Veinte años después: los dos sabios

Era una vez un sabio llamado Sidi Mehrez. Estaba muy irritado por el lugar donde viví­a, una linda ciudad a la orilla del Mar Mediterráneo; los hombres y las mujeres viví­an de manera depravada y el dinero era el único valor importante. Como Mehrez era también santo y hací­a milagros, resolvió atar su bufanda alrededor de Túnez y arrojarla al océano.

Los edificios empezaron a caerse, el piso se levantó, los habitantes entraron en pánico al ver que estaban siendo empujados en dirección a la muerte. Desesperados, resolvieron pedir ayuda a un amigo de Mehrez, llamado Sidi Ben Arous. Ben Arous consiguió convencer al riguroso santo que interrumpiese la destrucción; pero desde entonces todas las calles de Túnez son inclinadas.

Camino por el bazar de esta ciudad africana, traí­do por el viento de esta preregrinación con la cual celebro los 20 años de mi camino de Santiago (1986).

Estoy con Adam Fathi y Samir Benali, dos escritores locales; a quince kilómetros están las ruinas de Cartago, que en un pasado remoto fue capaz de enfrentarse con la poderosa Roma. Discutimos la epopeya de Aní­bal, uno de sus guerreros; los romanos esperaban una batalla marí­tima (las dos ciudades estaban separadas por apenas algunas centenas de kilómetros de mar), pero Aní­bal enfrentó el desierto, cruzó el estrecho de Gibraltar con un gigantesco ejército, atravesó España, Francia, subió los Alpes con soldados y elefantes, y atacó al Imperio por el norte. Venció a todos los enemigos en su camino y de repente, sin que hasta hoy alguien sepa realmente por que, paró delante de Roma, y no la atacó en el momento exacto. El resultado de esta indecisión hizo que Cartago fuera tachada del mapa por los naví­os romanos.

Pasamos por un lindo edificio: en 1754, un hermano mató al otro. El padre de ambos resolvió construir este palacio para abrigar una escuela, manteniendo viva la memoria de su hijo asesinado. Comento que, al hacer eso, el hijo asesino también serí­a recordado.

– No es bien así­ – responde Samil. – En nuestra cultura, el criminal divide la culpa con todos aquellos que le permitieron cometer el crimen. Cuando un hombre es ejecutado, aquel que le vendió el arma, es también responsable delante de Dios. La única manera del padre corregir lo que consideraba su error, fue transformando la tragedia en algo que pudiese ayudar a los otros: en lugar de la venganza que se limita al castigo, la escuela permitió que la instrucción y la sabidurí­a pudiesen ser transmitidas hace mas de dos siglos.

En una de las puertas de la antigua muralla hay una linterna. Fathi comenta el hecho de yo ser un escritor conocido, mientras él todaví­a lucha por reconocimiento:

– Aquí­ está el origen de uno de los mas célebres proverbios árabes: “La luz ilumina apenas al extranjero.”

Digo que Jesús hizo el mismo comentario: nadie es profeta en su propia tierra. Siempre tendemos a valorizar aquello que viene de lejos, sin jamás reconocer toda la belleza que está a nuestro alrededor.

Entramos en un antiguo palacio, hoy transformado en centro cultural. Mis dos amigos empiezan a explicarme la historia del lugar, pero mi atención fue totalmente desviada por el sonido de un piano y empiezo a seguirlo por los laberintos del edificio. Termino en una sala donde un hombre y una mujer, aparentemente ajenos al mundo, tocan la “Marcha Turca” a cuatro manos. Me acuerdo que algunos años atrás vi algo semejante – un pianista en un centro comercial, concentrado en su música, sin prestar atención a las personas que pasaban hablando alto o con las radios encendidas.

Pero aquí­ estamos apenas nosotros tres y los dos pianistas. Puedo ver la expresión en el rostro de ambos: alegrí­a, la más pura y completa alegrí­a. No están allí­ para impresionar a ninguna platea, sino porque sienten que este es el don que Dios les dio para que conversen con sus almas. Por consecuencia, terminan también conversando las almas de Adam, Samil, Paulo, y todos nosotros nos sentimos más próximos del significado de la vida.

Escuchamos en silencio durante una hora. Aplaudimos en el final, y cuando vuelvo para el hotel, me quedo pensando en la tal linterna.

Sí­, puede ser que ella apenas ilumine al extranjero, pero será que eso hace tanta diferencia cuando estamos poseí­dos por este gigantesco amor por lo que hacemos?

Próximo texto: 23.05.06.

P.S: Caro lector,

En este camino que me está llenando el espí­ritu con experiencias interesantí­simas, uno de los momentos más mágicos es cuando, durante la noche, puedo leer sus cometarios en el blog. Mismo que no pueda responder a todos, quiero que sepan que es muy importante para mi saber que no estoy solo en este camino. Muchas gracias por su soporte y por las palabras e ideas que seguirán grabadas en mí­ corazón.

Paulo Coelho