Edición nº 136: En el Castillo de San Jorge; Septiembre de 2006

En mi opinión, la soledad es el peor de los males. Mientras que el hambre, la sed y la enfermedad, cuando nos afectan, nos obligan a tomar una determinación, la soledad viene muchas veces disfrazada de virtud y renuncia.

Pero hoy estoy solo porque así­ lo he querido.

Hoy es un dí­a especial para mí­. Recorro a pie el suave otoño europeo, bajo por una gran avenida, me cruzo con gentes que charlan sobre espí­ritus o sobre tabaco: Camino por Lisboa. Luego subo hasta el Castillo de San Jorge, miro al Tajo, al Atlántico, y procuro no pensar en nada.

Dentro de poco saldrá el sol en Brasil, abrirán las librerí­as, y mi nuevo libro será elegido por primera vez por la mano de un lector. Tras tantos tí­tulos publicados, quizás ustedes piensen que ya debo de estar acostumbrado a esta situación. Pero no; gracias a Dios, no termino de habituarme a estas cosas. Siento aún la misma agitación y entusiasmo que tuve con la publicación de El peregrino de Compostela, hace veinte años.

Saco este cuaderno del bolsillo y me pongo a escribir. ¿Será que, además del entusiasmo y la agitación, también estoy sintiendo miedo?

Detengo la escritura, escucho el viento en los árboles, reflexiono con cuidado, y por fin escribo: “No, no tengo miedo”. Me siento en este momento como una mezcla entre una madre dando a luz y un padre que, finalmente, asume que su hija salga de casa para vivir con su pareja.

“¿Me importa la reacción de los lectores?” anoto en el cuaderno.

Me paro una vez más a escuchar el viento, y la respuesta llega: desde luego. Al fin y al cabo, en él he puesto lo mejor de mí­, y, al igual que todo el mundo, me gustarí­a que mi amor fuera comprendido. Un gran mí­stico dominicano del siglo XIV conocido como Maestro Eckhart, dijo en cierta ocasión: “Soy un hombre, y es propio de la naturaleza humana querer compartir eso con los demás hombres”. Todo lo que he mirado, he visto y he vivido en mi paseo desde el hotel hasta el castillo, han sido intentos de adoptar en lo posible el punto de vista sobre la vida de todos ellos: Los ladrillos en las fachadas de las casas, las figuras de la catedral Santa Marí­a Mayor, el silencio de las personas que rezaban, el hombre que tocaba el acordeón en una calle en pendiente, sin importarle el mundo a su alrededor. Artesanos del pasado y del presente queriendo decir: esto es lo que pienso; así­ es como soy.

Hace cinco dí­as que entramos en el otoño europeo, aunque todaví­a hace calor. Pero el invierno se aproxima, y el frí­o será implacable. Los árboles que aún están cargados de hojas, murmurarán muy tristes cuando las hayan perdido todas: “Nunca volveremos a ser como antes”.

Pensándolo bien, menos mal. Porque si no, ¿qué sentido tendrí­a renovarse? Las nuevas hojas que salgan tendrán su propia personalidad, pertenecen al verano que se acerca, y que nunca podrá ser igual que el anterior.

Vivir es cambiar, ésta es la lección que nos enseñan las estaciones. Asimismo, a mí­ las hojas de cada nuevo libro me transforman.

¿Serí­a algo arrogante afirmar que no necesito probarme nada más a mí­ mismo? Quizás no se tratara de arrogancia, pero sin duda serí­a una estupidez. Aunque ya tengo una historia para contar (si tuviese nietos) el que vive apenas rememorando es que ha perdido el sentido de la vida.

Miro de nuevo al Tajo, y me vienen a la mente unos versos de Fernando Pessoa:

Por el Tajo se va hacia el mundo. ¿Adónde lleva el rí­o de mi aldea? Nunca nadie se ha parado a pensarlo. El rí­o de mi aldea no lleva a pensar en nada. Quien está junto a él, simplemente está junto a él.

Estas son las últimas horas en las que el rí­o de mi aldea (mi último libro) me pertenece sólo a mí­. Y voy a intentar quedarme a su lado, sin pensar en nada, contemplando Lisboa, escuchando las campanas, los perros, los vendedores pregonando mercancí­as, la risa de los niños, las conversaciones de los turistas. Parezco un niño, y no me avergüenzo de estar tan nervioso. Le pido a Dios que me conserve así­.