Sexto Capí­tulo

Padre Giancarlo Fontana, setenta y dos años

Claro que me quedé muy sorprendido cuando aquella pareja, demasiado joven, vino a la iglesia para que organizásemos la ceremonia. Yo conocí­a poco a Lukás Jessen-Petersen, y aquel mismo dí­a me enteré que su familia, de una oscura nobleza de Dinamarca, se oponí­a frontalmente a la unión. No sólo al matrimonio, sino también a la Iglesia.

Su padre, basándose en argumentos cientí­ficos relativamente incontestables, decí­a que la Biblia, en la que se basaba toda la religión, en realidad no era un libro, sino un conjunto de 66 manuscritos diferentes de los que no se conoce ni el verdadero nombre, ni la identidad del autor; entre el primer y el último libro pasaron casi mil años, y que incluso fue escrito después de que Colón descubrió América. Y que ningún ser vivo en todo el planeta “”desde los monos a los pájaros”” necesita diez mandamientos para saber cómo comportarse. Lo más importante es que sigan las leyes de la naturaleza, y el mundo estará en armoní­a.

Claro que leo la Biblia. Claro que sé algo de su historia. Pero los seres humanos que la escribieron fueron instrumentos del Poder Divino, y Jesús forjó una alianza mucho más fuerte que los diez mandamientos: el amor. Los pájaros, los monos, o cualquier criatura de Dios de la que hablemos, obedecen a sus instintos y siguen sólo aquello que está programado. En el caso del ser humano, las cosas son más complicadas, porque conoce el amor y sus trampas.

Bueno. Ya estoy soltando un sermón cuando en realidad deberí­a estar hablando de mi encuentro con Athena y Lukás. Mientras hablaba con el chico “”y digo hablar, porque no pertenecemos a la misma fe, y por tanto no estoy sometido al secreto de confesión””, supe que, además del anticlericalismo que reinaba en su casa, habí­a un gran recelo por el hecho de que Athena fuera extranjera. Quise pedirle que recordase por lo menos una cita de la Biblia, que no contiene ninguna alusión a la fe, sino un consejo:

No abominarás al idumeo, porque es tu hermano; tampoco al egipcio tendrás por abominable, porque extranjero fuiste en su tierra.

Perdón. Otra vez empiezo a citar la Biblia, pero prometo que me voy a controlar a partir de ahora. Después de la conversación con el chico, pasé por lo menos dos horas con Sherine, o Athena, como ella preferí­a que la llamasen.

Athena siempre me intrigó. Desde que empezó a frecuentar la iglesia, me parecí­a que tení­a un proyecto muy claro en mente: convertirse en santa. Me dijo que, aunque su novio no lo supiese, poco antes de que estallase la guerra civil en Beirut habí­a tenido una experiencia muy parecida a la de santa Teresa de Lisieux: habí­a visto sangre en las calles. Podemos atribuirle todo eso a un trauma de la infancia y la adolescencia, pero el hecho es que tal experiencia, conocida como «la posesión creativa por lo sagrado», les sucede a todos los seres humanos, en mayor o menor medida. De repente, por una fracción de segundo, sentimos que toda nuestra vida está justificada, nuestros pecados son perdonados, el amor siempre es más fuerte, y nos puede transformar definitivamente.

Pero también es en ese momento en el que tenemos miedo. Entregarse por completo al amor, ya sea divino o humano, significa renunciar a todo, incluso al propio bienestar, o a la propia capacidad de tomar decisiones. Significa amar en el sentido más profundo de la palabra. En realidad, no queremos ser salvados de la manera que Dios escogió para rescatarnos: queremos mantener el control absoluto de todos nuestros pasos, ser plenamente conscientes de nuestras decisiones, ser capaces de escoger el objeto de nuestra devoción.

Con el amor no es así­: llega, se instala, y pasa a controlarlo todo. Sólo algunas almas muy fuertes se dejan llevar, y Athena era un alma fuerte.

Tan fuerte que se pasaba horas en profunda contemplación. Tení­a un don especial para la música; decí­an que bailaba muy bien, pero como la iglesia no es un lugar apropiado para eso, solí­a traer su guitarra todas las mañanas, y quedarse un rato cantándole a la Virgen, antes de ir a la universidad.

Todaví­a me acuerdo de cuando la oí­ por primera vez. Ya habí­a celebrado la misa matinal para los pocos feligreses dispuestos a despertarse temprano en invierno, cuando recordé que me habí­a olvidado de recoger el dinero depositado en la caja de limosnas. Volví­, y oí­ una música que me hizo verlo todo de manera diferente, como si el ambiente hubiese sido tocado por la mano de un ángel. En un rincón, en una especie de trance, una joven de aproximadamente veinte años de edad, tocaba con su guitarra algunos himnos de alabanza, con los ojos fijos en la imagen de la Inmaculada Concepción.

Me acerqué a la caja de limosnas. Ella notó mi presencia e interrumpió lo que hací­a, pero yo asentí­ con la cabeza, animándola a seguir. Después me senté en un banco, cerré los ojos y me quedé escuchando.

En ese momento, la sensación del Paraí­so, «la posesión creativa por lo sagrado», pareció descender de los cielos. Como si entendiese lo que estaba pasando en mi corazón, ella empezó a combinar el canto con el silencio. En los momentos en los que ella paraba de tocar, yo rezaba una oración. Luego, volví­a a sonar la música.

Fui consciente de que estaba viviendo un momento inolvidable de mi vida; esos momentos que no entendemos hasta que se han ido. Estaba allí­ í­ntegramente, sin pasado, sin futuro, sólo viviendo aquella mañana, aquella música, aquella dulzura, la oración inesperada. Entré en una especie de adoración, de éxtasis, de gratitud por estar en este mundo, contento por haber seguido mi vocación a pesar de los enfrentamientos con mi familia. En la simplicidad de aquella pequeña capilla, en la voz de la chica, en la luz de la mañana que todo lo inundaba, entendí­ una vez más que la grandeza de Dios se muestra a través de las cosas más simples.

Después de muchas lágrimas y de lo que me pareció una eternidad, ella paró. Me giré, descubrí­ que era una de mis feligresas. Desde entonces nos hicimos amigos, y siempre que podí­amos participábamos de esta adoración a través de la música.

Pero la idea del matrimonio me sorprendió muchí­simo. Como nos tratábamos con confianza, quise saber cómo esperaba que la recibiese la familia de su marido.

“”Mal. Muy mal.

Con mucha delicadeza, le pregunté si se veí­a forzada a casarse por alguna razón.

“”Soy virgen. No estoy embarazada.

Quise saber si ya se lo habí­a comunicado a su propia familia y me dijo que sí­: la reacción fue terrible, acompañada por las lágrimas de su madre y por las amenazas de su padre.

“”Cuando vengo aquí­ a alabar a la Virgen con mi música, no pienso en lo que van a decir los demás; simplemente comparto con ella mis sentimientos. Y desde que tengo uso de razón, siempre ha sido así­; soy un vaso en el que la Energí­a Divina puede manifestarse. Y esta energí­a ahora me pide que tenga un hijo, para poder darle aquello que mi madre biológica jamás me dio: protección y seguridad.

«Nadie está seguro en esta tierra», respondí­. Todaví­a tení­a un largo futuro por delante, habí­a mucho tiempo para que el milagro de la creación se manifestase. Pero Athena estaba decidida:

“”Santa Teresa no se rebeló contra la enfermedad que tuvo; todo lo contrario, vio en ello un signo de Gloria. Santa Teresa era mucho más joven que yo, tení­a quince años, cuando decidió entrar en un convento. Se lo prohibieron y no lo aceptó, decidió ir a hablar directamente con el Papa. ¿Se imagina lo que es eso? ¡Hablar con el Papa! Y logró su objetivo.

«Esta misma Gloria, que me está pidiendo algo mucho más fácil y mucho más generoso que una enfermedad: que sea madre. Si espero mucho, no podré ser compañera de mi hijo, la diferencia de edad será grande, y ya no tendremos los mismos intereses en común.

No serí­a la única, insistí­.

Pero Athena siguió, como si no me escuchase:

“”Sólo soy feliz cuando pienso que Dios existe y me escucha; eso no basta para seguir viviendo, y nada parece tener sentido. Intento mostrar una alegrí­a que no siento, escondo mi tristeza para que no se inquieten los que tanto me aman y se preocupan por mí­. Pero recientemente he considerado la posibilidad del suicidio. Por la noche, antes de dormir, tengo largas conversaciones conmigo misma, y pido que se me vaya esta idea de la cabeza: serí­a una ingratitud hacia todos, una fuga, una manera de expandir tragedia y miseria por la tierra. Por la mañana vengo aquí­ a hablar con la santa, a pedirle que me libere de los demonios con los que hablo por la noche. Me ha dado resultado hasta ahora, pero empiezo a flaquear. Sé que tengo una misión que he rechazado durante mucho tiempo, y ahora debo aceptarla.

«Esa misión es ser madre. Tengo que cumplirla, o me voy a volver loca. Si no puedo ver la vida creciendo dentro de mí­, no podré volver a aceptar la vida que está fuera.

Próximo texto: 18.09.06