Nono Capí­tulo

Pavel Podbieslki, cincuenta y siete años, propietario del apartamento

Athena y yo tení­amos una cosa en común: ambos éramos exiliados de guerras, llegamos a Inglaterra siendo niños, aunque mi fuga de Polonia fue hace más de cincuenta años. Nosotros dos sabí­amos que, aunque siempre hay un cambio geográfico, las tradiciones permanecen en el exilio: las comunidades vuelven a reunirse, la lengua y la religión siguen vivas, las personas tienden a protegerse unas a otras en un ambiente que será para siempre ajeno.

De la misma manera que las tradiciones permanecen, el deseo de volver se va consumiendo. Necesita permanecer vivo en nuestros corazones, una esperanza con la que nos gusta engañarnos, pero que nunca será llevada a la práctica; yo no voy a volver a vivir a Czestochowa, ella y su familia jamás regresarí­an a Beirut.

Fue este tipo de solidaridad la que me hizo alquilarle el tercer piso de mi casa de Basset Road, en caso contrario, habrí­a preferido inquilinos sin niños. Ya habí­a cometido ese error antes, y siempre pasaba lo mismo: por un lado, yo me quejaba del ruido que ellos hací­an durante el dí­a, y por otro, ellos se quejaban del ruido que yo hací­a por las noches. Ambos problemas radicaban en elementos sagrados “”el llanto y la música””, pero, como pertenecí­an a dos mundos completamente diferentes, era difí­cil que uno tolerase al otro.

Le avisé, pero no me escuchó, y me dijo que estuviese tranquilo por su hijo: pasaba el dí­a entero en casa de su abuela. Y el apartamento tení­a la ventaja de que estaba cerca de su trabajo, un banco de los alrededores.

A pesar de mis advertencias, a pesar de haberme resistido con fuerza al principio, ocho dí­as después sonó el timbre de mi puerta. Era ella, con el niño en brazos:

“”Mi hijo no puede dormir. Aunque sólo sea hoy, ¿podrí­a bajar la música…?

Todos en la sala la miraron.

“”¿Qué es eso?

El niño que tení­a en brazos dejó inmediatamente de llorar, como si estuviese tan sorprendido como su madre al ver a aquel grupo de gente, que de pronto habí­a parado de bailar.

Pulsé el botón de pausa del radiocasete, le indiqué que entrase con un gesto de la mano y volví­ a poner el aparato en marcha, para no perturbar el ritual. Athena se sentó en un rincón de la sala, meciendo a su hijo en sus brazos, viendo que se dormí­a con facilidad a pesar del ruido del tambor y de los metales.

Asistió a toda la ceremonia, se marchó a la vez que los demás invitados y “”como yo ya me imaginaba”” tocó el timbre de mi casa a la mañana siguiente, antes de irse a trabajar.

“”No tienes que explicarme lo que vi: gente bailando con los ojos cerrados, sé lo que eso significa, porque muchas veces hago lo mismo; son los únicos momentos de paz y de serenidad de mi vida. Antes de ser madre, frecuentaba las discotecas con mi marido y mis amigos; allí­ también veí­a a gente en la pista de baile con los ojos cerrados, algunos sólo para impresionar a los demás, otros como si fuesen movidos por una fuerza superior, más poderosa. Y desde que tengo uso de razón, utilizo la danza para conectarme con algo más fuerte, más poderoso que yo. Pero me gustarí­a saber qué música es ésa.

“”¿Qué haces este domingo?

“”Nada especial. Pasear con Viorel por Regent’s Park, respirar un poco de aire puro. Ya tendré tiempo para mis propios planes: en este momento de mi vida, he escogido seguir los planes de mi hijo.

“”Pues voy contigo.

Los dos dí­as anteriores a nuestro paseo, Athena asistió al ritual. El niño se dormí­a tras unos minutos, y ella sólo miraba, sin decir nada, el movimiento a su alrededor. Aunque permanecí­a inmóvil en el sofá, estaba seguro de que su alma estaba bailando.

La tarde del domingo, mientras paseábamos por el parque, le pedí­ que prestase atención a todo lo que veí­a y oí­a: las hojas que se moví­an con el viento, las ondas del agua del lago, los pájaros cantando, los perros ladrando, los gritos de los niños que corrí­an de un lado a otro, como si obedeciesen alguna estrategia lógica, incomprensible para los adultos.

“”Todo se mueve. Y todo se mueve con un ritmo. Y todo lo que se mueve con un ritmo provoca un sonido; eso pasa aquí­ y en cualquier lugar del mundo en este momento. Nuestros ancestros también lo sintieron, cuando intentaban huir del frí­o de las cavernas: las cosas se moví­an y hací­an ruido.

“Tal vez los primeros humanos sintieron espanto, y después devoción: entendieron que ésa era la manera en que un Ente Superior se comunicaba con ellos. Empezaron a imitar los ruidos y los movimientos de su alrededor, con la esperanza de comunicarse también con ese Ente: la danza y la música acababan de nacer. Hace unos dí­as me dijiste que, bailando, consigues comunicarte con algo más poderoso que tú.”

“”Cuando bailo, soy una mujer libre. Mejor dicho, soy un espí­ritu libre, que puede viajar por el universo, mirar el presente, adivinar el futuro, transformarse en energí­a pura. Y eso me proporciona un inmenso placer, una alegrí­a que está mucho más allá de las experiencias que he vivido, y que viviré a lo largo de mi existencia.

“En una época de mi vida, estaba determinada a convertirme en santa, alabando a Dios a través de la música y del movimiento de mi cuerpo. Pero ese camino está definitivamente cerrado.”

“”¿Qué camino está cerrado?

Acomodó al niño en el carrito. Vi que no querí­a responder a la pregunta, insistí­: cuando las bocas se cierran, es porque algo importante va a ser dicho.

Sin mostrar emoción alguna, como si tuviese que aguantar siempre en silencio las cosas que la vida le imponí­a, me contó el episodio de la iglesia, cuando el cura “”tal vez su único amigo”” le habí­a impedido tomar la comunión. Y la maldición que habí­a lanzado en aquel momento; habí­a abandonado para siempre la Iglesia católica.

“”Santo es aquel que dignifica su vida “”le expliqué””. Basta con entender que todos estamos aquí­ por una razón, y basta con comprometerse con ella. Así­, podemos reí­rnos de nuestros grandes o pequeños sufrimientos, y caminar sin miedo, conscientes de que cada paso tiene un sentido. Podemos dejarnos guiar por la luz que emana del Vértice.

“”¿Qué es el Vértice? En matemáticas, es el punto más alto de un triángulo.

“”En la vida también es el punto culminante, la meta de aquellos que se equivocan como todo el mundo, pero que, incluso en sus momentos más difí­ciles, no pierden de vista una luz que emana de su corazón. Eso es lo que intentamos hacer en nuestro grupo. El Vértice está escondido dentro de nosotros, y podemos llegar hasta él si nos aceptamos y reconocemos su luz.

Le expliqué que el baile que habí­a visto los dí­as anteriores, realizado por personas de todas las edades (en ese momento éramos un grupo de diez personas, entre los diecinueve y los sesenta y cinco años), habí­a sido bautizado por mí­ como «la búsqueda del Vértice». Athena me preguntó dónde habí­a descubierto eso.

Le conté que, después de la segunda guerra mundial, parte de mi familia habí­a conseguido escapar del régimen comunista que se estaba instalando en Polonia, y decidió trasladarse a Inglaterra. Habí­an oí­do decir que las cosas que tení­an que traer eran objetos de arte y libros antiguos, muy valorados en esta parte del mundo.

De hecho, los cuadros y las esculturas se vendieron en seguida, pero los libros se quedaron en un rincón, llenándose de polvo. Como mi madre querí­a obligarme a leer y a hablar polaco, fueron útiles para mi educación. Un bonito dí­a, dentro de una edición del siglo XIX de Thomas Malthus, descubrí­ dos hojas de anotaciones de mi abuelo, muerto en un campo de concentración. Empecé a leerlas, creyendo que se tratarí­a de referencias sobre la herencia, o cartas apasionadas a alguna amante secreta, ya que corrí­a la leyenda de que un dí­a se habí­a enamorado de alguien en Rusia.

De hecho, habí­a una cierta relación entre la leyenda y la realidad. Era un relato de su viaje a Siberia durante la revolución comunista; allí­, en la remota aldea de Diedov, se enamoró de una actriz (N. R.: Fue imposible localizar el mapa de esa aldea; o cambiaron el nombre o el sitio desapareció después de las inmigraciones forzadas de Stalin). Según mi abuelo, ella formaba parte de una especie de secta que cree que en determinado tipo de danza está el remedio para todos los males, ya que permite el contacto con la luz del Vértice.

Temí­an que toda aquella tradición pudiese desaparecer; los habitantes iban a ser evacuados en breve a otro lugar, y el sitio se iba a utilizar para hacer pruebas nucleares.

Tanto la actriz como sus amigos le pidieron que escribiese todo lo que le habí­an enseñado. Él lo hizo, pero no debió de darle demasiada importancia al asunto, olvidó sus anotaciones dentro de un libro que llevaba, hasta que un dí­a yo las descubrí­.

Athena me interrumpió:

“”Pero no se puede escribir sobre el baile. Hay que bailar.

“”Exacto. En el fondo, las anotaciones no decí­an más que eso: bailar hasta el agotamiento, como si fuésemos alpinistas subiendo esta colina, esta montaña sagrada. Bailar hasta que, debido a la respiración asfixiante, nuestro organismo pueda recibir oxí­geno de una manera a la que no está acostumbrado, y eso hace que acabemos perdiendo nuestra identidad, la relación con el espacio y el tiempo. Simplemente bailar al son de la percusión, repetir el proceso todos los dí­as, entender que en un determinado momento los ojos se cierran naturalmente, y que vemos una luz que viene de dentro de nosotros, que responde a nuestras preguntas, que desarrolla nuestros poderes escondidos.

“”¿Y ya has desarrollado algún poder?

En vez de responder, le sugerí­ que se uniese a nuestro grupo, ya que el niño parecí­a estar cómodo, incluso cuando el sonido de los platos y de los instrumentos era muy alto. Al dí­a siguiente, a la hora de empezar la sesión, ella estaba allí­. Se la presenté a mis compañeros, contándoles sólo que se trataba de la vecina del apartamento de arriba; nadie dijo nada sobre su vida, ni preguntaron qué hací­a. Al llegar la hora señalada, puse la música y empezamos a bailar.

Ella inició sus pasos con el niño en brazos, pero en seguida se quedó dormido y Athena lo puso sobre el sofá. Antes de cerrar los ojos y entrar en trance, vi que ella habí­a entendido exactamente el camino del Vértice.

Todos los dí­as, excepto los domingos, vení­a con el niño. Solamente intercambiábamos unos saludos, yo poní­a la música que un amigo me habí­a conseguido en la estepa rusa, y todos comenzábamos a bailar hasta quedar exhaustos. Después de un mes, ella me pidió una copia de la cinta.

“”Me gustarí­a hacer esto por la mañana, antes de dejar a Viorel en casa de mamá para ir al trabajo.

Yo no querí­a:

“”En primer lugar, pienso que un grupo que está conectado con la misma energí­a crea una especie de aura que facilita el trance de todo el mundo. Además, hacer esto antes de ir a trabajar es prepararse para que te despidan, ya que luego estarás todo el dí­a cansada.
Athena lo pensó un poco, pero en seguida reaccionó:

“”Tienes razón en eso de la energí­a colectiva. En tu grupo hay cuatro parejas y tu mujer. Todos, absolutamente todos, han encontrado el amor. Por eso pueden compartir una vibración positiva conmigo.

“Pero yo estoy sola. Mejor dicho, estoy con mi hijo, pero su amor todaví­a no se puede manifestar de manera que podamos entenderlo. Así­ que prefiero aceptar mi soledad: si intento huir de ella en este momento, jamás volveré a encontrar pareja. Si la acepto, en vez de luchar contra ella, tal vez las cosas cambien. Me he dado cuenta de que la soledad es más fuerte cuando intentamos enfrentarnos a ella, pero se muestra débil cuando simplemente la ignoramos.”

“”¿Te uniste a nuestro grupo en busca de amor?

“”Creo que ése serí­a un buen motivo, pero la respuesta es no. Vine en busca de un sentido para mi vida, cuya única razón es mi hijo, y por eso temo que acabe destruyendo a Viorel, ya sea por una protección exagerada o porque acabe proyectando en él los sueños que no he podido realizar. Uno de estos dí­as, mientras bailaba, sentí­ que me habí­a curado. Si tuviera algo fí­sico, sé que podrí­amos llamarlo milagro; pero era algo espiritual, que me molestaba, y que de repente desapareció.

Yo sabí­a a qué se referí­a.

“”Nadie me enseñó a bailar al son de esta música “”continuó Athena””. Pero presiento que sé lo que hago.

“”No hay que aprender. Recuerda nuestro paseo por el parque, y lo que vimos: la naturaleza creando el ritmo y adaptándose a cada momento.

“”Nadie me enseñó a amar. Pero ya he amado a Dios, a mi marido, amo a mi hijo y a mi familia. Y aun así­, me falta algo. Aunque me canso mientras bailo, cuando acabo parece que estoy en estado de gracia, en un éxtasis profundo. Quiero que ese éxtasis se prolongue a lo largo del dí­a. Y que me ayude a encontrar lo que me falta: el amor de un hombre.

“Puedo ver el corazón de ese hombre mientras bailo, aunque no consiga ver su rostro. Siento que él está cerca, y para eso tengo que estar atenta. Necesito bailar por la mañana, para poder pasar el resto del dí­a prestando atención a todo lo que ocurre a mi alrededor.”

“”¿Sabes qué quiere decir la palabra «éxtasis»? Viene del griego, y significa salir de uno mismo. Pasar todo el dí­a fuera de uno mismo es pedirle demasiado al cuerpo y al alma.

“”Lo intentaré.

Me di cuenta de que no merecí­a la pena discutir y le hice una copia de la cinta. A partir de entonces, me despertaba todos los dí­as con aquel sonido en el piso de arriba, podí­a oí­r sus pasos, y me preguntaba cómo era capaz de afrontar su trabajo en un banco después de casi una hora de trance. En uno de nuestros encuentros casuales en el pasillo, le sugerí­ que viniese a tomar café. Athena me contó que habí­a hecho otras copias de la cinta, y que ahora en su trabajo mucha gente estaba buscando el Vértice.

“”¿Hay algún problema? ¿Es algo secreto?

Claro que no; al contrario, me estaba ayudando a preservar una tradición casi perdida. En las anotaciones de mi abuelo, una de las mujeres decí­a que un monje que habí­a ido de visita a la región afirmó que todos nuestros antepasados y todas las generaciones futuras están presentes en nosotros. Cuando nos liberamos, estamos haciendo lo mismo con la humanidad.

“”Entonces, las mujeres y los hombres de aquella aldeí­ta de Siberia deben de estar presentes, y contentos. Su trabajo está renaciendo en este mundo, gracias a tu abuelo. Pero tengo una curiosidad: ¿por qué decidiste bailar, después de leer el texto? Si hubieras leí­do algo sobre deporte, ¿habrí­as decidido ser jugador de fútbol?

Era una pregunta que nadie se habí­a atrevido a hacerme.

“”Porque estaba enfermo en esa época. Tení­a una especie de artritis rara, y los médicos me decí­an que debí­a prepararme para estar en una silla de ruedas a los treinta y cinco años. Me di cuenta de que no me quedaba mucho tiempo, y decidí­ dedicarme a todo lo que no iba a poder hacer más adelante. Mi abuelo habí­a escrito, en aquel trozo de papel, que los habitantes de Diedov creí­an en los poderes curativos del trance.

“”Por lo visto, tení­an razón.

Yo no respondí­ nada, pero no estaba tan seguro. Tal vez los médicos se hubieran equivocado. Tal vez el hecho de haber emigrado con mi familia, sin poder permitirme el lujo de poder estar enfermo, influyera con tal fuerza en mi inconsciente que provocó una reacción natural del organismo. O tal vez fuese un milagro de verdad, lo cual estarí­a absolutamente en contra de lo que reza mi fe católica: los bailes no curan.

Recuerdo que, en mi adolescencia, como no tení­a la música que creí­a adecuada, solí­a ponerme una capucha negra en la cabeza e imaginar que la realidad de mi entorno dejaba de existir: mi espí­ritu viajaba a Diedov, con aquellas mujeres y hombres, con mi abuelo y su actriz tan amada. En el silencio de la habitación yo les pedí­a que me enseñasen a bailar, a ir más allá de mis lí­mites, porque al cabo de poco tiempo estarí­a paralizado para siempre. Cuanto más se moví­a mi cuerpo, más luz salí­a de mi corazón, y más aprendí­a, tal vez conmigo mismo, tal vez con los fantasmas del pasado. Incluso llegué a imaginar la música que escuchaban en sus rituales, y cuando un amigo visitó Siberia, le pedí­ que me trajera algunos discos; para mi sorpresa, uno de ellos se parecí­a mucho a lo que yo creí­a que era el baile de Diedov.

Mejor no decirle nada a Athena; era una persona fácilmente influenciable, y su temperamento me parecí­a inestable.

“”Tal vez estés haciendo lo correcto “”fue mi único comentario.

Volvimos a hablar una vez más, poco antes de su viaje a Oriente Medio. Parecí­a contenta, como si hubiese encontrado todo lo que deseaba: el amor.

“”La gente de mi trabajo ha creado un grupo, y se llaman a sí­ mismos «los peregrinos del Vértice». Todo gracias a tu abuelo.

“”Gracias a ti, que has sentido la necesidad de compartirlo con los demás. Sé que te vas, y quiero agradecerte que le hayas dado otra dimensión a lo que yo he hecho durante años, intentando difundir esta luz entre algunos pocos interesados, pero siempre de manera tí­mida, siempre pensando que la gente pensarí­a que todo esto era ridí­culo.

“”¿Sabes lo que he descubierto? Que aunque el éxtasis es la capacidad de salir de uno mismo, el baile es una manera de subir al espacio. Descubrir nuevas dimensiones y, aun así­, seguir en contacto con tu cuerpo. Con el baile, el mundo espiritual y el mundo real pueden vivir sin conflictos. Creo que los bailarines clásicos se ponen de puntillas porque al mismo tiempo están tocando la tierra y alcanzando el cielo.

Que yo recuerde, éstas fueron sus últimas palabras. Durante cualquier baile al que nos entreguemos con alegrí­a, el cerebro pierde su poder de control, y el corazón toma las riendas del cuerpo. Es en ese momento cuando aparece el Vértice.

Siempre que creamos en él, claro.