Tercer Capí­tulo

Deidre O’Neill, treinta y siete años, médica, conocida como Edda

Si un hombre que no conocemos de nada nos llama hoy por teléfono, charlamos un poco, no insinúa nada, no dice nada especial, pero aun así­ nos presta una atención que normalmente no recibimos, somos capaces de acostarnos con él esa misma noche relativamente enamoradas. Somos así­, y no hay nada de malo en ello; es propio de la naturaleza femenina abrirse al amor con gran facilidad.

Fue ese amor el que me llevó a encontrarme con la Madre cuando tení­a diecinueve años. Athena también tení­a esa edad cuando entró por primera vez en trance a través del baile. Pero eso era lo único que tení­amos en común: la edad de nuestra iniciación.

En todo lo demás éramos total y profundamente distintas, principalmente en nuestra manera de lidiar con los demás. Como su maestra, siempre di lo mejor de mí­, para que pudiera organizar su búsqueda interna. Como amiga “”aunque no tenga la seguridad de que ese sentimiento fuera correspondido””, intenté alertarla del hecho de que el mundo todaví­a no estaba preparado para las transformaciones que ella querí­a provocar. Recuerdo que perdí­ algunas noches de sueño hasta que tomé la decisión de permitirle actuar con total libertad, siguiendo lo que su corazón le dictaba.

Su gran problema era ser una mujer del siglo XXII, viviendo en el siglo XXI, permitiendo que todos lo viesen. ¿Pagó un precio? Sin duda. Pero habrí­a pagado un precio mucho más alto si hubiera reprimido su exuberancia. Estarí­a amargada, frustrada, siempre preocupada por «lo que pensarán los demás», siempre diciendo «déjame resolver estos asuntos, después me dedico a mi sueño», quejándose constantemente de «las condiciones ideales que no se dan nunca».

Todos buscan un maestro perfecto; lo que pasa es que los maestros son humanos, aunque sus enseñanzas puedan ser divinas, y eso es algo que a la gente le cuesta aceptar. No hay que confundir al profesor con la clase, el ritual con el éxtasis, el transmisor del sí­mbolo con el sí­mbolo mismo. La Tradición está ligada al encuentro con las fuerzas de la vida, y no a las personas que lo transmiten. Pero somos débiles: le pedimos a la Madre que nos enví­e guí­as, pero ella sólo enví­a las señales de la carretera que tenemos que recorrer.

¡Ay de aquellos que buscan pastores, en vez de ansiar la libertad! El encuentro con la energí­a superior está al alcance de cualquiera, pero está lejos de aquellos que transfieren su responsabilidad hacia los demás. Nuestro tiempo en esta tierra es sagrado, y debemos celebrar cada momento.

La importancia de eso ha sido completamente olvidada: incluso los festivos religiosos se han convertido en ocasiones para ir a la playa, al parque, a las estaciones de esquí­. Ya no hay rituales. Ya no podemos convertir las acciones ordinarias en manifestaciones sagradas. Cocinamos quejándonos de la pérdida de tiempo, cuando podrí­amos estar transformando amor en comida. Trabajamos creyendo que es una maldición divina, cuando deberí­amos usar nuestras habilidades para darnos placer, y para propagar la energí­a de la Madre.

Athena sacó a la superficie el riquí­simo mundo que todos llevamos en el alma, sin darse cuenta de que la gente todaví­a no está preparada para aceptar sus poderes.

Nosotras, las mujeres, cuando le buscamos un sentido a nuestra vida, o el camino del conocimiento, siempre nos identificamos con uno de los cuatro arquetipos clásicos.

La Virgen (y no hablo de sexualidad) es aquella cuya búsqueda se da a través de la independencia completa, y todo lo que aprende es fruto de su capacidad para afrontar sola los desafí­os.

La Mártir descubre en el dolor, en la entrega y en el sufrimiento una manera de conocerse a sí­ misma.

La Santa encuentra en el amor sin lí­mites, en la capacidad de dar sin pedir nada a cambio, la verdadera razón de su vida.

Finalmente, la Bruja busca el placer completo e ilimitado, justificando así­ su existencia.
Athena fue las cuatro al mismo tiempo, aunque generalmente debemos escoger sólo una de estas tradiciones femeninas.

Claro que podemos justificar su comportamiento alegando que todos los que entran en estado de trance o de éxtasis pierden el contacto con la realidad. Eso es falso: el mundo fí­sico y el mundo espiritual son lo mismo. Podemos divisar lo Divino en cada mota de polvo, pero eso no nos impide limpiarlo con una esponja mojada. Lo divino no desaparece, sino que se transforma en la superficie limpia.

Athena deberí­a haber tenido más cuidado. Al reflexionar sobre la vida y la muerte de mi discí­pula, descubro que serí­a mejor que cambiase un poco mi manera de actuar.

Próximo Capí­tulo: 03.09.06