Edición nº 150: En el retiro del corazón

Hace algunos meses, publiqué en este espacio una columna titulada “Los secretos del sótano”, en el que describí­a un retiro que terminó en una mágica cena en los subterráneos de la abadí­a de Melk, en Austria. En ese artí­culo, yo comentaba que al dirigir la mirada hacia los sótanos de mi alma, todo lo que encontraba allí­ eran mis errores, y que procurarí­a organizarlos de manera que no me asustasen, y me ayudasen a comprender mejor lo que no debí­a repetir. Estaba en la compañí­a de algunas personas, entre las que se encontraba el Abad Dr. Burkhard Ellegast, de la Orden Benedictina, al que considero un maestro espiritual, aunque no consigamos comunicarnos directamente a través de una lengua común (yo ni siquiera consigo pedir un vaso de agua en alemán). Para mi gran sorpresa, el abad Burkhard escribió más tarde un texto sobre “Los secretos del sótano” que voy a adaptar aquí­ en parte.

«Muchas veces solemos preguntarnos: ¿Cómo pudo ocurrirnos a nosotros semejante cosa? De repente, estaba rodeado de personas que estaban dispuestas a reflexionar sobre el significado de la vida. ¿Qué podrí­a yo decirles, si todo lo que me habí­a ocurrido durante mi existencia era entrar aún joven a un convento, y más tarde asumir la dirección de esta abadí­a durante veintiséis años?

»Pienso que las personas me miraban como si yo tuviera una respuesta para todo. Pero decidí­ que lo único que harí­a serí­a hablar un poco sobre mí­ mismo. Decir que mi fe es capaz de mantenerme vivo y entusiasmado para seguir adelante, a pesar de los momentos de pesimismo. Entonces expliqué mi lema: si yo diera un paso en falso y me viera arrastrado hacia el fondo, tal cosa nunca ocurrirí­a discretamente. Todo el mundo me verí­a gritando, pataleando, agitando banderas, de modo que pudiera servir de alerta para los que me siguieran.

»Como consecuencia de este principio mí­o, sé que difí­cilmente arrastraré a otras personas hacia mis errores, y, por tanto, consigo dominar mi miedo y me arriesgo a dirigir mi barco hacia aguas desconocidas. Soy consciente, claro está, de que si empezara a ahogarme, a pesar del ruido que estuviera haciendo, aún podrí­a levantar mi mano y pedir: ¡Dios mí­o, por favor, ayúdame! Sin asomo de dudas, seré escuchado, y se abrirá un nuevo camino.

»En su artí­culo, Paulo Coelho comenta que se quedó muy sorprendido al ver que yo lo presentaba usando un texto de su libro Once minutos [el libro trata sobre sexo y prostitución: ¡cómo no iba a sorprenderme!]. Yo hablé sobre un pasaje del diario del personaje principal, en el que ella cuenta la historia de un bonito pájaro que solí­a visitarla. Ella lo admiraba tanto que un dí­a resolvió prenderlo en una jaula, para poder así­ tener siempre presentes su canto y su belleza. Con el pasar de los dí­as, ella se acostumbró al nuevo compañero, y perdió el deslumbramiento de esperar a aquella alma libre que la visitaba de vez en cuando, sin coerción alguna. El pájaro, por su parte, no conseguí­a cantar en cautiverio, y acabó muriendo. Sólo entonces ella logró entender que el amor requerí­a libertad para aprovechar todo su encanto – aunque la libertad comporta riesgos.

»Todos tenemos tendencia a pretender el cautiverio porque solemos ver la libertad como algo que no tiene lí­mites ni responsabilidades. Es por esta razón por lo que intentamos esclavizar todo lo que amamos, como si el egoí­smo fuera la única manera de mantener nuestro mundo equilibrado. El amor no limita: amplí­a nuestros horizontes, podemos ver claramente lo que está fuera, y podemos ver con mayor claridad aún los lugares oscuros de nuestro corazón.

»Aunque yo no hablo inglés, podí­a entender todo lo que los ojos y los gestos de Coelho estaban diciendo. Todaví­a me acuerdo de cuando me preguntó, a través de otra persona allí­ presente, qué debí­a hacer a continuación. En ese momento le respondí­: sigue buscando.

»Y cuando encuentres algo, continúa buscando de todas formas, con entusiasmo y curiosidad. A pesar de los errores que eventualmente puedas cometer, el amor es más fuerte, permite que el pájaro vuele en libertad, y cada paso ya no será apenas un movimiento hacia delante, sino que contendrá en sí­ mismo todo un nuevo camino».