Edición nº 149: La señal

Era una vez un sabio  llamado Sidi Mehrez. Estaba muy irritado por el lugar donde viví­a, una linda ciudad a la orilla del Mar Mediterráneo; los hombres y las mujeres viví­an de manera depravada y el dinero era el único valor importante. Como Mehrez era también santo y hací­a milagros, resolvió atar su bufanda alrededor de Túnez y arrojarla al océano.

Los edificios empezaron a caerse, el piso se levantó, los habitantes entraron en pánico al ver que estaban siendo empujados en dirección a la muerte. Desesperados, resolvieron pedir ayuda a un amigo de Mehrez, llamado Sidi Ben Arous. Ben Arous consiguió convencer al riguroso santo que interrumpiese la destrucción; pero desde entonces todas las calles de Túnez son inclinadas.

Camino por el bazar de esta ciudad africana, traí­do por el viento de esta preregrinación con la cual celebro los 20 años de mi camino de Santiago (1986).

Estoy con Adam Fathi y Samir Benali, dos escritores locales; a quince kilómetros  están las ruinas de Cartago, que en un pasado remoto fue capaz de enfrentarse con la poderosa Roma. Discutimos la epopeya de Aní­bal, uno de sus guerreros; los romanos esperaban una batalla marí­tima (las dos ciudades estaban separadas por apenas algunas centenas de kilómetros de mar), pero Aní­bal enfrentó el desierto, cruzó el estrecho de Gibraltar con un gigantesco ejército, atravesó  España, Francia, subió los Alpes con soldados y elefantes, y atacó al Imperio por el norte. Venció a todos los enemigos en su camino y de repente, sin que hasta hoy alguien sepa realmente por que, paró delante de Roma, y no la atacó en el  momento exacto. El resultado de esta indecisión hizo que Cartago fuera tachada del mapa por los naví­os romanos.

Pasamos por un lindo edificio: en 1754, un hermano mató al  otro. El padre de ambos resolvió construir este palacio para abrigar una escuela, manteniendo viva la memoria de su hijo asesinado. Comento que, al hacer eso, el hijo asesino también serí­a recordado.

– No es bien así­ – responde Samil. – En nuestra cultura, el criminal divide la culpa con todos aquellos que le permitieron cometer el crimen. Cuando un hombre es ejecutado, aquel que le vendió el arma, es también responsable delante de Dios. La única manera del padre corregir lo que consideraba su error, fue transformando la tragedia en algo que pudiese ayudar a los otros: en lugar de la venganza que se limita al castigo, la escuela permitió que la instrucción y la sabidurí­a pudiesen ser transmitidas hace mas de dos siglos.

En una de las puertas de la antigua muralla hay una linterna. Fathi comenta el hecho de yo ser un escritor conocido, mientras él todaví­a lucha por reconocimiento:

– Aquí­ está el origen de uno de los mas célebres proverbios árabes: “La luz ilumina apenas al extranjero.”

Digo que Jesús hizo el mismo comentario: nadie es profeta en su propia tierra. Siempre tendemos a valorizar aquello que viene de lejos, sin jamás reconocer toda la belleza que está a nuestro alrededor.

Entramos en un antiguo palacio, hoy transformado en centro cultural. Mis dos amigos empiezan a explicarme la historia del lugar, pero mi atención fue totalmente desviada por el sonido de un piano y empiezo a seguirlo por los laberintos del edificio. Termino en una sala donde un hombre y una mujer, aparentemente ajenos al mundo, tocan la “Marcha Turca” a cuatro manos. Me acuerdo que algunos años atrás vi algo semejante – un pianista en un centro comercial, concentrado en su música, sin prestar atención a las personas que pasaban hablando alto  o con las radios encendidas.

Pero aquí­ estamos apenas nosotros tres y los dos pianistas. Puedo ver la expresión en el rostro de ambos: alegrí­a, la más pura y completa alegrí­a. No están allí­ para impresionar a ninguna platea, sino porque sienten que este es el don que Dios les dio para que conversen con sus almas. Por consecuencia, terminan también conversando las almas de Adam, Samil, Paulo, y todos nosotros nos sentimos más próximos del significado de la vida.

Escuchamos en silencio durante una hora. Aplaudimos en el final, y cuando vuelvo para el hotel, me quedo pensando en la tal linterna.

Sí­, puede ser que ella apenas ilumine al extranjero, pero será que eso hace tanta diferencia cuando estamos poseí­dos por este gigantesco amor por lo  que hacemos?

Gracias a Dios, la sala está llena para la conferencia que voy a dar en este paí­s africano. Dos intelectuales locales están encargados de hacer la presentación; nos encontramos antes, uno de ellos tiene un texto de dos minutos, el otro escribió una tesis sobre mi obra de un cuarto de hora de duración.

Con mucho tacto, el coordinador explica que es imposible la lectura de la tesis, ya que el encuentro debe durar como máximo 50 minutos. Imagino cuánto debe de haber trabajado en su texto, pero pienso también que el coordinador tiene razón: estoy ahí­ para charlar con mis lectores, ése es el principal motivo del encuentro.

Comienza la conferencia. Las presentaciones no duran más de cinco minutos, y me quedan ahora cuarenta y cinco para un diálogo abierto. Digo que no estoy allí­ para explicar nada, sino que lo interesante serí­a establecer un diálogo.

Viene la primera pregunta, por parte de una joven: ¿qué son las señales de las que tanto hablo en mis libros? Le explico que es un lenguaje absolutamente personal que desarrollamos a lo largo de la vida, a través de aciertos y errores, hasta que entendemos cuándo nos está guiando Dios. Otro pregunta si fue una señal lo que me trajo a este lejano paí­s, y le digo que sí­, que estoy haciendo un viaje de 90 dí­as para celebrar mis 20 años de peregrinación por el Camino de Santiago.

Continúa la charla, el tiempo pasa rápidamente, hay que dar por finalizada la conferencia. Escojo al azar, de entre cerca de 600 personas, a un hombre de mediana edad, con un gran bigote, para la última pregunta.

Y el hombre dice:

-No quiero hacer ninguna pregunta. Sólo quiero mencionar un nombre.

Y dice el nombre de una pequeña ermita, que se encuentra en mitad de ninguna parte, a miles de kilómetros del lugar donde me encuentro, donde un dí­a coloqué una placa dando gracias por un milagro. Y adonde fui, antes de esta peregrinación, para pedir a la Virgen que protegiese mis pasos.

Ya no sé cómo continuar la conferencia. Las palabras que vienen a continuación las escribió Adam Fethi, uno de los dos escritores que forman la mesa:

“Y de repente, en aquella sala, parecí­a que habí­a parado de moverse el Universo. Tantas cosas sucedieron: vi tus lágrimas. Y vi las lágrimas de tu dulce mujer, cuando aquel lector anónimo pronunció el nombre de una capilla perdida en un lugar del mundo.
“Perdiste la voz. Tu rostro sonriente se tornó serio. Tus ojos se llenaron de lágrimas tí­midas, que temblaban a la luz de las velas, como si se disculparan por estar allí­ sin haber sido invitadas.

“Allí­ también estaba yo, con un nudo en la garganta, sin saber por qué. Busqué a mi mujer y a mi hija en la sala; siempre las busco cuando me siento cerca de algo que no conozco. Ellas estaban allí­, pero tení­an los ojos fijos en ti, silenciosas como todo el mundo, intentando apoyarte con su mirada, como si la mirada pudiera apoyar a un hombre.

“Entonces intenté fijarme en Cristina, pidiendo socorro, intentando comprender lo que estaba sucediendo, cómo terminar con aquel silencio que parecí­a infinito. Y vi que también ella lloraba, en silencio, como si fuesen notas de la misma sinfoní­a, y como si vuestras lágrimas se pudiesen tocar a pesar de la distancia.

“Y durante unos largos segundos no hubo sala, ni público, ni nada. Tú y tu mujer os habí­as marchado a un lugar adonde nadie podí­a seguiros; lo único que habí­a era la alegrí­a de vivir todo eso, que era contado sólo con el silencio y la emoción.

“Las palabras son lágrimas que fueron escritas. Las lágrimas son palabras que necesitan salir a borbotones. Sin ellas, ninguna alegrí­a tiene brillo, y ninguna tristeza tiene final. Por lo tanto, gracias por tus lágrimas.”

Deberí­a haberle dicho a la chica que me habí­a hecho la primera pregunta, acerca de las señales, que allí­ habí­a una de ellas, afirmando que me encontraba en el sitio en el que debí­a estar y en el momento en el que debí­a estar, a pesar de no entender exactamente qué es lo que me llevó hasta allí­.

Pero creo que no era necesario: debió de darse cuenta.

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