Edición nº 125: En el camino de Santiago, 1986

“Esta nube tiene que acabar,” pensaba yo mientras me afanaba por descubrir las marcas amarillas en las piedras y en los árboles del Camino. Hací­a casi una hora que apenas habí­a visibilidad, y yo seguí­a cantando, para alejar el miedo, mientras esperaba que sucediera algo extraordinario. Envuelto en tinieblas, solo en aquel ambiente irreal, comencé una vez más a ver el Camino de Santiago como si fuese una pelí­cula, en el momento en que se ve al héroe hacer lo que nadie más harí­a, mientras los espectadores piensan que esas cosas sólo pasan en el cine. Pero allí­ estaba yo, viviendo esa situación en la vida real. El bosque se tornaba más y más silencioso, y la oscuridad empezó a clarear. Podí­a ser que estuviera llegando al final, pero aquella luz confundí­a mis ojos y pintaba todo a mi alrededor de colores misteriosos y aterradores.

De repente, como en un espectáculo de magia, la oscuridad se desvaneció por completo. Y frente a mí­, clavada en lo alto de la montaña, estaba la Cruz.

Miré a mi alrededor, vi el mar de nubes del que habí­a salido, y otro mar de nubes muy por encima de mi cabeza. Entre estos dos océanos, los picos de las montañas más altas y la montaña del Cebreiro, con la Cruz. Sentí­ un gran deseo de rezar.

A pesar del deseo, no conseguí­ decir nada. A un centenar de metros más abajo, en una aldea de quince casas y una pequeña iglesia empezaron a encenderse las luces. Por lo menos tení­a donde pasar la noche. Un cordero descarriado subió al monte y se puso entre la cruz y yo. Me miró, un poco asustado. Durante mucho tiempo seguí­ mirando al cielo casi negro, a la cruz, y al cordero blanco a sus pies.

– Señor -dije, finalmente-. Yo no estoy clavado a esta cruz, y tampoco Te veo a Ti en ella. Esta cruz está vací­a y así­ debe permanecer para siempre, porque el tiempo de la Muerte ya pasó. Esta cruz era el sí­mbolo del Poder infinito que todos tenemos, clavado y muerto por el hombre. Ahora este Poder renace para la vida, porque he recorrido el camino de las personas comunes, y en ellas he encontrado Tu propio secreto. También Tú recorriste el camino de las personas comunes. Viniste a enseñarnos de cuánto éramos capaces, y nosotros no quisimos aceptarlo. Nos mostraste que el Poder y la Gloria estaban al alcance de todos, y esta súbita visión de nuestra capacidad fue demasiado para nosotros. Te crucificamos no por ingratitud para con el hijo de Dios, sino porque tení­amos mucho miedo de aceptar nuestra propia capacidad. Con el tiempo y con la tradición, Tú volviste a ser sólo una distante divinidad, y nosotros volvimos a nuestro destino de hombres.

“No hay pecado alguno en ser feliz. Media docena de ejercicios y un oí­do atento bastan para conseguir que un hombre haga realidad sus sueños más inalcanzables.”

El cordero se levantó y yo lo seguí­. Ya sabí­a adónde me llevaba, y a pesar de las nubes, el mundo se habí­a vuelto transparente para mí­. Aunque no pudiese ver la Ví­a Láctea en el cielo, tení­a la certeza de que existí­a y mostraba a todos el Camino de Santiago. Seguí­ al cordero, que caminó en dirección a aquella aldea, llamada también Cebreiro, como el monte. Allí­, en cierta ocasión tuvo lugar un milagro, el milagro de transformar lo que uno hace en algo en lo que uno cree. El Secreto de mi espada y del Extraño Camino de Santiago.

Mientras descendí­a la montaña, recordé la historia. En un dí­a de gran tormenta, un campesino de un pueblo cercano subió al Cebreiro para oí­r misa. Celebraba esta misa un monje casi sin fe, que despreció interiormente el sacrificio del campesino. Pero en el momento de la consagración, la hostia se transformó en la carne de Cristo, y el vino en su sangre. Las reliquias siguen allí­, guardadas en aquella pequeña capilla, un tesoro mayor que toda la riqueza del Vaticano.

Fui a la pequeña capilla, construida por el campesino y por el monje, que habí­a empezado a creer en lo que hací­a. Nadie sabe quiénes eran. Dos lápidas sin nombre en el cementerio de al lado marcan el lugar donde están enterrados sus huesos. Pero es imposible saber cuál es la tumba del monje y cuál la del campesino. Porque, para que sucediera el milagro, era preciso que las dos fuerzas libraran el Buen Combate.

Desde entonces, cada vez que me enfrento a un desafí­o importante, recuerdo la historia del milagro del Cebreiro. A la fe, a veces, hay que provocarla para que se pueda manifestar.

Y este año estoy conmemorando los veinte años de la peregrinación que cambió mi vida. La próxima semana, el dí­a 25 de julio, se celebra el dí­a de Santiago de Compostela. Si pueden, eleven una plegaria por él.