Archive for the 'Guerrero de la Luz' Category

Conviviendo con los demás

Continúe en el desierto

-¿Por qué vive usted en el desierto?

-Porque no consigo ser lo que deseo. Cuando empiezo a ser yo mismo, las personas me tratan con falsa reverencia. Cuando soy verdadero en lo que concierne a mi fe, entonces las mismas personas empiezan a desconfiar. Todos se creen más santos que yo, pero se fingen pecadores por miedo a insultar mi soledad. Procuran mostrar continuamente que me consideran un santo, y de esta manera se transforman en emisarios del demonio, tentándome con el Orgullo.

-Su problema no es intentar ser quien realmente es, sino aceptar a los demás como son. Y si va a continuar actuando así, lo mejor será que continúe en el desierto –dijo el caballero, alejándose.

 

Perdonando a los enemigos

El abad le preguntó a su alumno preferido cómo andaba su progreso espiritual. El alumno respondió que estaba consiguiendo dedicarle a Dios todos los momentos del día.

-Entonces, ya sólo te falta perdonar a tus enemigos.

El muchacho se quedó desconcertado:

-¡Pero si yo no odio a mis enemigos!

-¿Tú crees que Dios está enfadado contigo?

-¡Claro que no!

-Y de todas maneras tú imploras Su perdón, ¿no es verdad? Pues haz lo mismo con tus enemigos, aunque no los odies. El que perdona está lavando y perfumando su propio corazón.

 

Por qué dejar al hombre para el sexto día

Un grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día.

-Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación– dijo uno.

-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros –sostenía otro.

En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión:

-Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?

-Es muy sencillo –comentó el sabio. –Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.

 

El reino de este mundo

Un viejo ermitaño fue invitado en cierta ocasión a ir a la corte del rey más poderoso de su tiempo.

-Yo envidio a los hombres santos, que se conforman con tan poco –comentó en soberano.

-Yo le envidió a Su Majestad, que se contenta con menos aún que yo. Yo tengo la música de las esferas celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, y tengo la luna y el sol, porque llevo a Dios en mi alma. Su Majestad, sin embargo, apenas tiene este reino.

 

Cuál es el mejor camino

Cuando preguntaron al abad Antonio si el camino del sacrificio conducía al cielo, respondió:

- Existen dos caminos de sacrificio. El primero es el del hombre que mortifica la carne y hace penitencia porque piensa que estamos condenados. El hombre que sigue este camino se siente culpable y se juzga indigno de vivir feliz.

“El segundo camino es el que recorre aquél que, aun sabiendo que el mundo no es perfecto como deseamos, reza, hace penitencia, ofrece su tiempo y su trabajo para mejorar lo que le rodea. Entiende que la palabra sacrificio viene de sacro oficio, el oficio sagrado. En este caso, la Presencia Divina le ayuda todo el tiempo, y él consigue resultados en el cielo”.

 

El trabajo de la labranza

El muchacho atravesó el desierto y llegó finalmente al monasterio de Sceta. Una vez allí, solicitó presenciar una de las charlas del abad, y obtuvo permiso para ello.

Aquella tarde, el abad reflexionó sobre la importancia del trabajo de labranza.

Al final de la charla, el muchacho le comentó a uno de los monjes.

-Me he quedado muy impresionado. Pensé que escucharía un sermón iluminado sobre las virtudes y los pecados, y el abad sólo hablaba de tomates, irrigación y cosas por el estilo. En el lugar de donde vengo, todos creen que Dios es misericordia, que basta con rezar.

El monje sonrió y respondió:

- Aquí nosotros pensamos que Dios ya hizo su parte, y que ahora nos toca a nosotros continuar el proceso.

Problemas de comunicación

Frente a la catedral

Me estaba sintiendo muy solo en plena ciudad de Nueva York, a la salida de una misa en la catedral de Saint Patrick, cuando, de repente, se me acercó un brasileño:

- Tengo una gran necesidad de hablar con usted – me dijo.

Me entusiasmé tanto con el encuentro, que comencé a hablar de todo lo que me parecía importante: de magia, de bendiciones divinas, de amor. Él lo escuchó todo en silencio, me dio las gracias, y se fue.

En lugar de alegría, yo sentí entonces una soledad aún mayor que la de antes. Sólo más tarde me daría cuenta de que, llevado por el entusiasmo, no le había prestado la debida atención al deseo de aquel brasileño:

El de hablar conmigo.

En realidad todas mis palabras se perdieron en el aire, pues no era eso lo que el Universo quería entonces de mí. Yo habría resultado mucho más útil si me hubiera parado a escuchar lo que él tenía que contarme.

 

¿A quién queremos?

Ya de niños, nos preguntan: ¿Quieres a papá? ¿Quieres a la tía? ¿Quieres a tu profesor?

Nadie nos pregunta: ¿Tú te quieres a ti mismo?

Y terminamos gastando gran parte de nuestra vida y de nuestra energía en intentar agradar a los demás. Pero, ¿y qué hay de nosotros? El jesuita Anthony Mello cuenta una genial historia sobre este asunto.

Una mujer y su hijo se encuentran en una cafetería. Tras escuchar el pedido de la madre, la camarera se dirige al niño:

-¿Y tú qué vas a querer?

-Un perrito caliente.

-De eso nada – salta la madre – Lo que él quiere es un filete de ternera con guarnición de verduras.

La camarera, ignorando el comentario, le pregunta al chico:

-¿Lo quieres con mostaza o con kétchup?

-Con los dos – responde el chico.

Y a continuación se vuelve hacia la madre, todo sorprendido:

-¡Mamá!¡ELLA CREE QUE SOY DE VERDAD!

 

Nadie se lo cree

Cuenta la leyenda que, justo después de su Iluminación, Buda decidió pasear por los campos. En el camino se cruzó con un labrador, que se quedó impresionado con la luz que emanaba del maestro.

-Amigo, ¿quién eres tú? – preguntó el labrador – Pues tengo la sensación de estar delante de un ángel, o de un Dios.

-No soy ni lo uno ni lo otro – respondió Buda.

-¿Acaso eres entonces un poderoso hechicero?

-No, tampoco.

-En ese caso, ¿qué es lo que te hace tan diferente de los demás hasta el punto de que un simple campesino como yo pueda sentirlo?

-Soy apenas alguien que despertó a la vida. Nada más. Pero le digo esto a todo el mundo, y nadie se lo cree.

 

El paraguas

Como ordena la tradición, antes de entrar en la casa del maestro zen, el discípulo dejó junto a la puerta sus zapatos y su paraguas.

-He visto por la ventana que estabas llegando – comentó el maestro – ¿Has dejado los zapatos a la derecha o a la izquierda del paraguas?

-No tengo ni la menor idea. Pero, ¿qué importancia tiene? ¡Yo estaba pensando en el secreto del Zen!

-Si no le prestas atención a la vida, nunca aprenderás nada. Comunícate con la vida, dale a cada segundo la atención que merece; éste es el único secreto del Zen.

Persiguiendo los sueños

Quien se atreve a tener un proyecto en su vida, quien tiene el valor de dejarlo todo para vivir su Leyenda Personal, acabará logrando sus objetivos. Lo importante es mantener el fuego en el corazón, y tener resistencia para superar los momentos difíciles.

Recuerden: el deseo que está en nuestra alma no vino de la nada; Alguien lo puso allí. Y este Alguien, que es puro amor y sólo desea nuestra felicidad, sólo hizo eso porque nos dio, junto al deseo, las herramientas para hacerlo realidad.

 

La subida arriesgada

Durante una tempestad, el peregrino llega a un albergue, y el dueño le pregunta adónde se dirige.

-Voy a las montañas- responde.

-Olvídelo – dice el dueño-. Es una subida peligrosa, y el tiempo no acompaña.

-Iré de todas formas –responde el peregrino-. Si mi corazón ya ha llegado allí, no será difícil que este cuerpo lo siga.

 

¿Cuál es el precio?

-¿El precio de vivir un sueño es mucho mayor que el de vivir sin arriesgarse a soñar? –preguntó el discípulo.

El maestro lo llevó a una tienda de ropa. Allí, le pidió que se probase un traje que era exactamente de su talla. El discípulo obedeció, y se quedó maravillado con la calidad de la ropa.

A continuación, el maestro le pidió que se probase el mismo traje, pero de una talla mucho mayor a la suya. Y el discípulo así lo hizo.

-Éste no sirve. Me está demasiado grande.

-¿Cuánto cuestan estos trajes? –le preguntó el maestro al vendedor.

-Los dos tienen el mismo precio. Sólo se diferencian en la talla.

A la salida de la tienda, el maestro le comentó a su discípulo:

-Vivir el sueño, y abandonar el sueño, también tienen el mismo precio, muy caro en ambos casos, generalmente. Pero la primera actitud nos lleva a comulgar con el milagro de la vida, mientras que la segunda no nos sirve para nada.

 

La búsqueda del camino

– Estoy dispuesto a dejarlo todo. Por favor, acépteme como su discípulo.

– ¿Cómo escoge un hombre su camino?

– A través del sacrificio. Un camino que exige sacrificio es un camino verdadero.

El abad se tropezó con una estantería. Un jarrón rarísimo saltó de su lugar, y el joven se arrojó al suelo para agarrarlo. Cayó con una mala postura y se rompió el brazo, pero logró salvar el jarrón.

– ¿Qué sacrificio es mayor: ver el jarrón hecho trizas, o romperse el brazo para salvarlo?

– No lo sé.

– En ese caso, no pretendas que el sacrificio determine tu elección. El camino se elige por nuestra capacidad de comprometernos con cada paso que damos mientras lo recorremos.

 

El discípulo embriagado

Un maestro zen tenía centenas de discípulos. Todos rezaban cuando había que hacerlo, excepto uno, que se pasaba el día borracho.

El maestro fue envejeciendo. Algunos de los discípulos más virtuosos comenzaron a discutir quién sería el nuevo líder del grupo, quién acogería los importantes secretos de la Tradición.

En la víspera de su muerte, sin embargo, el maestro llamó al discípulo borracho y le transmitió a él los secretos ocultos.

Un auténtico sentimiento de rebelión se apoderó de todos los demás.

-¡Qué vergüenza! – gritaban por las calles -. Todo este tiempo nos sacrificamos por un maestro equivocado, que no sabe valorar nuestras cualidades.

Escuchando la algarabía que había fuera, el maestro agonizante comentó:

-Yo necesitaba transmitir estos secretos a un hombre que conociese bien. Todos mis alumnos eran muy virtuosos, y sólo mostraban sus cualidades. Eso es peligroso, pues la virtud en muchas ocasiones sirve para esconder la vanidad, el orgullo, o la intolerancia.

Por eso elegí al único discípulo que conocía realmente bien, puesto que podía ver su debilidad: la bebida.

El derecho como metáfora

Soy una persona que cree en el sistema judicial. A pesar de todos los inconvenientes, vemos –por ejemplo- a las Suprema Corte de los Estados Unidos condenando la tortura como técnica para interrogatorios, aunque el presidente del país, y su vice también, intentan justificarla mediante artimañas legales.

No obstante, esta creencia mía no la comparte mucha gente. Un amigo abogado me dijo que “el derecho no fue pensado para resolver problemas, sino para prolongarlos indefinidamente”. Apenas como ejercicio de imaginación, resolví aplicar su tesis para analizar el Génesis, el primer libro de la Biblia.

Si al inicio de los tiempos el derecho hubiera estado tan desarrollado como en nuestros días, todos nosotros aún nos encontraríamos en el Paraíso, mientras que Dios todavía estaría enfrentándose a recursos, apelaciones, cartas rogatorias, exhortos, medidas cautelares, etc., y seguiría explicando en inacabables audiencias su decisión de haber expulsado a Adán y a Eva del Paraíso apenas porque éstos transgredieron una ley arbitraria, sin ningún fundamento jurídico: no comer el fruto del Bien y del Mal.

Si Él no quería que eso sucediese, ¿por qué puso el famoso árbol en mitad del jardín, en lugar de fuera de los muros del Paraíso? Si se llamara para defender a la pareja a un abogado con experiencia, éste podría apoyar sus argumentaciones en la “omisión administrativa”: no bastándole con plantar el árbol en un lugar inapropiado, Dios no puso carteles de advertencia en las cercanías, ni lo rodeó con ninguna valla, no adoptando, por lo tanto, los requisitos mínimos de seguridad, e incluso exponiendo al peligro a todos los que pasaban.

Otro abogado lo acusaría de “inducción al crimen”: empezó mostrando claramente a Adán y a Eva dónde se encontraba el árbol. Si no hubiese dicho nada, generaciones y generaciones de seres humanos habrían pasado por esta Tierra sin que nadie llegase a interesarse por el fruto prohibido –ya que debía encontrarse en el medio de un bosque lleno de árboles similares y, por lo tanto, no destacaría en absoluto.

Pero lo que cuenta el Génesis sucedió antes de que hubiera sistema judicial y, de esta manera, Dios tuvo una completa libertad de acción. Escribió una única ley, y encontró la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, sólo para poder inventar el Castigo. Sabía muy bien que Adán y Eva acabarían aburridos de tanta cosa perfecta y, más tarde o más temprano, pondrían a prueba Su paciencia. Se quedó allí esperando, porque también Él (Dios Todopoderoso) estaba aburrido con todo funcionando tan perfectamente: si Eva no hubiese probado la manzana, ¿qué habría ocurrido digno de interés durante los últimos cientos de miles de años?

Nada.

Cuando se violó la ley, Dios (Juez Todopoderoso) llegó incluso a simular una persecución, como si no conociese bien todos los escondrijos posibles. Con los ángeles viéndolo todo y pasándolo fenomenal con la bromita (la vida para ellos también debía ser muy aburrida, desde que Lucifer dejara el cielo) Él encuentra finalmente a Adán:

¿Dónde estás? – pregunta Dios, sabiendo perfectamente la respuesta, a pesar de lo cual no lo alerta de las posibles consecuencias de sus palabras. No dijo la famosa frase que tanto escuchamos en las películas: “Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra”.

-Escuché tus pasos en el jardín, tuve miedo y me escondí, porque estaba desnudo – respondió Adán, sin tener conciencia de que, desde el momento en que hizo esta afirmación, pasó a ser reo confeso de un crimen.

Listo. Mediante un truco bien sencillo, en el que aparenta no saber dónde se encontraba Adán después de su fuga, Dios consiguió lo que se proponía. Expulsó a la pareja, sus hijos acabaron pagando también por el crimen (como sucede hasta hoy con los hijos de los delincuentes) y el sistema judicial acabó siendo inventado: leyes, transgresión de las leyes, juicios y penas.

La montaña mágica

Creo que una de las más bellas regiones del mundo es el Languedoc, una parte de los Pirineos que se encuentra al sudoeste de Francia. He estado allí algunas veces, y me han impresionado sus valles, montañas, vegetación y ríos. Sin embargo, como el ser humano es absolutamente imprevisible, fue precisamente en este magnífico lugar donde nació la primera gran “herejía” europea: el catarismo.

Se han escrito muchos libros sobre el tema. No obstante, se puede resumir la filosofía cátara en una frase muy sencilla: el Universo fue creado por el demonio. Toda esta belleza aparente es una obra diabólica.

Según la enciclopedia, los cátaros creían en la existencia de dos dioses, un dios del bien (Dios) y otro del mal (Satán), que había creado el mundo material. Eso les llevó a hacer votos de castidad, pues se negaban a procrear y dar más adeptos al diablo. Se llamaban a sí mismos “perfectos,” y estaban dispuestos al martirio para probar la importancia de su creencia.

El final simbólico del movimiento, que desencadenó las primeras cruzadas de las que se tiene noticia, tuvo lugar el día 15 de marzo de 1244 en la fortaleza de Montségur: después de un prolongado asedio, durante el cual se les dio a elegir entre la conversión al catolicismo o la muerte, aproximadamente 250 “perfectos”, hombres, mujeres y niños, bajaron la montaña cantando y se tiraron a las llamas de la hoguera encendida con esa finalidad.

Durante mucho tiempo me interesé por el catarismo. En 1989 conocí a Brida O’Fern (más tarde, personaje de uno de mis libros), que había sido cátara en una encarnación anterior. A comienzos de aquel mismo año había conocido a Mónica Antunes, en aquella época sólo amiga mía, y hoy todavía amiga mía y agente literaria.

Como yo necesitaba, por razones espirituales, hacer el camino cátaro (una ruta que une los castillos/fortalezas de los “perfectos”), la invité a tomar parte en un trecho del recorrido.

Mónica y yo llegamos al pie de la montaña de Montségur en una tarde de agosto: habíamos planeado subirla al día siguiente. Después de comer fuimos a charlar al lugar donde se había encendido la hoguera, casi 800 años antes (indicado por un insignificante monumento). El cielo estaba encapotado, con nubes tan bajas que ni siquiera podíamos ver las ruinas en lo alto del gigantesco peñasco. Para provocar a Mónica, dije que tal vez sería interesante subir aquella misma noche. Ella respondió que no, y yo me sentí aliviado: ¿y si hubiera dicho que sí?

En ese momento, para un coche, de la misma marca y color que el mío. Sale de él un irlandés y pregunta, como si fuéramos de la región, por dónde se puede subir a la roca. Le sugiero que lo haga con nosotros al día siguiente, pero él está decidido a subir esa misma noche: quiere ver la salida del sol allá en la cima, dice que tal vez él también fue cátaro en una vida anterior. ¿Podríamos prestarle una linterna?

Y todo parece encajar: Brida, la obligación de hacer el camino cátaro, la broma minutos antes con Mónica, y ahora aquel hombre allí, con un coche igual al mío. Es una señal. Voy al hotel de la aldea donde estamos hospedados y consigo una linterna, la única que hay.

Mónica parece asustada, pero yo le digo que debemos seguir adelante. Señales, son las señales, le digo. El recién llegado pregunta dónde está el camino. No importa, respondo, basta con subir. El camino es ir hacia la cima.

Y durante un tiempo que no consigo recordar, los tres escalamos por la noche una montaña que no conocemos, y donde la nieve sólo nos permite ver unos palmos delante de nosotros. Finalmente, atravesamos las nubes, el cielo se llena de estrellas, hay luna llena, y, delante de nosotros, la puerta de la fortaleza de Montségur.

Entramos, contemplamos las ruinas. Admiro la belleza del firmamento, me pregunto cómo llegamos allí sin ningún percance, pero pienso que es mejor dejarse de preguntas y tan sólo admirar el milagro. Los cátaros contemplaban este mismo cielo, y aun así pensaban que todas estas estrellas eran obra del demonio. Jamás entenderé a los cátaros, por mucho que respete la integridad con la que se entregaban a su fe.

Volví a Montségur y subí la montaña en otras ocasiones, pero nunca más conseguí encontrar el camino que tomamos aquella noche de agosto de 1989.

Los misterios existen.

El pecado y las religiones

Cristianismo: La partida de ajedrez

Dijo el joven al sacerdote zen: “Me gustaría entrar en el monasterio, pero nada de lo que he aprendido es importante. Todo lo que mi padre me enseñó es a jugar al ajedrez, algo que no sirve para alcanzar la iluminación.”

El sacerdote pidió que le trajeran un tablero, llamó a un monje y le ordenó que jugara con el muchacho, añadiendo: “el que pierda, morirá.”

El joven se dio cuenta de que estaba luchando por su vida, y el tablero se convirtió en el centro del mundo. Sin embargo, como conocía todas las estrategias, enseguida vio que el monje iba a perder. Se preparaba para el golpe final, cuando observó la miraba de santidad de su adversario. Comenzó a cometer errores a propósito; prefería morir, pues el monje podría ser más útil a la humanidad.

De repente, el sacerdote tiró el tablero al suelo.

“Has aprendido más de lo que te enseñaron,” dijo. “Sabes que el camino de la luz no está hecho sólo de concentración, sino también de compasión. Te acepto como mi discípulo.”

Judaísmo: Perdonando con el mismo espíritu

El rabino Nahum de Chernóbil vivía siendo ofendido constantemente por un comerciante. Un día los negocios de este último comenzaron a andar muy mal.

“Debe de ser el rabino, que está pidiendo venganza a Dios”, pensó. Y fue a pedir disculpas a Nahum.

Yo te perdono con el mismo espíritu que tú me has perdonado – respondió el rabino

Pero las pérdidas de aquel hombre continuaron creciendo cada vez más, hasta quedar completamente arruinado. Los discípulos de Nahum, horrorizados, fueron a preguntarle sobre lo ocurrido.

-Yo lo perdoné, pero él siguió odiándome desde el fondo de su corazón – dijo el rabino -. Por eso, su odio fue contaminando todo lo que hacía, y el castigo de Dios se hizo aún más duro de lo que ya era.

Islam: dónde está Dios

En una pequeña aldea de Marruecos, un imán contemplaba el único pozo de toda la región. Otro musulmán se aproximó:

– ¿Qué hay allí dentro?

–Ahí está escondido Dios.

– ¿Que Dios está escondido dentro de este pozo? ¡Eso es pecado! Lo que usted está viendo debe de ser una imagen que los infieles dejaron ahí.

El imán le pidió al otro que se acercase y se asomase al borde. Reflejado en el agua, éste pudo ver su propio rostro.

– ¡Pero si ése soy yo!

– Exactamente. Ahora ya sabes dónde se esconde Dios.

Las cosas tal y como son

Por supuesto que las cosas no ocurren siempre como nos gustaría. Hay momentos en los que nos parece que perseguimos algo que no nos está destinado, que nos estamos dando de bruces una y otra vez contra puertas que no se abren, que esperamos milagros que no llegan a suceder.

Menos mal que las cosas son así, pues si todo ocurriera como deseamos, en poco tiempo nos quedaríamos sin asunto para seguir escribiendo el guión de nuestra vida diaria. Dicho guión se nutre de nuestros sueños, pero, además, se impulsa con la energía de nuestra lucha. Y como sucede siempre con los guerreros que emplean su energía en el Buen Combate, hay ciertos momentos en los que es mejor relajarse, y creer que el Universo continúa trabajando por nosotros en secreto, aunque no lo lleguemos a entender.

Dejemos, por tanto, que el Alma del Mundo cumpla su misión, y cuando no nos sea posible ayudarla, la mejor manera de colaborar con ella es prestar atención a las cosas sencillas de la vida, como las puestas de sol, la gente que pasa por la calle, o la lectura de un libro.

De todas maneras, en muchos casos sigue pasando el tiempo y no termina de ocurrirnos nada excepcional. Pero el verdadero guerrero de la luz continúa creyendo. A la manera que tienen los niños de creer.

Y, como cree en los milagros, los milagros empiezan a ocurrir.

Como está seguro de que su pensamiento puede cambiar su vida, su vida empieza a cambiar.

Como está seguro de que encontrará el amor, el amor termina apareciendo.

De vez en cuando, se decepciona. A veces se hace daño.

Y entonces escucha cómo comentan: “¡Pero qué ingenuo es!”

Pero el guerrero sabe que merece la pena. Por cada derrota, cuenta con dos victorias a su favor.

En un interesante y minúsculo libro, El breviario de la caballería medieval, hay un texto que debe ser recordado en estos momentos de espera:

«La energía espiritual del Camino utiliza la justicia y la paciencia para preparar tu espíritu.

Este es el Camino del Caballero. Un camino fácil y, al mismo tiempo, difícil, pues obliga a dejar de lado las cosas inútiles, y las amistades relativas. Por eso, al principio, se duda tanto para elegirlo.

He aquí la primera enseñanza de la Caballería: borrarás lo que hayas escrito hasta el momento en el cuaderno de tu vida: inquietud, inseguridad, mentira. Y escribirás, en lugar de todo eso, la palabra coraje. Comenzando la jornada con esta palabra, y manteniendo la fe en Dios, llegarás adonde necesitas».

A pesar de todo, a veces seguimos esperando – con paciencia, resignación, coraje – y las cosas que nos rodean no se mueven. Pero como éste fue el camino que elegimos, es imposible que las bendiciones de la vida no estén trabajando a nuestro favor. Cabe, por tanto, una profunda reflexión sobre lo que conocemos como “resultados”: nuestro destino se está manifestando de una manera que no llegamos a comprender totalmente – ¡pero se está manifestando! Jorge Luis Borges escribió un cuento magistral sobre este asunto.

Describe el nacimiento de un leopardo que pasa gran parte de su vida en la selva africana, pero termina siendo capturado y llevado a un zoológico de Italia. A partir de entonces, el animal piensa que su vida ha perdido el sentido, y que ya no le resta sino esperar el día de su muerte.

Cierta mañana, el poeta Dante Alighieri pasa por aquel zoológico, mira al leopardo, y el animal le inspira un verso. Un verso entre los miles que componen La Divina Comedia.

Toda la lucha por la supervivencia que aquel leopardo trabó, fue para que pudiese estar aquella mañana en el zoológico e inspirase un verso inmortal, dice Borges.

Al igual que este leopardo, todos nosotros tenemos una razón – una razón muy importante – para estar aquí, en este momento, esta mañana.

Relajémonos, por tanto, y prestemos atención.

Las cuatro fuerzas

El religioso Alan Jones dice que, para construir nuestra alma, nos son necesarias las Cuatro Fuerzas Invisibles: el amor, la muerte, el poder, y el tiempo. Es necesario amar, porque somos amados por Dios. Es necesaria la conciencia de la muerte, para entender bien la vida. Es necesario luchar para crecer; pero sin caer en la trampa del poder que conseguimos con esto, porque sabemos que no vale nada. Por último, es necesario aceptar que nuestra alma, aun siendo eterna, se encuentra en este momento atrapada en la tela de araña del tiempo, con sus oportunidades y limitaciones.

Primera fuerza: el amor

La esposa del rabino Iaakov vivía rebuscando motivos para discutir con su marido. Iaakov nunca respondía a las provocaciones.

Hasta que, durante una cena con unos amigos, el rabino terminó discutiendo ferozmente con su mujer, sorprendiendo a todos los comensales.

-Pero, ¿que ha ocurrido? –le preguntaron – ¿Por qué no has seguido tu costumbre de no responder?

-Porque por fin me he dado cuenta de que lo que más irritaba a mi mujer era que me quedara en silencio. Actuando de esta manera, me estaba manteniendo distante de sus emociones.

»Mi reacción ha sido un acto de amor, y así he conseguido que entendiera que yo estaba escuchando sus palabras.

Segunda fuerza: la muerte

Nada más morir, Juan se vio en un bellísimo lugar, rodeado por las comodidades y por la belleza con las que siempre había soñado. Un individuo vestido de blanco se le aproximó:

-Tiene usted derecho a todo lo que desee.

Encantado, Juan hizo todo lo que había deseado en vida. Tras muchos años de placeres, buscó al tipo de blanco. Le dijo que ya lo había probado todo, y que ahora necesitaba trabajar un poco para sentirse útil.

-Esa es la única cosa que no puedo conseguir – dijo el de blanco.

-¡Voy a pasar la eternidad muriéndome de aburrimiento! ¡Preferiría mil veces estar en el infierno!

-¿Y dónde piensa usted que se encuentra?

Tercera fuerza: el poder

-He pasado la mayor parte del día pensando lo que no debería pensar, deseando lo que no debería desear, haciendo planes que no debería hacer.

El maestro señaló a una planta y le preguntó al discípulo si sabía lo que era.

-Belladona. Puede matar a quien se come sus hojas.

-Pero no puede matar a quien simplemente la contempla. De la misma forma, los deseos negativos no pueden causar ningún mal, si no te dejas seducir por ellos.

Cuarta fuerza: el tiempo

Un carpintero y sus auxiliares viajaban por la provincia de Ki, en busca de material para construcciones, Vieron un árbol tan gigantesco que cinco hombres tomados de las manos no conseguían rodearlo, y su copa era tan alta que casi tocaba las nubes.

- No perderemos nuestro tiempo con este árbol – dijo el maestro carpintero. Tardaríamos demasiado en cortarlo. Si quisiéramos hacer un barco, se hundiría por causa de lo pesado que es su tronco. Si quisiéramos usarlo para la estructura de un techo, las paredes tendrían que ser exageradamente resistentes.

El grupo siguió adelante. Uno de los aprendices comentó:

- ¡Es un árbol tan grande y no sirve para nada!

- Estás equivocado – dijo el maestro carpintero. Él ha seguido su destino a su manera. Si fuese igual a los demás, nosotros ya lo habríamos cortado. Pero porque tuvo el coraje de ser diferente, permanecerá vivo y fuerte mucho tiempo.

¿Qué es la felicidad?

¿Qué es la felicidad?

Esa es una pregunta que ya la borré hace mucho de mi cabeza, justamente porque no sé responderla.

No soy el único. En el transcurso de todos estos años, he convivido con todo tipo de personas: ricas, pobres, poderosas y acomodadas. En todos los ojos que se cruzaban con los míos, siempre me pareció que faltaba algo – e incluyo a los guerreros, y a los sabios, gente que no tendría nada de qué quejarse.

Algunas personas parecen felices: simplemente, no se plantean el asunto. Otras hacen planes: tendré un marido, una casa, dos hijos, una casa de campo… Mientras se encuentran ocupadas realizando esa lista, son como toros embistiendo: no piensan, sólo avanzan. Consiguen su coche, a veces consiguen hasta su Ferrari, les parece que en eso consiste el sentido de la vida, y no se hacen nunca la pregunta de arriba. Pero, a pesar de todo, los ojos arrastran una tristeza de la que estas personas ni siquiera son conscientes.

Yo no sé si todo el mundo es infeliz. Lo que sé es que las personas están siempre ocupadas: trabajando más tiempo del que les corresponde, ocupándose de los hijos, del marido, de la carrera, del diploma, de lo que harán al día siguiente, de lo que hay que comprar, de lo que hay que tener para no sentirse inferior, etc.

Pocas personas me dijeron: “Soy infeliz”. La mayoría me dice: “Estoy de maravilla. Conseguí todo lo que quería”.

Entonces, les pregunto: “¿Qué es lo que te hace feliz?”

Me responden: “Tengo todo lo que cualquiera puede desear: familia, casa, trabajo, salud…”

Les pregunto de nuevo: “¿Alguna vez te paraste a pensar si eso era todo en la vida?”

Y responden: “Sí, eso es todo”.

Insisto: “En ese caso, el sentido de la vida es el trabajo, la familia, los hijos que crecerán y acabarán marchándose, la mujer o el marido que con el tiempo se transforman más en amigos que en auténticos enamorados. Y el trabajo terminará un día. ¿Qué harás cuando llegue ese momento?”

Llegados a este punto, no me responden. Se van por las ramas. Pero siempre queda algo escondido: el empresario que aún no hizo el negocio que soñaba, el ama de casa a la que le gustaría disponer de más independencia y más dinero, el que acaba de conseguir su título en la facultad se pregunta si fue él quien escogió sus estudios o si alguien los eligió por él, al dentista le habría gustado ser cantante, el cantante hubiera querido ser político, el deseo del político era ser escritor, y el escritor es un labrador frustrado.

En la calle donde escribo esta columna y observo a las personas que pasan, apuesto a que todo el mundo esta sintiendo lo mismo. Esta mujer tan elegante dedica sus días a intentar parar el tiempo, controlando la báscula, porque piensa que de eso depende el amor. En la acera de enfrente se ve a una pareja con dos niños. El hombre y la mujer viven momentos de intensa felicidad cuando salen a pasear con sus hijos, pero al mismo tiempo el subconsciente se preocupa del empleo que podría faltar un día, de las tragedias que pueden llegar en cualquier momento, y piensa en cómo librarse de ellas, cómo protegerse del mundo.

Hojeo las revistas de famosos: todo el mundo riéndose, todo el mundo contento. Pero como frecuento este medio, sé que la realidad es otra: todos aparecen riendo o divirtiéndose en la foto, en aquel momento, pero por la noche, o por la mañana, la historia es diferente. “¿Qué voy a hacer para seguir apareciendo en las revistas?” “¿Cómo voy a disimular que ya no tengo el dinero suficiente para mantener esta vida de constantes lujos?” O “¿Cómo hago para aumentar mi lujo, para hacerlo más llamativo que el de los demás?” “La actriz con la que aparezco en esta foto, riéndonos las dos, celebrando algo, ¡mañana me puede robar el papel!” “¿Estaré mejor vestida que ella? ¿Por qué sonreímos, si nos detestamos?”

En fin, me quedo con los versos de Jorge Luis Borges: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo”.

No cuestionar la búsqueda

Cuenta Sri Ramakrisna que un hombre se aprestaba a cruzar un río cuando el maestro Bibhishana se aproximó, escribió un nombre en una hoja, la ató a la espalda del hombre y le dijo:

- No tengas miedo. Tu fe te ayudará a caminar sobre las aguas. Pero en el instante en que pierdas la fe, te ahogarás.

El hombre confió en Bibhishana y comenzó a caminar sobre las aguas, sin ninguna dificultad, A cierta altura, no obstante, sintió un inmenso deseo de saber lo que su maestro había escrito en la hoja atada a sus espaldas.

La cogió y leyó lo que estaba escrito:

“¡Oh, dios Rama, ayuda a este hombre a cruzar el río”

“¿Sólo esto?”, pensó el hombre. “¿Quien es este dios Rama, al fin y al cabo?”

En el momento en que la duda se instaló en su mente él se sumergió y se ahogó en la corriente.

Edición nº 201 – El instante mágico

Es necesario correr algunos riesgos. Sólo entendemos adecuadamente el milagro de la vida cuando permitimos que lo inesperado se manifieste.

Todos los días Dios nos da – junto con el sol – un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días intentamos fingir que no vemos este momento, que no existe, que hoy es igual que ayer y mañana será igual que hoy. Pero el que presta atención descubre el instante mágico. Puede esconderse en el momento de meter la llave en la cerradura, ya por la mañana, o en el silencio que sigue a la cena, o en cualquiera de las mil y una cosas que nos parecen repetidas. Ese momento existe – un momento en el que toda la fuerza de las estrellas nos atraviesa y nos permite hacer milagros.

La felicidad es a veces un don, pero generalmente es una conquista. El instante mágico nos ayuda a cambiar, nos empuja en la dirección de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a pasar por momentos difíciles, vamos a enfrentar muchas desilusiones, pero todo eso es pasajero, inevitable, y acabaremos enorgulleciéndonos de las marcas señaladas por todos los obstáculos. En el futuro, podremos mirar hacia atrás con orgullo y fe.

Pobre del que tuvo miedo de correr riesgos. Porque tal vez no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que tienen un sueño que cumplir. Pero cuando mire hacia atrás – porque siempre se acaba mirando hacia atrás – va a escuchar a su corazón diciendo: “¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró a lo largo de tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste bien hondo en una fosa, porque tenías miedo de perderlos. Por lo tanto, esta es tu herencia: la certeza de que desperdiciaste tu vida”.

Pobre del que llega a escuchar estas palabras. Porque entonces creerá en los milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.

Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que aún existe en nuestro interior. Este niño sabe de instantes mágicos. Podemos sofocar su llanto, pero no podremos acallar su voz.

Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, la vida deja de tener sentido.

Existen muchas maneras de suicidarse. Los que intentar asesinar su cuerpo ofenden a la ley de Dios. Los que procuran matar su alma también ofenden a la ley de Dios, aunque su crimen resulte menos visible a los ojos de los hombres.

Pongamos atención en lo que nos dice el niño que llevamos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por su causa. No debemos dejar que tenga miedo por estar solo o porque casi nunca lo escuchamos.

Vamos a permitir que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Este niño sabe bien que cada día es diferente del anterior.

Vamos a hacer que se sienta nuevamente querido. Vamos a agradarlo, aunque eso signifique actuar de maneras algo insólitas para nosotros mismos, aunque los demás consideren que estamos haciendo tonterías.

Recuerden que la sabiduría de los hombres Dios la ve como locura. Si escuchamos al niño que tenemos en el alma, nuestra mirada volverá a brillar. Si no perdemos el contacto con este niño, no perderemos el contacto con la vida.

¡Vivamos todos los instantes mágicos de 2009!

Amor (Alma Gemela)

Siempre existe en el mundo una persona que espera a otra, ya sea en el medio del desierto o en medio de una gran ciudad. Y cuando estas personas se cruzan y sus ojos se encuentran, todo el pasado y todo el futuro pierden completamente su importancia y sólo existe aquel momento y aquella increible seguridad de que todas las cosas debajo del sol fueron escritas por la misma mano.

La mano que despierta el amor y quer hizo un alma gemela para cada persona que trabaja, descansa y busca tesoros debajo del Sol. Porque sin esto, no tendrían ningun sentido los sueños para la raza humana.

Edición nº 200 – Promiscuidad animal

Recientemente, leí un polémico, pero interesante artícuo en el periódico estadounidense New York Times (25/03/2008). Escrito por Natalie Angier, el texto se basa en investigaciones de reputados biólogos y psicólogos sobre la monogamia. Y se llega a una asombrosa conclusión: la infidelidad conyugal está presente en todo el reino animal.

Y no sólo eso: los estudios muestran que hay determinadas especies que “pagan” por sexo, mientras que otras recompensan a sus “amantes” con regalos y cariño. Y por si fuera poco, los celos y el machismo también están presentes: las hembras son violentamente atacadas si copulan con otro.

Desde luego, no somos animales, pero las semejanzas mencionadas son muy reveladoras. Merece la pena transcribir algunas partes especialmente interesantes del artículo en cuestión:

1] Hay multitud de especies educadas desde la más tierna infancia para casarse con alguien escogido por la familia. Vuelan y juegan juntos, cantan, bailan. Es decir, se les educa para impresionar a la comunidad, probando que nacieron el uno para el otro.

2] Sin embargo, la monogamia social raramente viene acompañada de la monogamia sexual. Exámenes de DNA de monos, pájaros, y otros animales en libertad, al examinar su descendencia a la luz de la ciencia moderna, se aprecia que del 10 al 70% de los descendientes fueron engendrados por algún otro que no era el macho residente.

3] El profesor David Barash, de la Universidad de Washington en Seattle, declara: “En el mundo infantil, la infancia. En el mundo adulto, el adulterio”. Durante mucho tiempo se creyó que los cisnes eran un modelo de fidelidad. Pero mediante dichos exámenes de DNA, se concluyó que ni siquiera los cisnes son inmunes a la tentación.

4] La única especie completamente monogámica es una ameba, la Dilozoon Paradoxum, que se aloja en los organismos de ciertos peces. Barash lo explica así: “El macho y la hemabra se encuentran cuando aún son jóvenes, y sus cuerpos literalmente se funden en uno solo. Desde ese momento, pasan a ser fieles hasta que la muerte los separe”. En este caso, la muerte coincide con la del pez que los abriga.

5] “La profesión más vieja del mundo”, tal y como se conoce a la prostitución, también se manifiesta en el reino animal. Es habitual encontrar machos de roedores, orugas e insectos que invitan a sus hembras al apareamiento ofreciendo regalos. Pero cuando el mismo macho decide tener una, digamos, relación extracurricular, la amante recibe regalos mayores que los de la compañera.

6] La ley de la competencia también se da en el mundo animal: si existe mucha oferta, el precio es bajo. Sin embargo, cuando las hembras escasean, se transforman en un objeto de deseo que requiere las mejores y más sofisticadas recompensas.

Quisiera dejar claro que he traído a esta columna los resultados de investigaciones relizadas por científicos y psicólogos especializados en estudiar el reino animal. Todos nosotros podemos – y debemos – tener nuestra propia opinión sobre el asunto de la monogamia. Podemos decir, por ejemplo, que nosotros somos una especie más evolucionada, lo cual es absolutamente cierto. Lo único que no podemos hacer es culpar a la ciencia por arrojar resultados que muchas veces van contra nuestra manera de pensar.

Edición nº 199 – Sobre cómo la ciudad fue pacificada

Sobre cómo la ciudad fue pacificada

Cuenta una vieja leyenda que cierta ciudad, situada entre las montañas de los Pirineos, era un verdadero reducto de traficantes, contrabandistas, y exiliados. El peor de estos criminales, un árabe llamado Ahab, tras ser convertido por Savin, un monje del lugar, decidió que aquella situación no podía prolongarse por más tiempo.

Como todos lo temían, pero no quería volver a usar su reputación de malvado para lograr sus objetivos, en ningún momento intentó convencer a nadie. Y esto porque conocía la naturaleza de los hombres: confundirían honestidad con debilidad, y enseguida su poder sería puesto en entredicho.

Lo que hizo fue llamar a algunos carpinteros de una aldea vecina, darles un papel con un dibujo, y mandarles que construyesen algo en el lugar donde hoy se encuentra la cruz que domina la población. Día y noche, durante diez días, los habitantes de la ciudad escucharon ruido de martillos, vieron a hombres serrando piezas de madera, preparando encajes, colocando tornillos.

Al cabo de diez días, el gigantesco rompecabezas estaba montado en medio de la plaza, cubierto con un velo. Ahab llamó a todos los habitantes para que presenciasen la inauguración del monumento.

Solemnemente, sin ningún tipo de discurso, descorrió el velo.

Era una horca.

Con cuerda, trampilla y todo. Nuevecita, cubierta con cera de abejas, para que pudiese resistir durante mucho tiempo a la intemperie. Aprovechando que allí había una multitud aglomerada, Ahab leyó una serie de leyes que protegían a los agricultores, incentivaban la cría de ganado, premiaban a quien trajera nuevos negocios a la región, añadiendo que desde ese momento en adelante todos deberían conseguir un trabajo honrado o marcharse de la ciudad. No mencionó ni una sola vez el “monumento” que acababa de inaugurar. Ahab era un hombre que no creía en las amenazas.

Al final del encuentro se formaron varios grupos. A la mayoría le parecía que Ahab había sido engañado por el santo, que ya no tenía la misma valentía de antaño, y que era preciso matarlo. Durante los días siguientes, se trazaron muchos planes con ese objetivo. Pero todos se veían obligados a contemplar esa horca en mitad de la plaza, y se preguntaban: ¿Para qué la puso allí? ¿Acaso la montaron para ejecutar a los que no obedezcan las nuevas leyes? ¿Quién está del lado de Ahab, y quién no lo está? ¿Hay espías infiltrados entre nosotros?

La horca miraba a los hombres, y los hombres miraban a la horca. Poco a poco, el coraje inicial de los rebeldes fue dando lugar al miedo. Todos conocían la fama de Ahab, sabían que era implacable en sus decisiones. Algunas personas abandonaron la ciudad, otras se decidieron a probar los trabajos sugeridos, simplemente porque no tenían adonde ir, o como consecuencia de la sombra de aquel instrumento de muerte en el centro de la plaza. Algún tiempo después, el lugar estaba en paz, se convirtió en un importante foco de comercio en la frontera, comenzó a exportar la mejor lana y a producir trigo de primera calidad.

La horca permaneció allí durante diez años. La madera resistía bien, pero periódicamente se cambiaba la cuerda por otra nueva. Nunca llegó a usarse. Nunca Ahab pronunció ni una sola palabra sobre ella. Bastó su imagen para convertir el valor en miedo, la confianza en sospecha, las bravuconadas en susurros de conformidad. Transcurridos los diez años, cuando la ley finalmente imperaba en Viscos, Ahab mandó destruirla y construir, en su lugar, una cruz.

Kazantzakis y Dios

Durante toda su vida, el autor griego Nikos Kazantzakis (Zorba el griego, La última tentación de Cristo) fue un hombre absolutamente coherente. Aunque abordó temas religiosos en muchos de sus libros –como una excelente biografía de San Francisco de Assis – siempre se consideró un ateo convencido. Pues es de este ateo convencido una de las más bellas definiciones de Dios que conozco:

“Miramos con perplejidad la parte más alta de la espiral de fuerza que gobierna el Universo. Y la llamamos Dios. Podríamos darle cualquier otro nombre: Abismo, Misterio, Oscuridad Absoluta, Luz Total, Materia, Espíritu, Suprema Esperanza, Suprema Desesperación, Silencio. Pero la llamamos Dios, porque sólo este nombre – por razones misteriosas – es capaz de sacudir con vigor nuestro corazón. Y no cabe duda de que esta sacudida es absolutamente indispensable para permitir el contacto con las emociones básicas del ser humano, que siempre están más allá de cualquier explicación o lógica”.

Ben Abuyah y el aprendizaje

El rabino Elisha ben Abuyah solía decir:

«Los que están abiertos a las lecciones de la vida, y no se dejan llevar por los prejuicios, son como una hoja en blanco, en la que Dios escribe sus palabras con la tinta divina.

»Los que no dejan de mirar el mundo desde el cinismo y los prejuicios, son como una hoja ya escrita, en la que no caben nuevas palabras.

»No te preocupes por lo que ya sabes, ni por lo que ignoras. No pienses en el pasado ni el futuro; permite simplemente que las manos divinas tracen, cada día, las sorpresas del presente».

Edición nº 198 – ¿Qué es lo que, a fin de cuentas, hago yo?

Muchos de mis lectores se quejan a veces de que hablo poco de mi vida personal en esta columna. En realidad hablo mucho, especialmente sobre mis indagaciones en el mundo imaginario. Sin embargo, vuelven a la carga: “pero, ¿cómo es su vida cotidiana?” Pues bien: durante una semana salí con un cuaderno y fui anotando más o menos todo lo que me sucede durante siete días normales:

Domingo: 1] conduzco en silencio durante los 540 kilómetros que separan París de Ginebra. Seis horas sin ninguna conclusión importante, ninguna revelación extraordinaria. Como me encanta mi trabajo, en su día me propuse firmemente pasar los domingos sin pensar en la escritura, así que procuro controlarme.

2] Gasolinera: veo una colección interesantísima de maquetas de metal. Considero comprarlas todas, pero pienso que más adelante acabaré con exceso de equipaje y que, además, muchas pueden romperse en el camino. Las compraré por internet en otro momento.

3] Me ducho. Doy una cabezada. Ceno con una amiga que me cuenta que el hombre que le gusta lo único que quiere es acostarse con ella y nada más. No sé qué decirle.

Lunes: 1] suena el despertador a las 10:15. De todas formas, la telefonista del hotel también llama al cuarto (es mi plan B: los nacidos en Virgo siempre tienen un plan B). Estoy aquí como miembro de la directiva de una respetable fundación, y me planteo si debo ponerme o no mis botas de vaquero, trabajadas en cuero rojo, blanco y negro. Decido que voy a llevarlas (a los artistas se nos permiten ciertas cosas).

2] Rápido desayuno con un amigo que trabaja en un banco. Le pregunto qué piensa de la crisis actual, y me da una serie de respuestas que ni él mismo termina de creerse. Le muestro el periódico del día: habla de una reunión de banqueros para superar la crisis. Uno de ellos afirma que no conocen bien los “productos financieros” que están vendiendo. Menos mal que tengo mi dinero en la cuenta de ahorros: los nacidos en Virgo no corren riesgos en esta área.

3] Comida con la directiva. Les pregunto qué les parece la situación de Georgia. Nadie quiere comentar el asunto, pero todo el mundo elogia mis botas de vaquero.

4] La reunión es excelente, sin estrés. Aprendo mucho. Al final, al entrar en el coche, me dejo los documentos fuera, sobre el techo.

5] Al arrancar, los documentos se caen en mitad de la calle. Me paso media hora juntándolo todo, con coches bocinando e insultándome. Un miembro de la directiva pasa, para un poco más adelante, y me pregunta si necesito ayuda. Le digo que no, que ya es suficiente con que una persona arriesgue su vida por una razón tan estúpida.

6] Hoy puedo llamar por teléfono usando el sistema de “manos libres”, mientras conduzco. Le pido a Mônica, mi agente, que cancele lo de Praga y Berlín (cada vez que viajo, se me quitan las ganas de volver a viajar). Ella me dice que tenemos que encontrarnos antes de la Feria de Frankfurt para “ultimar algunos detalles”. ¿En París o en Barcelona? En París, decide ella. Llamo a Paula, mi ayudante, para preguntarle por qué mi blog tuvo tan pocos comentarios ayer. Ella me explica que han cambiado la configuración, y que acaba de aprobar cien comentarios.

7] Llego a París a las once de la noche. Suponía que tendría una montaña de cosas esperándome, pero sólo veo dos paquetes de libros para firmar autógrafos, y unas pocas cartas. ¡Pero si he viajado! ¡He estado en otro país! Me doy cuenta entonces de que he viajado poco más de 24 horas.

8] Cena. Dejo el ordenador encendido para bajar “American History X”. Me voy a dormir hacia las dos de la mañana, después de leer algunas páginas de Mi año como miembro del Islam radical, de Daveed Gartstenstein-Ross. El libro es excelente, pero no consigo avanzar mucho.

Martes: 1] A las 10:00 h, café con leche, zumo de naranja y pan con aceite (siempre tomo lo mismo, incluso cuando estoy en hoteles, lo cual ocurre la mayor parte del año). Tres comprimidos de Echinacea, una hierba que dicen que fortalece el organismo contra gripes, y que se ha mostrado a la altura de su reputación (aunque no haya base científica que lo explique).

2] Internet: lectura de mensajes de lectores, de mensajes de trabajo (mis asistentes filtran los más relevantes), y de los recortes de prensa; visita a un portal brasileño y a otro estadounidense para leer las noticias del día. Compruebo que los asuntos de los mensajes son más o menos los de siempre: permiso para citar algún trecho mío en otros libros (siempre concedido), e invitaciones para dar conferencias (siempre rechazadas). Hoy voy a dar una entrevista para un periódico de Finlandia que va a empezar a publicar estas columnas. En total, permanezco una hora frente al ordenador.

3] Camino una hora seguida. Esté donde esté, raramente dejo de hacerlo. Hoy he invitado a mi ayudante a acompañarme: acaba de regresar de sus vacaciones en Brasil, y va a casarse en octubre. Conversamos sobre las vacaciones.

4] Una vez más frente al ordenador. Actualizando el blog, leyendo una entrevista al estúpido actor David Thewlis, que dice que su papel en “Veronika decide morir” (que se estrena el año que viene) fueron “apenas dos semanas más de trabajo”. Esto me deja irritado. Leo el resto de la entrevista y advierto que se queja de todo lo que ha hecho en la vida. Entonces la irritación desaparece.

5] Tiro con arco. Ducha. Ordenador de nuevo. Pido que comprueben una vez más que no hay ningún problema con el vuelo a Brasil del domingo. En principio está todo en orden.

6] Me olvidé de anotar dónde cené. Veo “Bienvenido a Sarajevo”. Leo de cabo a rabo el Herald Tribune. Intento concentrarme en Mi año en el Islam radical, pero sólo consigo leer algunas páginas.

Miércoles: 1] véanse, más arriba, los puntos 1, 2 y 3, sólo que en esta ocasión quien me acompaña en el paseo se llama Maarit, una lectora a la que conocí en la comunidad social Myspace. Ella se está preparando para ser religiosa. Conversamos mucho sobre la situación de la Iglesia Católica, y prometemos mantener el contacto.

2] Llega Mônica. Conversamos desde las tres de la tarde hasta las dos de la madrugada del día siguiente, discutiendo el programa de lanzamiento del nuevo libro, lo que debo decir en Frankfurt, y dónde será su fiesta de cumpleaños (va a hacer cuarenta en noviembre). Sugiero que sea en su casa, en Barcelona, pero ella dice que han puesto delante un andamio y que han tapado la vista de la ciudad. Respondo que por las noches todas las vistas de ciudades son idénticas: un montón de luces parpadeando. Pero ella no termina de convencerse. Dice que tengo que dar más entrevistas. Nos pasamos todo este tiempo encerrados en el apartamento, pues Mônica simplemente odia caminar. Chris preparó la cena y ya se fue a dormir hace mucho.

3] A las dos y cuarto de la madrugada, digo que estoy cansado, que quiero dormir ya, pero ella está de tan buen humor como si acabara de despertarse, y eso que hace no mucho tuvo que pasar por la cámara de tortura que conocemos como “aeropuerto”.

4] Consigo convencerla de ir a dormir a las dos y media de la mañana. Aún con una serie de asuntos pendientes. Hoy nada de Herald Tribune ni de Mi año en el Islam radical.

Jueves: 1] Desayuno con Mônica, mi agente y amiga, que ha pasado menos de un día en París, y ha dedicado diez horas a conversar conmigo (sin movernos del mismo sitio, pues detesta pasear, a pesar del bonito día de otoño que ha hecho). Ella parte hacia Barcelona, y yo me dirijo al ordenador para echar un vistazo al buzón de correo electrónico: mensajes, solicitudes de permisos para citarme, invitaciones (todo debidamente filtrado por mis ayudantes). Leo los correos de los lectores.

2] el responsable de la tontada del día es Frei Betto, un religioso brasileño al que consideraba mi amigo hasta hace pocos minutos, pero que firma una columna publicada en un periódico de provincias donde me ataca gratuitamente –mejor dicho, ataca todo lo que suponga “cultura popular”. Gracias a internet, nos enteramos de todo. Le envío un mensaje cortando todo lazo de amistad. Por precaución, mando copias para todos los amigos comunes que tenemos, para asegurarme de que el mensaje llegará hasta él.

3] Viene Juliette y me pide prestado un equipo de sonido que me regalaron en St. Moritz (Suiza). Es para la fiesta sorpresa de su marido, que cumple cuarenta años (parece que todo el mundo a mi alrededor está cumpliendo cuarenta). El equipo de sonido parece una tostadora eléctrica, pero en realidad emite impulsos digitales, lo que permite que la música se escuche con la misma intensidad y altura en toda una sala para doscientas personas. No lo he usado nunca, pero al menos va a serle útil a una amiga.

4] Camino una hora, como siempre. Practico tiro con arco, como siempre. Escribo mi columna semanal (que ustedes leen en estos momentos).

5] Ceno con Chris en un restaurante japonés. Pido lo mismo de la última vez. No sé por qué, siempre que voy a un restaurante nuevo y me gusta lo que como, acabo repitiendo otro día. Falta de imaginación, supongo.

Viernes: 1] desayuno, ordenador, paseo. Actualización diaria de mi blog.

2] Salgo con mi periódico para pasar el día en el Champ de Mars, cerca de mi apartamento de París. Observo a las personas preparándose para el invierno: la mayoría está haciendo fotos de la Torre Eiffel o hablando por el móvil. Paso frente a un museo (Museo Branly), veo que no hay fila y decido entrar. Es una exposición de arte indígena de varios continentes – intuyo que hay algo muy equivocado en nuestra civilización, desde el momento en que estas tribus y estas personas son capaces de realizar trabajos mucho más interesantes y contundentes que lo que vemos hoy en el terreno de las artes plásticas. Pero de nada sirve quejarse ni escribir sobre el asunto – existen tesis y más tesis sobre los “conceptos artísticos” contemporáneos, que incluyen una vaca sumergida en formol (vendida por 30 millones de dólares) y dos paredes de hierro oxidado (con un precio de alrededor de los cinco millones de dólares). Me parece que Frei Betto, en su nueva encarnación como intelectual de vanguardia, también debe de tener una tesis en defensa de estas cosas.

3] Vuelvo a casa, las maletas están listas, el chófer me espera, el coche se dirige al aeropuerto Charles de Gaulle. La salida está prevista para las 22:15, pero esta contemporánea cámara de tortura (conocida como aeropuerto) exige que estemos allí con una antecedencia que se hace eterna.

4] Despegamos a las 23:50 (con una hora de retraso). Voy a pasar unos veinte días en Brasil antes de ir a Frankfurt. Pero, como siempre, no iré a ningún restaurante de moda, lo que significa que, dentro de no mucho, volveré a escuchar la misma pregunta: “¿Cuándo vas a pasarte por tu tierra?”.

Por lo que se ve, si alguien no acude a los restaurantes de moda, es que no existe.

Edición nº 197 – Rutina de una modelo

Para escribir el libro El vencedor está solo, que tiene como tema central el culto a las celebridades, realicé una interesante investigación sobre la rutina de las que viven en la fantasía de las masas: las modelos. Por muy diferentes que ellas sean, existe un patrón invariable de comportamiento que expongo a continuación:

A] Antes de ir a dormir, se aplican varias cremas para limpiar los poros y conservar la piel hidratada, habituando desde muy temprana edad al organismo a depender de elementos externos. Al despertar, toman una taza de café solo sin azúcar con algunas frutas ricas en fibras, de manera que el organismo apenas retenga los alimentos que van a ser ingeridos a lo largo del día. Suben a la balanza tres o cuatro veces al día y entran en depresión cada vez que la aguja denuncia un nuevo gramo.

B] Todas saben que en poco tiempo quedarán relegadas por los nuevos rostros y las nuevas tendencias, y les urge demostrar que su talento no se limita a las pasarelas. No dejan de pedirles a sus agencias que les consigan una oportunidad para dejar claro que son muy capaces de trabajar como actrices. Ése es su gran sueño.

C] A pesar de lo que dice la leyenda, sí que pagan sus gastos: el billete de avión, el hotel, y sus eternas ensaladas. Los ayudantes de los estilistas las convocan para realizar eso que llaman casting – la selección de las que enfrentarán la pasarela o la sesión de fotos. Es un tiempo que han de pasar frente a sujetos crónicamente malhumorados que hacen uso del poco poder que tienen para desahogarse de sus frustraciones diarias, y jamás abren la boca para pronunciar una palabra amable. De hecho, “horrible” es normalmente el comentario que más se les oye decir.

D] Sus padres se enorgullecen de la hija que comenzó con tan buen pie, y se arrepienten de haber estado un día en contra de esta carrera – al fin y al cabo, están ganando dinero y ayudando a la familia. Sus compañeros sentimentales sufren crisis de celos, pero se controlan, porque al ego le hace bien el estar con una profesional de la moda. Y en cuanto a sus amigas, la envidian secreta o abiertamente.

E] Aparecen por todas las fiestas a las que se les invita, y su comportamiento – propio de personas mucho más importantes – delata su inseguridad de fondo. Se las ve siempre por allí con una copa de champán en la mano, pero se trata tan sólo de la imagen estudiada que quieren transmitir. En realidad, saben que el alcohol engorda, de manera que su bebida preferida es el agua mineral sin gas (el gas, aunque no afecta al peso, tiene consecuencias inmediatas sobre el contorno del estómago).

G] Duermen mal por culpa de los comprimidos. Escuchan historias sobre anorexia – la enfermedad más común en su medio, una especie de disturbio nervioso causado por la obsesión con el peso y con la apariencia, que termina educando al organismo para rechazar cualquier tipo de alimento. Dicen que eso nunca les ocurrirá a ellas, pero nunca se dan cuenta cuando se manifiestan los primeros síntomas.

H] Pasaron directamente de la infancia al mundo del lujo y el glamour, por lo que nunca fueron adolescentes ni jóvenes normales. Cuando les preguntan qué planes tienen para el futuro, sueltan automáticamente la respuesta que tienen preparada: “Facultad de Filosofía. Me dedico a esto sólo para poder pagarme mis estudios”. Pero saben que no es verdad. No se pueden permitir el lujo de ir con regularidad a una escuela: hay siempre una prueba por la mañana, una sesión de fotos por la tarde, y, al final del día, una fiesta en la que forzosamente tienen que estar presentes para ser vistas, admiradas, y deseadas.

La gente cree que estas chicas viven en un cuento de hadas. Y ellas mismas se esfuerzan en creerlo. Hasta que un escritor algo más curioso resuelve no desistir, e ir más allá con las preguntas. Tras momentos de gran vacilación, terminan reconociendo: “Nací para ser actriz. Por lo tanto, soy capaz de fingir que esta es la profesión más glamourosa del mundo.

La medida del amor

-Siempre quise saber si era capaz de amar como amas tú –dijo el discípulo hindú a su maestro.

-No existe nada más allá del amor –respondió el maestro-. Es lo que hace girar al mundo y mantiene las estrellas suspendidas en el cielo.

-Lo sé. Pero, ¿cómo puedo saber si mi amor es lo bastante grande?

-Procura saber si te entregas, o si por el contrario, huyes de tus emociones. Pero no te hagas preguntas como ésa, pues el amor no es grande ni pequeño. No se puede medir un sentimiento como se mide una calle: si haces eso, sólo percibirás su reflejo, como el de la luna en un lago, pero no estarás recorriendo su camino.

Edición nº 196 : El guerrero de la luz y su temperamento

El guerrero de la luz se permite que un día de su vida sea diferente del anterior. A él no le da miedo ni llorar por viejas heridas ni alegrarse con nuevos descubrimientos. Cuando siente que ha llegado la hora, lo deja todo y se lanza a la aventura tan soñada. Al entender que ha llegado al límite de su resistencia, se retira del combate, sin culparse por haber hecho una o dos locuras inesperadas.

La historia que sigue ilustra lo que quiero decir.

Un hombre que buscaba la santidad decidió subir a lo alto de una montaña llevando apenas la ropa que estaba vistiendo, y permanecer allí arriba meditando hasta el final de sus días.

Sólo que pronto se dio cuenta de que un único juego de ropa no era suficiente, porque se ensuciaba con demasiada rapidez. Bajó de la montaña, fue hasta la aldea más próxima, y pidió otras vestimentas. Como todos sabían que el hombre buscaba la santidad, le entregaron un nuevo par de pantalones y una camisa.

El hombre dio las gracias y volvió a subir hasta la ermita que estaba construyendo en lo alto del monte. Se pasaba las noches levantando las paredes, y los días entregado a la meditación, alimentándose con los frutos de los árboles y bebiendo el agua que brotaba de una fuente cercana.

Un mes más tarde, descubrió que un ratón solía roerle la ropa extra que dejaba a secar. Como quería concentrarse apenas en sus deberes espirituales, bajo de nuevo hasta el poblado, y pidió que le consiguiesen un gato.

Los habitantes de aquel lugar, respetando su búsqueda, le dieron lo que pedía.

Al cabo de siete días, el gato casi había muerto de inanición, porque no conseguía alimentarse con frutas, y ya no había más ratones en la zona. Regresó a la aldea en busca de leche, y como los campesinos sabían que no era para él (que a fin de cuentas resistía sin comer nada más que lo que la naturaleza le ofrecía), una vez más lo ayudaron.

El gato acabó rápidamente con la leche, así que el hombre pidió que le prestaran una vaca.

Como la vaca daba más leche de la necesaria, él empezó a beber también, por no desperdiciarla. De esta manera, en poco tiempo – respirando el aire de la montaña, comiendo frutas, meditando, bebiendo leche, y haciendo ejercicio – se transformó en un modelo de belleza. Una bonita muchacha que subió un día al monte buscando un cordero extraviado, terminó enamorándose, e intentó convencerlo de que necesitaba una esposa para cuidar de las tareas de la casa mientras él meditaba en paz.

El hombre pasó tres días ayunando, procurando averiguar cuál sería la decisión adecuada. Finalmente, comprendió que el matrimonio es una bendición del cielo, y aceptó la propuesta.

Tres años después, el hombre estaba casado, tenía dos hijos, tres vacas, una huerta con árboles frutales, y dirigía un lugar de meditación, con una gigantesca lista de espera de gente que quería conocer el milagroso “templo de la eterna juventud”.

Cuando alguien le preguntaba cómo había comenzado todo aquello, él respondía:

- Dos semanas después de llegar aquí, sólo tenía dos juegos de ropa. Un ratón empezó a roer uno de ellos y…

Pero nadie quería escuchar el final de la historia; estaban seguros de que era un sagaz hombre de negocios, queriendo inventarse una leyenda para poder aumentar aún más el precio de la estancia en el templo.

Pero, como buen guerrero de la luz, a él no le importaban los comentarios de los demás; estaba contento por haber sido capaz de hacer realidad sus sueños.

Edición nº 195 – Desafiando al maestro

¿El pájaro está vivo?

El joven estaba concluyendo su periodo de preparación, y muy pronto pasaría a enseñar. Como todo buen alumno, necesitaba desafiar a su profesor, y desarrollar su propia manera de pensar. Así que capturó un pájaro, lo agarró con una mano, y lo llevó hasta él:

-Maestro: ¿este pájaro está vivo o muerto?

Su plan era el siguiente: si el maestro dijera “muerto”, él abriría la mano y el pájaro se echaría a volar. Si la respuesta fuese “vivo”, él lo aplastaría entre los dedos. De esa manera, el maestro siempre estaría equivocado.

-Maestro, ¿el pájaro está vivo o muerto? – insiste.

-Mi querido alumno, esto va a depender de ti – es el comentario del maestro.

El aprendiz indeseable

-No tenemos puertas en nuestro monasterio –le comentó Shantih al visitante.

-¿Y qué pasa con las personas inoportunas, que vienen a perturbar la paz del lugar?

-Las ignoramos, y acaban marchándose.

-¿Nada más? ¿Y eso da resultado?

Shantih no respondió. El visitante insistió algunas veces más. Viendo que no obtenía respuesta, resolvió partir.

“¿Has visto como sí que funciona?”, se dijo Shantih, sonriendo.

El yogui y el loco

Nasrudin, el maestro loco de la tradición sufí, pasa frente a una gruta, ve a un yogui en plena meditación, y le pregunta lo que está buscando.

-Observo los animales, y he aprendido de ellos muchas lecciones que pueden transformar la vida de un hombre – dijo el yogui.

-Enséñame lo que sabes, y yo te enseñaré lo que aprendí, pues, en cierta ocasión, un pez me salvó la vida – responde Nasrudin.

El yogui se queda asombrado: si un pez salvó la vida de aquel hombre, debe tratarse sin duda de un santo. Decide, por tanto, enseñarle todo lo que sabe.

Cuando termina, le dice a Nasrudin:

-Ahora que te he enseñado todo lo que sé, sería para mí un honor escuchar la historia de cómo un pez te salvó la vida.

-Fue sencillo. Yo estaba casi muriéndome de hambre cuando lo pesqué, y gracias a él conseguí sobrevivir tres días.

Iluminación en siete días

Buda afirmó frente a sus discípulos: el que se esfuerza, puede alcanzar la iluminación en siete días. Si no lo consigue, sin duda lo logrará en siete meses, o en siete años.

Un joven se propuso conseguirlo en una semana, y quiso saber cómo debía actuar. “Concentración” fue la respuesta.

El joven empezó a practicar, pero diez minutos más tarde ya se había distraído, y consideró que no estaba perdiendo el tiempo, sino habituándose consigo mismo.

Un buen día decidió que no era necesario llegar tan rápido a su meta, pues el camino le estaba enseñando muchas cosas.

Y fue en este momento cuando alcanzó la iluminación.

Edição nº 194 – Independencia emocional

«Al principio de nuestra vida, y una vez más cuando envejecemos, nos hacen falta la ayuda y el cariño de los demás. Desgraciadamente, entre estos dos periodos de nuestra vida, durante el tiempo en el que somos fuertes y capaces de cuidar de nosotros mismos, descuidamos el valioso cultivo del cariño y de la compasión. Puesto que nuestra propia vida comienza y termina con necesidad de afecto, ¿no sería mejor que practicásemos la compasión y el amor hacia los demás mientras somos fuertes y capaces?»

La cita es del actual Dalai Lama. Es verdaderamente curioso observar cómo nos enorgullecemos de nuestra independencia emocional. Aunque, claro está, tal cosa sea muy cuestionable: seguimos necesitando a los demás durante toda nuestra existencia, sólo que resulta “vergonzoso” demostrarlo, y entonces preferimos llorar ocultamente. Y si alguien nos pide ayuda, es que se trata de un sujeto débil, de alguien incapaz de controlar sus sentimientos.

Hay una ley no escrita que dice que “el mundo es de los fuertes”, y que “sobrevive apenas el más apto”. Si esto fuese cierto, la especie humana no habría podido subsistir, pues sus individuos necesitan protección durante un largo periodo de tiempo (los especialistas dicen que apenas podemos valernos por nosotros mismos después de los nueve años de edad, mientras que una jirafa lo consigue en ocho meses como máximo, y una abeja alcanza su independencia en menos de cinco minutos).

Estamos en este mundo. Por lo que a mí respecta, yo sigo – y seguiré siempre – dependiendo de los demás. Dependo de mi mujer, de mis amigos, de mis editores. Dependo incluso de mis enemigos, que me ayudan a permanecer siempre adiestrado en el uso de la espada.

Desde luego, hay momentos en los que este fuego avanza en otra dirección, pero yo nunca dejo de preguntarme: ¿Dónde están los otros? ¿Acaso me aislé demasiado? Como a cualquier persona sana, también me hace falta la soledad, el tiempo de la reflexión.

Pero esto no debe convertirse en un vicio.

La independencia emocional no conduce absolutamente a ninguna parte – a no ser a una pretendida fortaleza, cuyo único e inútil objetivo es impresionar a los demás.

La dependencia emocional, por su parte, es como una hoguera que encendiéramos.

Al principio, las relaciones son difíciles. De la misma manera, con el fuego hay que conformarse primero con el desagradable humo, que dificulta la respiración y arranca las lágrimas. Sin embargo, una vez encendido el fuego, el humo desaparece, y las llamas lo iluminan todo, transmitiendo calor, calma, y, de cuando en cuando, haciendo saltar alguna brasa que nos quema, pero que también anima nuestra relación. ¿No están de acuerdo?

Esta columna empezaba con una cita de un premio Nobel de la Paz defendiendo la importancia de las relaciones humanas. Concluyo ahora con unas palabras del profesor Albert Schweitzer, médico e misionero, que recibió el mismo premio Nobel en 1952:

«Todos hemos oído hablar de una dolencia de África Central conocida como enfermedad del sueño. Lo que tenemos que saber es que existe una enfermedad muy similar que ataca al alma, y que es muy peligrosa, porque se desarrolla sin ser detectada. Al notar el menor síntoma de indiferencia y de falta de entusiasmo ante los demás, hay que hacer saltar las alarmas.

»La única manera de prevenirse contra esta enfermedad es entender que el alma sufre, y mucho, cuando la obligamos a vivir superficialmente. Al alma le gustan las cosas bellas y profundas».

Edición nº 193 – En busca del líder perfecto

Un lector me envía un cuestionario. En él, presenta el perfil de tres líderes mundiales que vivieron en la misma época, y pregunta si es posible escoger al mejor de ellos a partir de los siguientes datos:

Candidato A: tuvo contacto con curanderos, consultaba a astrólogos con frecuencia. Tenía dos amantes. Su mujer era lesbiana. Fumaba mucho. Bebía de ocho a diez martinis por día.

Candidato B: no conseguía mantenerse mucho en el mismo empleo debido a su arrogancia. Dormía hasta el mediodía. Fue consumidor de opio en su época de colegial, y siempre fue considerado un mal alumno. Bebía una copa de coñac todas las mañanas.

Candidato C: fue condecorado como héroe. Era vegetariano. No fumaba. Tenía una disciplina ejemplar. Bebía una cerveza muy de vez en cuando. Permaneció con la misma mujer en sus momentos de gloria y en sus momentos de derrota.

¿Y cuál es la respuesta?

A] Franklin Delano Roosevelt. B] Winston Churchill. C] Adolf Hitler.

¿En qué consiste entonces el liderazgo? La enciclopedia lo define como la capacidad de un individuo para motivar a otros en la consecución de un mismo objetivo. Las librerías están llenas de títulos sobre el tema, y normalmente a los líderes se les pinta con colores brillantes, atributos envidiables, e ideales supremos. El líder es para la sociedad lo que el “maestro” es para la espiritualidad. No obstante, esto no es del todo verdad (en ambos casos).

Nuestro gran problema, principalmente en un mundo que se está volviendo cada vez más fundamentalista, es no tolerar que las personas en posiciones destacadas tengan errores humanos. Siempre estamos en busca del gobernante perfecto. Estamos siempre esperando que un pastor nos dirija y nos ayude a encontrar nuestro camino. En realidad, las grandes revoluciones y los grandes avances de la humanidad fueron impulsados por personas iguales a nosotros – con la única diferencia de que aquéllas tuvieron el valor necesario para tomar una decisión clave en un momento difícil.

Hace ya bastante tiempo que, en mi inconsciente, sustituí la palabra “líder” por la expresión “guerrero de la luz”. ¿Qué es un guerrero de la luz?

Los guerreros de la luz conservan el brillo de los ojos.

Están en el mundo, forman parte de la vida de otras personas, y comenzaron su jornada sin alforjas ni sandalias. Muchas veces son cobardes. No siempre hacen las cosas bien.

Los guerreros de la luz sufren por banalidades, tienen actitudes mezquinas, y a veces se consideran incapaces de crecer. Frecuentemente se creen indignos de cualquier don o milagro.

Los guerreros de la luz no siempre están seguros de lo que están haciendo aquí. Muchas veces pasan las noches en vela, pensando que sus vidas no tienen sentido.

Todo guerrero de la luz, en alguna ocasión, tuvo miedo de entrar en combate. Todo guerrero de la luz, en alguna ocasión, perdió la fe en el futuro.

Todo guerrero de la luz siguió por algún tiempo un camino que no era el suyo. Todo guerrero de la luz pensó alguna vez que no era guerrero de la luz. Todo guerrero de la luz no cumplió en algún momento con sus obligaciones espirituales.

Por eso es un guerrero de la luz; porque pasó por todo eso, y no perdió la esperanza de ser mejor de lo que era.

Por eso son guerreros de la luz. Porque se equivocan. Porque se hacen preguntas. Porque buscan una razón – y no cabe duda de que van a encontrarla.

Edición nº 192 – La segunda oportunidad

Las Sibilas, hechiceras capaces de prever el futuro, vivían en la antigua Roma. Cierto día, una de ellas apareció en el palacio del emperador Tiberio con nueve libros; dijo que allí estaba escrito el futuro del Imperio, y pidió diez talentos de oro por los textos. A Tiberio le pareció un precio elevadísimo y no los quiso comprar.

La Sibila se marchó, quemó tres libros, y regresó con los seis restantes. “Cuestan diez talentos de oro”, dijo. Tiberio soltó una carcajada, y la echó del palacio. ¿Cómo se atrevía a vender seis libros por el precio de nueve?

La sibila quemó tres libros más y volvió ante Tiberio sólo con los tres volúmenes que habían restado: “También cuestan diez talentos de oro”. Intrigado, Tiberio acabó comprando los tres volúmenes, y sólo pudo leer una pequeña parte del futuro.

Estaba contándole esta historia a Mônica, mi agente y amiga, mientras íbamos en coche a Portugal, y al terminar me di cuenta de que estábamos pasando por Ciudad Rodrigo, en la frontera con España. Justamente allí, cuatro años atrás, alguien me había ofrecido un libro, y yo no lo había querido comprar.

Durante el primer viaje de divulgación de mis libros en Europa, había decidido almorzar en aquella ciudad. Después fui a visitar la catedral y encontré a un padre. “Vea como el sol del atardecer hace todo más bonito aquí adentro”, me dijo. Me gustó el comentario, conversamos un poco, y él me guió por los altares, claustros y jardines interiores del templo. Al final, me ofreció un libro que había escrito sobre la iglesia, pero yo no lo quise comprar. Cuando salí, me sentí culpable; yo era escritor, estaba en Europa tratando de vender mi trabajo: ¿por qué no comprar el libro del padre, por solidaridad? Pero después olvidé el episodio. Hasta aquel momento.

Paré el coche; no me había acordado de la historia de los libros sibilinos por casualidad. Nos dirigimos a la plaza que hay frente a la iglesia, donde una mujer estaba mirando al cielo.

- Buenas tardes. Estoy buscando a un padre que escribió un libro sobre esta iglesia.

- Ese padre, que se llamaba Estanislao, se murió el año pasado – me respondió ella.

Sentí una inmensa tristeza. ¿Por qué no habría dado yo al padre Estanislao la misma alegría que sentía yo cuando veía a alguien con uno de mis libros?

Fue uno de los hombres más bondadosos que conocí – continuó la mujer. Venía de familia humilde, pero llegó a ser especialista en arqueología. Ayudó a conseguir para mi hijo una beca en el colegio.

Le comenté a ella lo que me había llevado allí.

- No se culpe inútilmente, hijo mío – dijo. Vaya a visitar otra vez la catedral.

Pensé que era una señal, e hice lo que me mandaba.

Sólo había un padre en un confesionario, esperando a los fieles que no acudían. Me dirigí hacia él, que me hizo una seña para que me arrodillase, pero yo le interrumpí.

- No quiero confesarme; sólo vine a comprar un libro sobre esta iglesia, escrito por un hombre llamado Estanislao.

Los ojos del padre brillaron. Salió del confesionario y volvió minutos después con un ejemplar.

- Qué alegría que haya venido para esto! – me dijo. – ¡Soy hermano del padre Estanislao, y esto me llena de orgullo! ¡Él debe de estar en el cielo, contento al ver que su trabajo es apreciado!

Con tantos padres por allí, yo había encontrado justamente al hermano de Estanislao. Pagué el libro y le agradecí. Él me abrazó. Cuando iba saliendo, escuché su voz.

- Vea como el sol del atardecer hace todo más bonito aquí adentro – me dijo.

Eran las mismas palabras que el padre Estanislao me había dicho cuatro años antes. Siempre hay una segunda oportunidad en la vida.

Edición nº 191 – El cielo y el infierno

Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por un sendero. Al pasar cerca de un árbol gigantesco, cayó un rayo, y los tres murieron fulminados.

Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había dejado este mundo, y siguió caminando con sus dos animales (a veces a los muertos les lleva un tiempo ser conscientes de su nueva condición…)

La caminata se hacía muy larga, colina arriba, el sol era de justicia, y todos terminaron sudados y sedientos. Necesitaban desesperadamente agua. En una curva del camino, avistaron una puerta magnífica, toda de mármol, que conducía a una plaza adoquinada con bloques de oro, en cuyo centro había una fuente de donde manaba un agua cristalina.

El caminante se dirigió al hombre que guardaba la entrada:

- Buenos días.

- Buenos días – respondió el hombre.

- ¿Qué lugar es éste, tan bonito?

- Esto es el cielo.

- Pues qué bien que hemos llegado al cielo, porque nos estamos muriendo de sed.

- Usted puede entrar y beber toda el agua que quiera.

Y el guarda señaló la fuente.

- Mi caballo y mi perro también tienen sed.

- Lo siento mucho, pero aquí no se permite la entrada de animales.

Al hombre aquello le disgustó mucho, porque su sed era grande, pero no estaba dispuesto a beber él solo; dio las gracias y siguió adelante. Tras mucho caminar, ya exhaustos, llegaron a una finca que tenía por entrada una vieja portezuela que conducía a un camino de tierra, bordeado por árboles en sus dos orillas.

A la sombra de uno de los árboles, había un hombre tumbado, con la cabeza cubierta con un sombrero, posiblemente durmiendo.

-Buenos días – dijo el caminante.

El hombre apenas respondió meneando la cabeza.

-Tenemos mucha sed, mi perro, mi caballo y yo.

-Hay una fuente en aquellas piedras – dijo el hombre señalando el lugar -. Pueden beber cuanto les plazca.

El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y mataron su sed. A continuación, regresó para dar las gracias.

-A propósito, ¿cómo se llama este lugar?

-Cielo.

-¿Cielo? ¡Pero si el guarda de la puerta de mármol dijo que el cielo era allá!

-Eso no es el cielo, es el infierno.

El caminante se quedó perplejo.

-¡Pero ustedes deberían evitar eso! ¡Esa falsa información debe causar grandes trastornos!

El hombre sonrió:

-De ninguna manera. En realidad, ellos nos hacen un gran favor. Porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a los mejores amigos…