El lector tiene la palabra

Anabel (Mérida, España)

Yo no sé si está todo escrito, si una persona escribe su historia en el momento de nacer, o antes, o mientras vive. De lo que estoy convencida es de que todo lo que pasa en nuestra vida tiene una razón de ser, y que por eso hay que vivir con intensidad cada momento. Porque es el dí­a de hoy lo que nos permite avanzar, soltar amarras, dejar que la vida pueda fluir con total libertad, y entender que el amor al instante es lo que nos hace felices. Amar lo que vemos, lo que tocamos, lo que no entendemos. Amar lo desconocido, lo que nos preocupa, lo profundo y lo superficial. Pero amar de todas formas…

Beba (Islamabad, Paquistán)

La vida es tremendamente temperamental, y al final nos lleva por caminos que no terminaban de entusiasmarnos ni convencernos. Pero, ¿qué serí­a de nosotros sin esas sorpresas? Brindo por todo lo absurdo y maravilloso que seguiremos encontrándonos por delante.

Iris (a su llegada a Santiago de Compostela)

Al llegar a la plaza del Obradoiro, me pregunté a mí­ misma por qué habí­a tenido que toparme con tantos problemas. Me puse en la interminable fila para besar al santo, y todo lo pasado me parecí­a absurdo, excepto el reencuentro con algunos peregrinos que habí­a conocido en el camino. Sí­, todo era absurdo, excepto la alegrí­a de haber superado mis limitaciones y de sentirme, por eso mismo, una persona mejor. Menos mal que no caminé como el resto de la gente. Menos mal que decidí­ que pararí­a siempre que el sol se pusiera, sin pensar si me encontraba cerca de algún albergue o si habrí­a comida. Menos mal que me comí­ aquel plato de lentejas que me dio una intoxicación y me obligó a dormir en la falda de una montaña, en un lugar que, de otra manera, nunca habrí­a conocido.

Menos mal que se me pasó la hora, y al final tuve que pasar la noche bajo un cielo cargadito de estrellas. Menos mal que me poní­a a andar cuando me entraban ganas, y paraba cuando yo querí­a, sin nadie que pudiera decirme si eso era, o no, lo correcto. Menos mal que estaba sola, y que gracias a eso la luna me trató de una manera muy especial. Menos mal que me equivoqué cuatrocientas veces de camino, y que así­ descubrí­ algunos parajes que nadie habí­a conocido. En uno de estos desví­os, acabé sentada un dí­a entero frente a la puerta de un convento, reflexionando sobre mi vocación.

Debido justamente a todos estos absurdos y a todos estos “menos mal”, la historia tuvo su gracia. Porque antes mi vida tení­a una meta, y a partir de ahora continuaré andando sólo por el gustito de caminar.

Maximiliano (Veracruz, México)

Antes de una tempestad todo es silencio y calma, aunque podamos sentir el olor de las gotas de agua. Hace unos dí­as estuve con un amigo y su hermana en Puerto de Tuxpam. Era carnaval, todo el mundo se divertí­a, pero cuando la fiesta estaba en su mejor momento, el cielo comenzó a cubrirse de nubes, los rayos se fueron acercando, y al final llegó la lluvia. Todo el mundo salió corriendo a refugiarse.

Y de repente, como si se hubiera dado algún tipo de comunicación misteriosa entre la gente, todos volvimos a la calle, descubriendo que la tempestad en realidad vení­a a contribuir a la fertilidad del mundo y además dejaba el clima más agradable. Volvió la alegrí­a, aunque nadie terminaba de entender por qué estaba alegre.

Una de las experiencias más sublimes que alguien puede tener es justamente ésta de vivir una tempestad.