.

Trabajó en un supermercado, fue empleada de banca, agente inmobiliaria, y en cada uno de estos puestos jamás dejó de manifestarse la sacerdotisa que llevaba dentro. Conviví con ella durante ocho años, y le debía esto: recuperar su memoria, su identidad.

Lo más difícil al recoger estas declaraciones f ue convencer a la gente para que me permitiesen utilizar sus nombres verdaderos. Algunos alegaron que no querían verse envueltos en este tipo de historias, otros intentaban esconder sus opiniones y sus sentimientos. Les expliqué que mi verdadera intención era hacer que todos los implicados la entendiesen mejor, y que nadie iba a creer en declaraciones anónimas.

Como cada uno de los entrevistados se creía en posesión de la única y definitiva versión de cualquier suceso, por más insignificante que éste fuese, acabaron aceptando. En el transcurso de las grabaciones, comprendí que las cosas no son absolutas; existen en función de la percepción de cada uno. Y muchas veces, la mejor manera de saber quiénes somos es intentar saber cómo nos ven los demás.

Eso no quiere decir que vayamos a hacer lo que esperan, pero al menos nos comprendemos mejor. Yo le debía eso a Athena. Recuperar su historia. Escribir su mito.

Samira R. Khalil, cincuenta y siete años, ama de casa, madre de Athena

No la llames Athena, por favor. Su verdadero nombre es Sherine. ¡Sherine Khalil, hija muy querida, muy deseada, que tanto yo como mi marido querríamos haber tenido por nosotros mismos!

Pero la vida tenía otros planes; cuando la generosidad del destino es muy grande, siempre hay un pozo en el que pueden caer todos los sueños.

Vivíamos en Beirut, en la época en la que todo el mundo la consideraba como la ciudad más bella de Oriente Medio. Mi marido era un empresario de éxito, nos casamos por amor, viajábamos a Europa todos los años, teníamos amigos, nos invitaban a todos los acontecimientos sociales importantes, y una vez llegué a recibir en mi casa a un presidente de Estados Unidos, ¡imagínate! Fueron tres días inolvidables: dos de ellos, en los que el servicio secreto americano examinó minuciosamente cada rincón de nuestra casa (ya estaban en el barrio desde hacía más de un mes, ocupando todas las posiciones estratégicas, alquilando apartamentos, disfrazándose de mendigos o de parejas de enamorados); y un día, mejor dicho, dos horas de fiesta. Jamás se me olvidará la envidia en los ojos de nuestros amigos, ni la alegría de poder fotografiarnos con el hombre más poderoso del planeta.

Lo teníamos todo, menos aquello que más deseábamos: un hijo. Así que no teníamos nada.

Lo intentamos de todas las maneras, hicimos promesas, fuimos a sitios en los que nos garantizaban un milagro, consultamos a médicos, curanderos, tomamos remedios y bebimos elixires y pociones mágicas. Dos veces me hice la inseminación artificial, pero perdí el bebé. La segunda, perdí también mi ovario izquierdo, y no volví a encontrar a otro médico que quisiera arriesgarse en una nueva aventura de ese tipo.

Hasta que uno de los muchos amigos que conocía nuestra situación sugirió la única salida posible: adoptar a un niño. Dijo que tenía contactos en Rumania, y que el procedimiento no se iba a prolongar mucho.

Un mes después cogimos un avión; nuestro amigo tenía negocios importantes con el dictador que gobernaba el país en esa época, y del que no recuerdo el nombre (N. R.: Nicolai Ceausescu), de modo que pudimos evitar todos los trámites burocráticos y fuimos a dar a un centro de adopción de Sibiu, en Transilvania. Allí, ya nos estaban esperando con café, cigarrillos, agua mineral, y todo el papeleo preparado, sólo teníamos que escoger al niño.

Nos condujeron a una estancia en la que hacía mucho frío, y me pregunté cómo podían tener a aquellas pobres criaturas en aquella situación. Mi primer instinto fue adoptarlas a todas, llevarlas a nuestro país, en el que había sol y libertad, pero por supuesto era una idea descabellada. Paseamos entre las cunas, oyendo llantos, aterrorizados por la decisión que teníamos que tomar.

Durante más de una hora, ni yo ni mi marido intercambiamos palabra alguna. Salimos, tomamos café, fumamos, volvimos, y esto se repitió varias veces. Noté que la mujer encargada de la adopción empezaba a impacientarse, tenía que decidirme pronto; en ese momento, siguiendo un instinto que me atrevería a llamar maternal, como si hubiese encontrado a un hijo que tenía que ser mío en esta encarnación pero que había llegado a este mundo a través de otro vientre, señalé a una niña.

La encargada sugirió que lo pensásemos mejor. ¡Ella, que parecía tan impaciente con nuestra demora! Pero yo ya me había decidido.

Aun así, con todo el cuidado, intentando no herir mis sentimientos (ella pensaba que teníamos contactos con las más altas esferas del gobierno rumano), me susurró de manera que mi marido no oyese:

—Sé que no saldrá bien. Es la hija de una gitana.

Le respondí que una cultura no se puede transmitir a través de los genes; la niña, que no tenía más que tres meses, sería mi hija y la de mi marido, educada según nuestras costumbres. Conocería la iglesia que frecuentábamos, las playas a las que íbamos a pasear, leería sus libros en francés, estudiaría en la Escuela Americana de Beirut. Por lo demás, no tenía ninguna información —y sigo sin tenerla— sobre la cultura gitana. Sólo sé que viajan, que no siempre se duchan, que engañan a los demás y que llevan un pendiente en la oreja. Cuenta la leyenda que acostumbran a raptar niños para llevarlos en sus caravanas, pero allí estaba sucediendo exactamente lo contrario: habían dejado atrás a una niña, para que yo me encargase de ella.

La mujer todavía intentó disuadirme, pero yo ya estaba firmando los papeles, y pidiéndole a mi marido que hiciese lo mismo. De regreso a Beirut, el mundo parecía diferente: Dios me había dado una razón para existir, para trabajar, para luchar en este valle de lágrimas. Ahora teníamos una niña para justificar todos nuestros esfuerzos.

Sherine creció en sabiduría y belleza (creo que todos los padres dicen lo mismo, pero pienso que era una niña realmente excepcional). Una tarde, cuando ella ya tenía cinco años, uno de mis hermanos me dijo que, si ella quería trabajar fuera, su nombre siempre delataría su origen, y sugirió que lo cambiásemos por uno que no dijese absolutamente nada, como Athena. Claro que hoy sé que Athena no es solamente un nombre parecido a la capital de un país, sino también la diosa de la sabiduría, de la inteligencia y de la guerra.

Y posiblemente mi hermano no sólo supiese esto, sino que era consciente de los problemas que un nombre árabe podría causarle en el futuro (estaba metido en política, como toda nuestra familia, y quería proteger a su sobrina de las nubes negras que él, sólo él, podía divisar en el horizonte). Lo más sorprendente es que a Sherine le gustó el sonido de la palabra. En una sola tarde empezó a referirse a sí misma como Athena, y ya nadie pudo quitárselo de la cabeza. Para contentarla, adoptamos también ese sobrenombre, pensando que pronto se olvidaría del tema.

¿Podrá un nombre afectar a la vida de una persona? Porque el tiempo pasó, el sobrenombre resistió, y acabamos adaptándonos a él.

A los doce años, descubrimos que tenía una cierta vocación religiosa: vivía en la iglesia, se sabía los evangelios de memoria, lo cual era al mismo tiempo una bendición y una maldición. En un mundo que empezaba a estar cada vez más dividido por las creencias religiosas, yo temía por la seguridad de mi hija. A esas alturas, Sherine ya empezaba a decirnos, como si fuese lo más normal del mundo, que tenía una serie de amigos invisibles, ángeles y santos cuyas imágenes solía ver en la iglesia que frecuentábamos. Está claro que todos los niños del mundo tienen visiones, aunque es raro que se acuerden una vez pasada una determinada edad. También suelen darles vida a las cosas inanimadas, como las muñecas o los osos de peluche. Pero empecé a creer que estaba exagerando cuando un día fui a buscarla al colegio y me dijo que había visto a «una mujer vestida de blanco, parecida a la Virgen María».

Creo en los ángeles, claro. Creo incluso que los ángeles hablan con los niños pequeños, pero cuando las apariciones son de gente adulta, las cosas cambian. Conozco algunas historias de pastores y de gente del campo que afirman haber visto a una mujer de blanco, lo que ha acabado destruyendo sus vidas, ya que la gente los busca para hacer milagros, los curas se preocupan, las aldeas se convierten en centros de peregrinación, y los pobres niños acaban su vida en un convento. Así que me quedé muy preocupada con esta historia; a su edad debería haber estado más interesada por los estuches de maquillaje, por pintarse las uñas, ver telenovelas románticas o programas infantiles en la tele. Algo iba mal con mi hija y fui a ver a un especialista.

—Relájese —dijo.

Para el pediatra especializado en psicología infantil, como para la mayoría de los médicos que tratan estos temas, los amigos invisibles son una especie de proyección de los sueños, que ayudan al niño a descubrir sus deseos, expresar sus sentimientos, encontrarse consigo mismos, de una manera inofensiva.

—¿Pero una mujer de blanco?

Me respondió que tal vez, Sherine no comprendía nuestra manera de ver o de explicar el mundo. Sugirió que, poco a poco, empezásemos a preparar el terreno para decirle que había sido adoptada. En el lenguaje del especialista, lo peor que podía ocurrir es que se enterase por sí misma, pues empezaría a dudar de todo el mundo. Su comportamiento podría volverse imprevisible.

A partir de ese momento, cambiamos nuestra manera de dialogar con ella. No sé si el ser humano puede recordar cosas que le ocurrieron cuando todavía era bebé, pero intentamos demostrarle cuánto la queríamos, y que ya no tenía que refugiarse en un mundo imaginario. Tenía que entender que su universo visible era lo más hermoso, que sus padres la iban a proteger de cualquier peligro, Beirut era bonita, las playas siempre estaban llenas de sol y de gente. Sin enfrentarme directamente con esa «mujer», empecé a pasar más tiempo con mi hija, invité a sus amigos del colegio a que frecuentasen la casa, no perdía ni una sola oportunidad para demostrarle todo nuestro cariño.

La estrategia dio resultado. Mi marido viajaba mucho, Sherine lo echaba de menos, y en nombre del amor decidió cambiar su estilo de vida. Las conversaciones solitarias empezaron a ser sustituidas por juegos entre padre, madre e hija.

Todo iba bien hasta que una noche ella vino llorando a mi habitación, diciendo que tenía miedo, que el infierno estaba cerca. Yo estaba sola en casa; mi marido, una vez más, había tenido que ausentarse, y pensé que ésa era la razón de su desesperación. ¿Pero infierno? ¿Qué le estaban enseñando en el cole o en la iglesia? Decidí que al día siguiente iría a hablar con la profesora. Sherine, sin embargo, no dejaba de llorar. La llevé hasta la ventana, le enseñé el Mediterráneo, allá fuera, iluminado por la luna llena. Le dije que no había demonios, sino estrellas en el cielo y gente caminando por el bulevar de delante de nuestro apartamento. Le expliqué que no debía tener miedo, que estuviese tranquila, pero ella seguía llorando y temblando. Después de casi media hora intentando calmarla, empecé a ponerme nerviosa. Le pedí que dejase de comportarse de aquella manera, que ya no era una niña. Imaginé que tal vez hubiese tenido su primera menstruación; discretamente, le pregunté si sangraba.

—Mucho.

Cogí un poco de algodón, le pedí que se acostase para poder tratarle la «herida». No era nada, mañana se lo explicaría. Sin embargo, no le había llegado la menstruación. Todavía lloró un poco, pero debía de estar cansada, porque se durmió en seguida.

Y al día siguiente por la mañana, corrió la sangre.

Cuatro hombres fueron asesinados. Para mí, no era más que una de las eternas batallas tribales a las que mi pueblo estaba acostumbrado. Para Sherine, no debía de ser nada, porque ni siquiera mencionó su pesadilla de la noche anterior.

Sin embargo, a partir de esa fecha, el infierno fue llegando, y hasta hoy no se ha vuelto a marchar. El mismo día, veintiséis palestinos murieron en un autobús, como venganza por el asesinato. Veinticuatro horas después, ya no se podía andar por las calles, por culpa de los tiros que salían de todas partes. Cerraron los colegios. A Sherine la trajo a casa una de sus profesoras a toda prisa y, a partir de ahí, todos perdieron el control de la situación. Mi marido interrumpió su viaje y volvió a casa; se pasó días enteros llamando a sus amigos del gobierno, pero nadie le decía nada que tuviera sentido. Sherine oía los tiros allá fuera, los gritos de mi marido dentro de casa y, para mi sorpresa, no decía ni una palabra. Yo siempre intentaba decirle que era pasajero, que pronto podríamos volver a la playa, pero ella desviaba los ojos y me pedía algún libro para leer, o un disco para escuchar. Mientras el infierno iba instalándose poco a poco, Sherine leía y escuchaba música.

Perdone, pero no quiero pensar demasiado en eso. No quiero pensar en las amenazas que recibimos, en quién tenía la razón, en quiénes eran los culpables y los inocentes. El hecho es que, pocos meses después, quien quería cruzar una determinada calle tenía que coger un barco, ir hasta la isla de Chipre, coger otro barco y desembarcar en el otro lado de la calzada.

Permanecimos dentro de casa prácticamente durante casi un año, siempre esperando que la situación mejorase, siempre pensando que todo aquello era pasajero, que el gobierno controlaría la situación. Una mañana, mientras escuchaba música en su pequeño reproductor portátil, Sherine ensayó unos cuantos pasos de baile, y empezó a decir cosas como «durará mucho, mucho tiempo».

Quise interrumpirla, pero mi marido me cogió del brazo: le estaba prestando atención, y tomándose en serio las palabras de una niña. Nunca entendí por qué, y hasta el día de hoy no hemos comentado el tema; es un asunto tabú entre nosotros.

Al día siguiente, inesperadamente, él empezó a hacer preparativos; al cabo de dos semanas estábamos embarcando hacia Londres. Más tarde nos enteramos de que, aunque no haya estadísticas concretas al respecto, en esos dos años de guerra civil (N. R.: 1974 y 1975) murieron alrededor de cuarenta y cuatro mil personas, hubo ciento ochenta mil heridos, miles de refugiados. Los combates continuaron por otras razones, el país fue ocupado por fuerzas extranjeras, y el infierno sigue todavía hoy.

«Durará mucho tiempo», decía Sherine. Dios mío, por desgracia tenía razón.

Próximo capítulo: 08.09.06

39 Responses to “Quarto Capítulo”


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  1. 39 Astrid Sep 25th, 2006 at 9:43 pm

    Estoy encantada, parece que el tiempo se detuviera, es algo magico, envolvente, cautivador, ya quiero tener este libro entre mis manos. Sabia que seria asi, viniendo del mejor escritor que mas se puede esperar, solo buenos momentos.

  2. 38 Vanesa Sep 25th, 2006 at 8:51 pm

    Muchas gracias por guiarnos en la búsqueda de nuestra leyenda personal!!
    Sus historias me ayudan a recordar quién soy y para que estoy aqui.
    Es mi autor preferido y estoy esperando muy ansiosa su nueva creación.
    Le dejo un beso y un abrazo.
    Vanesa de Argentina.

  3. 37 Andrea Sep 25th, 2006 at 12:35 am

    La verdad.. cautivante como siempre, haciendo que uno se interese profundamente en lo que viene en los siguientes capitulos que prometen ser fascinantes.. la verdad es que creo que algunas personas son como ATHENA pero simplemente las personas que se encuentran alrededor no estan preparadas.. La verdad, desde que vi el otro dia en una tienda los dias que faltaban para el nuevo libro.. estoy esperando que salga para continuar leyendo esta novela que promete ser magica al igual que Brida..

  4. 36 sara Sep 23rd, 2006 at 9:29 pm

    Este capitulo habla de la parte maternal. Nuestro deber como madre de protecion hacia nuestros hijos, hace a veces que no podamos llegar realmente hacia donde ellos, Pq cuesta tanto?? si queremos lo mejor para ello. Bueno Paulo, y lectores de este blog me siento en un laberinto a traves de cda capiulo, definitivamente necesito leer el libro completo para llegar al climax de esta nueva etapa nuestra junto a nuestro maestro…Don Paulo (por respeto)

  5. 35 Aimee Rodríguez Martínez Sep 22nd, 2006 at 4:27 pm

    Dios mio, si llorando pudieramos parar las guerras, dios mio presentir que va a correr la sangre, que el infierno está cerca, es algo que no quisiera sentir nunca, que dolor, que sufrimiento, que fuerza la de ATHENA. Si a veces perdemos a un ser querido y ENTRE EL DOLOR Y LA PENA, nos preguntamos por qué? dios mio, te imaginas sentir que van a morir miles y miles de seres humanos? Dios mio como es posible que existan personas capaces de matar sólo por poder, por petróleo, por dinero, por diferencias religiosas. Creo que ATHENA podemos ser cada uno de los seres humanos que sentimos amor por la vida, por lo que nos rodea y mas ATHENA, tan cerca de dios, tan conocedora de niña del evangelio, somos todos hermanos no? Creo que cuando se siente todo esto de verdad y ves en la calle las actitudes de las personas, es brujería saber que va a suceder algo? Creo que mas que eso es inteligencia, saber que cada causa tiene un efecto. que violencia trae violencia, que es predecir lo que ya estas viendo, lo que te enseña dios que ya no lo ves en tu vecino de al lado, en tu amigo de la escuela en fin ya me encanta ATHENA.

  6. 34 CAROL GUTIÉRREZ - VENEZUELA Sep 19th, 2006 at 3:53 am

    Adorado Paulo:

    Tras la décima vez que me formulaban la misma pregunta, sin importar el orden de la conversación, ni su origen, me hicieron formularme, otra: ¿Por qué?
    Sí, ¿por qué me preguntan si tengo hijos y si estoy casada?, ¿es que acaso tener veintitantos, ser profesional y ejerciendo laboralmente es motivo para que el próximo paso sea lanzarme al agua?
    Parece que, a pesar de la liberación femenina, la teoría del aparente sexo débil por el que inequívocamente fuimos catalogadas hasta finales del siglo pasado y después de demostrar al mundo nuestra habilidad para gerenciar multinacionales, firma de abogados, fábricas, ocupar cargos políticos y diplomáticos, participar en la bolsa de valores, dirigir gobiernos, reinos y batallones, entre otros; logrado gracias al esfuerzo de féminas como Juana de Arco, Manuelita Sáenz, Elizabeth Cady Stanton, Eva Perón, Margaret Thatcher hasta la contemporánea Condolezza Rice, sea en vano.
    Este evento tuvo lugar el otro día mientras compartía un capuccino con unas amigas en un café de la ciudad; ya había oído la pregunta en nueve oportunidades durante ese mismo mes, pero como si la décima se convirtiera en la gota que derrama todo un dique, me hicieron cuestionarme una serie de paradigmas con respecto a mi desempeño, dada mi condición de “mujer”.
    Una mujer que se prepara durante cinco años para obtener un título universitario, absorbiendo información que será generada y aplicada para dar origen al conocimiento, cuyo fruto por el que será recordada en la casa de estudios de su elección, consistirá a través de su proyecto de grado, que, asimismo se convertirá en su carta de presentación para enfrentarse al entorno de la vida laboral, y, que, ya con un trabajo establecido, la sociedad, no contenta con esta titánica tarea, encargará a sus integrantes, que se conviertan en una especie de chivos expiatorios, en calidad de sus “amigos más íntimos” en cuestionar tan anhelada respuesta: >.
    Entonces, para sorpresa y asombro de las presentes, al responder mi cuestionamiento y posición frente al matrimonio al que considero de segundo plano, aun muy lejano (ni he imaginado “el día de mi boda”), y mucho menos la idea de tener un hijo; de pronto al pronunciar la última palabra, noto que sus miradas ahora están sobre mí y en un silencio casi sepulcral me observan como si estuviéramos en la edad media y yo fuese una bruja de Salem.
    El debate ante mi respuesta no se hace esperar, pero debo aplicar mis mecanismos de defensa a la velocidad de la luz, y, litigo:
    -¿Por qué sacrificar todo lo que he conseguido para entregar a otros mis logros personales como si ese hecho me convirtiera en mártir y suplantara la prioridad en mi vida?
    -¿Y mi verdadera realización personal dónde queda, es que la sociedad impone un límite cuando se alcanza lo anterior?
    -¿Acaso el hecho de que mi sexo sea femenino impone normas que debo seguir sin refutar, por temor a no ser señalada por los demás miembros?
    El silencio es ahora absoluto, el brillo de sus miradas no está concentrado en mí, sus ojos están puestos en sus manos, en la mesa, dos de ellas encienden un cigarro tal vez para pasar un trago amargo, otra pide una tercera ronda de capuchinos, nadie dice nada, yo tampoco, me he sorprendido a mi misma, pues es la primera vez que, además de la décima he contestado las otras nueve y rápidamente una sensación de bienestar invade mi cuerpo, mi inconsciente se ha conectado con mi conciente, (rara vez se han puesto de acuerdo), lo que atestigua un hecho de trascendencia que ninguno de las presentes nota.
    Mi juego de palabras no va a seguir adelante, hablar de lo que realmente sentimos alguna vez: “está prohibido”.
    Entiendo instintivamente que no soy la primera de ellas que se ha hecho estas preguntas (en orden aleatorio quizás), pero aun así contienen la misma esencia.
    Mi comentario rompe una serie de tabús, ya que una a una expone sus actuales problemas maritales, con sus hijos, y, la soltera pronta a casarse, cuestiona este hecho, pues se pregunta si es la decisión correcta todos los días.
    Sus ojos denotan una gran tristeza. Como es de esperar, me toca a mí contestar a las preguntas.
    -A pesar de nuestros adornos, de nuestras tarjetas de crédito, de nuestros títulos, ricas, menos ricas, flacas, gordas, menos gordas, inteligentes, sabemos que todo eso se hace en busca del amor, de cariño, para estar con alguien que nos ame.
    El comentario sobre el amor ha deshecho por completo el clima de alegría que sosteníamos hace escasos 15 minutos y volvemos hablar de el último perfume de una marca reconocida y muy publicitada, la película que acaba de estrenarse y la de la nueva franquicia que está teniendo un éxito inesperado.

  7. 33 anabel ayala Sep 17th, 2006 at 2:53 am

    HOLA ME ENCANTA LEER SUS LIBROS Y ESTE NUEVO NO SERA LA EXCEPSION

  8. 32 Shantal Myriam I. Sep 16th, 2006 at 12:30 am

    Gracias a este nuevo libro suyo me he vuelto a plantear preguntas, y he seguido buceando en las profundidades de mi alma y de mi mente, en busca de respuestas , de nuevos conocimientos , de descubrir quien soy ;
    ya que en “La Bruja de Portobello” encuentro un oasis de cosas que provocan en mi más sed y a la vez la aplacan.
    Por lo que habla de la numerologia , que nos puede ayudar a conocer algo más de lo que somos … , yo le cuento que busqué en un libro que tengo de Metafísica de Cony M. , y me encontré que sumando el dia, el mes y el año soy el numero 3 , cosa que a lo mejor no hubiera buscado saber en este momento de mi vida , y , luego de leerlo … me dio más curiosidad , a propósito amigo mío usted es el numero 8 (supongo que ya lo sabe) .
    Le mando un fuerte abrazo, y le doy nuevamente las gracias por ayudandarnos a conocernos .

    con todo cariño :

    Shantal Myriam I.
    .

  9. 31 Margarita Sep 15th, 2006 at 1:09 pm

    Como siempre guiandonos hacia la luz, esa luz interior que debemos buscar siempre, gracias por escribir. Los guerreros de la Luz, te lo agradecemos , besos.

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