Séptimo Capí­tulo

Lukás Jessen-Petersen, ex marido

Cuando Viorel nació yo acababa de cumplir veintidós años. Ya no era el estudiante que acababa de casarse con una ex compañera de facultad, sino un hombre responsable del sustento de su familia, con un enorme peso sobre mis hombros.

Mis padres, por supuesto, que ni siquiera asistieron a la boda, condicionaron cualquier ayuda económica a la separación y a la custodia del niño (mejor dicho, fue mi padre el que lo comentó, porque mi madre solí­a llamarme llorando, diciéndome que yo estaba loco, pero que le gustarí­a muchí­simo coger a su nieto en brazos). Yo esperaba que a medida que entendiesen mi amor por Athena y mi decisión de seguir con ella, esa resistencia desaparecerí­a.

Pero no desaparecí­a. Y ahora tení­a que alimentar a mi mujer y a mi hijo. Cancelé la matrí­cula en la Facultad de Ingenierí­a. Recibí­ una llamada de mi padre, con amenazas y cariño: decí­a que, si seguí­a así­, iba a acabar desheredándome, pero que si volví­a a la universidad, considerarí­a ayudarme «provisionalmente», según sus palabras. Yo lo rechacé; el romanticismo de la juventud exige que tengamos siempre posiciones radicales. Le dije que podí­a resolver mis problemas yo solito. Hasta el dí­a en que Viorel nació, Athena empezaba a dejarse a que yo la entendiese mejor. Sin embargo, eso no habí­a ocurrido a través de nuestra relación sexual “”muy tí­mida, debo confesar””, sino a través de la música.

La música es tan antigua como los seres humanos, me explicaron después. Nuestros ancestros, que viajaban de caverna en caverna, no podí­an llevar muchas cosas, pero la arqueologí­a moderna demuestra que, además de lo poco que necesitaban para comer, en su equipaje siempre habí­a un instrumento musical, generalmente un tambor. La música no es simplemente algo que nos agrada, o que nos distrae, sino que además de eso, es una ideologí­a. Se conoce a la gente por el tipo de música que escucha.

Viendo a Athena bailar mientras estaba embarazada, oyéndola tocar su guitarra para que el bebé se tranquilizase y entendiese que era amado, empecé a dejar que su manera de ver el mundo también contagiase mi vida. Cuando Viorel nació, lo primero que hicimos al llegar a casa fue escuchar un adagio de Albinoni. Cuando discutí­amos, era la fuerza de la música “”aunque no logre establecer una relación lógica entre una cosa y la otra, excepto pensar en los hippies”” la que nos ayudaba a afrontar los momentos difí­ciles.

Pero todo ese romanticismo no nos ayudaba a ganar dinero. Como yo no tocaba ningún instrumento, y ni siquiera podí­a ofrecerme para distraer a los clientes en un bar, sólo pude conseguir un trabajo de aprendiz en un estudio de arquitectura, haciendo cálculos estructurales. Pagaban muy poco la hora, así­ que salí­a de casa temprano y volví­a tarde. Casi no podí­a ver a mi hijo “”que estaba siempre durmiendo””, y casi no podí­a ni hablar ni hacer el amor con mi mujer, que estaba exhausta. Todas las noches, yo me preguntaba: ¿Cuándo mejorará nuestra situación económica y tendremos la dignidad que merecemos? Aunque esté de acuerdo con Athena cuando habla de la inutilidad de un tí­tulo en la mayorí­a de los casos, en ingenierí­a (y derecho, y medicina, por ejemplo) es fundamental tener una serie de conocimientos técnicos, o estarí­amos poniendo en peligro la vida de los demás. Pero yo me habí­a visto obligado a interrumpir la búsqueda de una profesión que habí­a escogido, un sueño que era muy importante para mí­.

Empezaron las peleas. Athena se quejaba de que yo le prestaba poca atención al niño, que necesitaba un padre, que si sólo habí­a sido para tener un hijo, ella podrí­a haberlo hecho sola, sin necesidad de crearme tantos problemas. Más de una vez pegué un portazo y salí­ a caminar, gritando que ella no me entendí­a, que yo tampoco entendí­a cómo habí­a aceptado esa «locura» de tener un hijo a los veinte años, antes de haber sido capaces, al menos, de tener unas mí­nimas condiciones económicas. Poco a poco, dejamos de hacer el amor, ya fuese por cansancio, o porque siempre estábamos enfadados el uno con el otro.

Empecé a caer en la depresión, creyendo que habí­a sido utilizado y manipulado por la mujer que amaba. Athena se dio cuenta de mi estado de ánimo cada vez más extraño, y en vez de ayudarme, decidió concentrar su energí­a sólo en Viorel y en la música. Mi escape pasó a ser el trabajo. De vez en cuando hablaba con mis padres, y siempre oí­a aquella historia de que «ella tuvo un hijo para tenerte cogido».

Por otro lado, su religiosidad iba aumentando cada vez más. Pronto quiso el bautizo, con un nombre que ella misma habí­a decidido: Viorel, de origen rumano. Creo que, salvo unos pocos inmigrantes, nadie en Inglaterra se llama Viorel, pero me pareció creativo, y de nuevo pensé que estaba haciendo una conexión con un pasado que ni siquiera habí­a llegado a vivir: sus dí­as en el orfanato de Sibiu.

Yo intentaba adaptarme a todo, pero sentí­a que estaba perdiendo a Athena por culpa del niño. Nuestras peleas se hicieron más frecuentes, ella empezó a amenazarme con irse de casa, porque creí­a que Viorel estaba recibiendo las «energí­as negativas» de nuestras discusiones. Una noche, después de una amenaza más, el que se marchó de casa fui yo, creyendo que iba a volver en cuanto me calmase un poco.

Empecé a caminar sin rumbo por Londres, blasfemando contra la vida que habí­a escogido, el hijo que habí­a aceptado, la mujer que ya parecí­a no sentir el más mí­nimo interés por mí­. Entré en el primer bar, cerca de una estación de metro, y me tomé cuatro whiskys. Cuando el bar cerró, a las once, fui a una tienda de esas que están abiertas por la noche, compré más whisky, me senté en un banco de la plaza y seguí­ bebiendo. Se me acercaron un grupo de jóvenes y me pidieron que compartiese la botella con ellos, yo me negué y me pegaron. Apareció la policí­a y acabamos todos en comisarí­a.

Me soltaron después de prestar declaración. Evidentemente, no acusé a nadie; dije que habí­a sido una discusión sin importancia, o tendrí­a que pasar algunos meses de mi vida teniendo que comparecer ante tribunales, como ví­ctima de agresión. Cuando me disponí­a a salir, mi estado de embriaguez era tal que me caí­ encima de la mesa de un inspector de policí­a. Se enfadó, pero en vez de arrestarme por desacato a la autoridad, me echó hacia afuera de la comisarí­a.

Y allí­ estaba uno de mis agresores, que me agradeció no haber llevado el caso adelante. Me dijo que estaba muy sucio de barro y de sangre, y me sugirió que me pusiera otra ropa antes de volver a casa. En vez de seguir mi camino, le pedí­ que me hiciese un favor: que me escuchase, porque tení­a una necesidad inmensa de hablar. Durante una hora escuchó en silencio mis quejas.

En realidad, yo no estaba hablando con él, sino conmigo mismo, un chico con toda la vida por delante, una carrera que podrí­a ser brillante, una familia que tení­a contactos suficientes para abrir fácilmente muchas puertas, pero que ahora parecí­a uno de los mendigos de Hampstead (N. R.: Barrio de Londres), borracho, cansado, deprimido, sin dinero. Todo por culpa de una mujer que ni siquiera me prestaba atención.

Al final de mi historia, ya divisaba mejor la situación en la que me encontraba: una vida que yo habí­a escogido, creyendo que el amor puede salvarlo todo. Y no es verdad: a veces acaba llevándonos al abismo, con el agravante de que generalmente arrastramos con nosotros a las personas queridas. En este caso, yo estaba a punto de destruir no sólo mi existencia, sino también la de Athena y a Viorel.

En aquel momento, me repetí­ una vez más a mí­ mismo que yo era un hombre, y no el niño que habí­a nacido en una cuna de oro, y debí­a afrontar con dignidad todos los desafí­os que se me presentaran. Me fui a casa, Athena ya estaba durmiendo con el bebé en brazos. Me di un baño, salí­ otra vez para tirar la ropa a la papelera de la calle, y me acosté, extrañamente sobrio.

Al dí­a siguiente, le dije que querí­a el divorcio. Ella preguntó por qué.

“”Porque te amo. Amo a Viorel. Y todo lo que he hecho es culparos a vosotros dos por haber abandonado mi sueño de ser ingeniero. Si hubiésemos esperado un poco, las cosas habrí­an sido diferentes, pero tú sólo pensaste en tus planes; olvidaste incluirme en ellos.

Athena no reaccionó, como si se lo esperase, o como si, inconscientemente, estuviese provocando esa actitud.

Mi corazón sangraba, porque esperaba que me pidiese por favor que me quedase. Pero ella parecí­a tranquila, resignada, preocupada únicamente por evitar que el bebé oyese nuestra conversación. Fue en ese momento en el que tuve la seguridad de que nunca me habí­a amado, yo no habí­a sido más que un instrumento para la realización de esa locura de sueño de tener un hijo a los diecinueve años.

Le dije que podí­a quedarse con la casa y los muebles, pero los rechazó: se iba a casa de su madre por algún tiempo, buscarí­a un empleo y alquilarí­a su propio apartamento. Me preguntó si podí­a ayudarla económicamente con Viorel. Yo asentí­ al momento. Me levanté, le di un largo y último beso, volví­ a insistir en que se quedase allí­, ella volvió a decir que se iba a casa de su madre en cuanto recogiese todas sus cosas. Me hospedé en un hotel barato y me quedé esperando todas las noches a que ella me llamase para pedirme que volviera, recomenzar una nueva vida; incluso estaba dispuesto a seguir con la misma vida si era necesario, ya que el hecho de apartarme de ellos me habí­a hecho darme cuenta de que no habí­a nadie ni nada más importante en el mundo que mi mujer y mi hijo.

Una semana después, finalmente recibí­ su llamada. Pero todo lo que me dijo fue que ya habí­a recogido sus cosas y que no pensaba volver. Otras dos semanas más tarde, supe que habí­a alquilado una pequeña buhardilla en Basset Road, donde tení­a que subir todos los dí­as tres pisos de escaleras con el niño en brazos. Pasaron otros dos meses y acabamos firmando los papeles.

Mi verdadera familia se iba para siempre. Y la familia en la que nací­ me recibí­a con los brazos abiertos.

Después de nuestra separación y del inmenso sufrimiento que la siguió, me pregunté si realmente no habí­a sido una decisión equivocada, inconsecuente, propia de personas que han leí­do muchas historias de amor en la adolescencia, y que querí­an repetir a toda costa el mito de Romeo y Julieta. Cuando el dolor se calmó “”y sólo hay un remedio para eso, el paso del tiempo””, entendí­ que la vida me habí­a permitido conocer a la única mujer que serí­a capaz de amar en toda mi vida. Cada segundo pasado a su lado habí­a valido la pena; a pesar de todo lo que habí­a sucedido, volverí­a a repetir cada paso que habí­a dado.

Pero el tiempo, además de curar las heridas, me enseñó algo curioso: es posible amar a más de una persona en la vida. Me casé otra vez, soy feliz al lado de mi nueva mujer, y no puedo imaginar cómo serí­a vivir sin ella. Eso, sin embargo, no me obliga a renunciar a todo lo que viví­, siempre que tenga el cuidado de no intentar comparar ambas experiencias; no se puede medir el amor igual que medimos una carretera o la altura de un edificio.

Quedó algo muy importante de mi relación con Athena: un hijo, su gran sueño, que me fue comunicado abiertamente antes de decidirnos a casarnos. Tengo otro hijo con mi segunda mujer, ahora estoy bien preparado para los altibajos de la paternidad, no como hace doce años.

Una vez, en una de las ocasiones que la vi al ir a buscar a Viorel para pasar el fin de semana conmigo, decidí­ tocar el tema: le pregunté por qué se habí­a mostrado tan tranquila cuando supo que yo querí­a separarme.

“”Porque he aprendido a sufrir en silencio toda mi vida “”respondió.

Entonces me abrazó y lloró todas las lágrimas que le gustarí­a haber derramado aquel dí­a.

Próximo texto: 23.09.06