Veinte años después: Entre Novosibirsk e Irkutsk

Continua siendo imposible escribir en el tren por causa del movimiento. Encuentro lectores en las estaciones (vean las fotos en la galerí­a), converso con ellos, aprendo mucho mirando a sus ojos y de las pocas palabras que podemos intercambiar. Unos me cuentan historias, otros hablan de sus lugares y de sus regiones.

“Usted sabe exactamente dónde está ahora?” – uno de ellos me dice – usted está en una estación de trenes junto a mucha gente y en este momento existe una gran posibilidad de que varias personas abriguen en sus corazones las mismas esperanzas y desesperanzas que usted abriga.”

Y continúo: “Vamos adelante: usted es un puntito microscópico en la superficie de una bola. Esta bola gira alrededor de otra que a su vez está ubicada en un rinconcito de una galaxia, junto con millones de bolas semejantes.”

“Esta galaxia forma parte de algo llamado Universo, lleno de gigantescos aglomerados estelares. Nadie sabe exactamente dónde comienza y dónde termina lo que llaman Universo. Aun así­, no se deje vencer por el cansancio del viaje.”

“Usted lucha, se esfuerza y trata de mejorar, tiene sueños, se alegra o entristece por causa del Amor. Si no estuviese vivo, algo estarí­a faltando.”

No sé de donde sacó el lector estas palabras (él estaba leyendo un papel) pero yo necesitaba oí­rlas en aquel momento.

*****

Dos paradas más adelante, una lectora me cuenta una historia sobre un carpintero y sus ayudantes que viajaban por el territorio de Qi (estamos en este momento muy cerca de China), buscando material para realizar construcciones. Encontraron un árbol gigantesco; cinco hombres dándose las manos no conseguí­an abrazarlo y era tan alto que casi tocaba las nubes.

– No vamos a perder nuestro tiempo con este árbol – dijo el carpintero. Para cortarlo nos demoraremos mucho. Si quisiéramos hacer un barco, se hundirí­a de tan pesado que es su tronco. Si decidimos usarlo como estructura de un techo, las paredes tendrán que ser fuertemente resistentes.

El grupo siguió adelante y uno de los aprendices comentó:

– ¡Es un árbol tan grande que no sirve para nada!

– Estás equivocado, dijo el carpintero. Si fuese igual a los otros, nosotros ya lo hubiésemos cortado, pero como tuvo el coraje de ser diferente, permanecerá vivo y fuerte por mucho tiempo.

*****

Los taoí­stas cuentan que en el inicio de los tiempos, el Espí­ritu y la Materia empezaron una lucha entre ellos en un combate mortal. Finalmente, el Espí­ritu triunfó y la Materia fue condenada a vivir para siempre en el interior de la Tierra.

Antes de que eso sucediese, golpeó con su cabeza el firmamento y redujo en pedazos el cielo estrellado.

La diosa Niuka salió del mar, resplandeciente en su armadura de fuego. Hirviendo los colores del arco-iris en un caldero, fue capaz de recolocar las estrellas en su lugar, pero no consiguió encontrar dos pequeños pedacitos y el firmamento quedó incompleto.

Este es el origen del amor: dos almas siempre están recorriendo la Tierra buscando su Otra Parte. Cuando se encuentran, consiguen encajar los dos pedazos que faltan en el cielo y el Universo entero pasa a tener sentido para la pareja.

Mientras el tren transiberiano atraviesa esta larga estepa, pienso constantemente en eso.

*****

Por increí­ble que parezca, mucha gente tiene miedo de la felicidad. Para estas personas estar bien significa mudar una serie de hábitos y perder su propia identidad.

Muchas veces nos juzgamos indignos de las cosas que nos suceden. No aceptamos los milagros, porque aceptándolos nos da la sensación de estar en deuda con Dios, además tenemos miedo de “acostumbrarnos” a la felicidad.

Pensamos: “Es mejor no probar el cáliz de la alegrí­a, porque cuando éste nos falte, iremos a sufrir mucho.”

Por miedo a disminuir, dejamos de crecer. Por miedo a llorar, dejamos de reí­r.

*****

En el tren encuentro a alguien que viene de Marruecos y me cuenta una historia curiosa sobre cómo ciertas tribus del desierto ven el pecado original.

Eva paseaba por los Jardines del Edén cuando la serpiente se aproximó.

“Come esta manzana”, dijo la serpiente.

Eva, muy bien instruida por Dios, se recusó.

“Come esta manzana, insistió la serpiente, necesitas estar más hermosa para tu hombre” .

” No lo necesito, Eva respondió, él no tiene otra mujer más que yo.”

La serpiente se rió: “Claro que tiene”.

Y como Eva no le creyó, la condujo hasta lo alto de una colina donde habí­a un pozo.

“Ella está dentro de esta caverna; Adán la escondió aquí­”.

Eva se agachó y vio reflejada en el agua del pozo, a una linda mujer. Enseguida comió la manzana que la serpiente le ofrecí­a.

Según esta misma tribu de Marruecos, vuelve al Paraí­so todo aquel que se reconoce en el reflejo del pozo y no siente más temor de sí­ mismo.

© Traducción: Marí­a Angélica La Valle de Uranga

Próximo texto: 04.06.06.

P.S: Caro lector,

En este camino que me está llenando el espí­ritu con experiencias interesantí­simas, uno de los momentos más mágicos es cuando, durante la noche, puedo leer sus cometarios en el blog. Mismo que no pueda responder a todos, quiero que sepan que es muy importante para mi saber que no estoy solo en este camino. Muchas gracias por su soporte y por las palabras e ideas que seguirán grabadas en mí­ corazón.

Paulo Coelho