Edición nº 155 : El Buen Combate

“Combatí­ en el buen combate, y conservé la fe”, dice San Pablo en una de sus epí­stolas. Y serí­a bueno recordarlo especialmente ahora, cuando un nuevo año se extiende por delante.
El hombre nunca puede parar de soñar. El sueño es el alimento del alma, así­ como el alimento del cuerpo es la comida. En muchas ocasiones, durante nuestra existencia, vemos cómo se rompen nuestros sueños o se frustran nuestros deseos, pero es necesario continuar soñando, pues en caso contrario nuestra alma se muere, y ígape no penetra en ella. ígape es el amor universal, aquél que es más grande y más importante que el sentimiento de simpatí­a por alguien concreto. En su famoso sermón sobre los sueños, Martin Luther King recuerda que Jesús nos pidió que amásemos a nuestros enemigos, no que les tuviéramos simpatí­a. Este es el amor grande que nos empuja a continuar luchando a pesar de todo, a conservar la fe y la alegrí­a, y a combatir en el Buen Combate.
El Buen Combate es aquel que se entabla porque nuestro corazón lo pide. En los tiempos heroicos, cuando los apóstoles iban por el mundo predicando el evangelio, o en la época de los caballeros andantes, esto era más fácil: habí­a mucha tierra por recorrer, mucho que resolver y mucho que construir. Sin embargo, hoy en dí­a el mundo es diferente, y el Buen Combate se trasladó de los campos de batalla al interior de nosotros mismos.
El Buen Combate es el que se entabla en nombre de nuestros sueños. Cuando éstos revientan en nuestro interior con toda su fuerza (en la juventud) nos sentimos muy valientes, pero aún no sabemos luchar. Después de mucho esfuerzo, aprendemos a luchar, pero entonces ya no contamos con el mismo valor para combatir. Por esta razón nos volvemos contra nosotros mismos y, combatiéndonos, nos convertimos en nuestros peores enemigos. Alegamos que nuestros sueños eran infantiles, difí­ciles de llevar a cabo, o fruto de nuestro desconocimiento de la realidad de la vida. Matamos nuestros sueños porque tenemos miedo de combatir en el Buen Combate.
El primer sí­ntoma de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo: Las personas más ocupadas que he conocido en mi vida eran las que al final siempre conseguí­an tiempo para todo. Por su parte, los que no hací­an nada siempre andaban cansados, el tiempo nunca les llegaba para lo poco que tení­an que hacer, y se quejaban constantemente de que los dí­as eran demasiado cortos. Lo que les pasaba en realidad era que tení­an miedo de combatir en el Buen Combate.
El segundo sí­ntoma de la muerte de nuestros sueños son nuestras certezas. Sólo por el hecho de no querer tomar la vida como una gran aventura en la que hay que embarcarse, ya nos consideramos sabios, justos y correctos en nuestras pequeñas parcelas de existencia. Miramos hacia el exterior de las murallas de nuestra vida diaria y oí­mos el ruido de lanzas que se rompen, sentimos el olor del sudor y de la pólvora, vemos las grandes caí­das y las miradas sedientas de conquista de los guerreros. Pero nunca percibimos la alegrí­a, la inmensa Alegrí­a que hay en el corazón del que está luchando, pues para éstos no importa ni la victoria ni la derrota, sino que lo único importante es apenas combatir en el Buen Combate.
Por último, el tercer sí­ntoma de la muerte de nuestros sueños es la Paz. La vida se transforma en una tarde de domingo, sin grandes exigencias, que no nos pide más de lo que queremos dar. Pensamos entonces que hemos alcanzado la “madurez”, dejando atrás las “fantasí­as de la infancia”, y logrando nuestra realización personal y profesional. Nos sorprende que alguien de nuestra edad diga que aún espera determinada cosa de la vida. Pero en lo más hondo de nosotros mismos sabemos que lo que ocurrió fue que renunciamos a luchar por nuestros sueños, a combatir en el Buen Combate.
Al renunciar a nuestros sueños y hallar la paz, entramos en un periodo de tranquilidad. Pero los sueños muertos empiezan a pudrí­rsenos dentro, corrompiendo a continuación todo el ambiente en el que vivimos. Comenzamos a comportarnos con crueldad con los que nos rodean, y llegamos finalmente a dirigir esta crueldad contra nosotros mismos. Aparecen las enfermedades y las psicosis. Lo que querí­amos evitar en el combate (la decepción y la derrota) pasa a ser el único legado de nuestra cobardí­a. Y, por fin, un dí­a, los sueños muertos y podridos enrarecen el aire haciéndolo difí­cil de respirar, y empezamos a desear la muerte, la muerte que nos librase de nuestras certezas, de nuestras ocupaciones, y de aquella terrible paz de tardes dominicales.
Evitemos semejante situación encarando el 2007 con la reverencia del misterio y la alegrí­a de la aventura.

Aprendiendo con las cosas sencillas

En el Bhagavad Gita, el guerrero Arjuna le pregunta al Señor Iluminado:
-¿Quién eres?
En lugar de responder directamente, Khrisna empieza a hablar de las pequeñas y grandes cosas del mundo, y dice que él se encuentra en todas ellas. Arjuna comienza entonces a ver el rostro de Dios en todo lo que le rodea.
No obstante, aunque fuimos creados a imagen y semejanza del Altí­simo, pasamos la vida entera procurando atrincherarnos tras bloques de coherencias, certezas y opiniones, sin entender que también nosotros estamos en las flores, en las montañas, o en todo lo que vemos en nuestro camino diario hasta el trabajo. Raramente pensamos que venimos de un misterio (el del nacimiento) y que caminamos hacia otro (el de la muerte).
Si reflexionamos acerca de esto, si entendemos que la presencia Divina y la sabidurí­a universal se encuentran en todo lo que nos rodea, tendremos mucha más libertad en nuestras acciones.
Escribo a continuación algunas historias que ilustran el tema:

El filósofo y el barquero

La tradición sufí­ cuenta la historia de un filósofo que cruzaba un rí­o en un barco. Durante la travesí­a, procuraba exhibir su sabidurí­a ante el barquero:
-¿Acaso sabes tú la enorme contribución que hizo Shopenhauer a la historia de la humanidad?
-No -respondió el barquero-. Pero conozco a Dios, conozco el rí­o, y conozco la sabidurí­a simple de mis gentes.
-¡Pues que sepas que has perdido la mitad de tu vida!
En la mitad del rí­o, el barco golpeó contra una roca, y naufragó. El barquero nadaba hacia una de las orillas cuando vio al filósofo ahogándose.
-¡No sé nadar! -gritaba desesperado- ¡Te dije que habí­as perdido la mitad de tu vida por no conocer a Shopenhauer, y ahora yo voy a perder mi vida completa por no saber algo tan sencillo!

Mientras tanto, Shopenhauer…

El filósofo alemán Shopenhauer (1788-1860) caminaba por una calle de Dresde, buscando respuestas para preguntas que lo angustiaban. En determinado momento, encontró un jardí­n, y se dispuso a pasar las horas contemplando las flores.
Un vecino sospechó del extraño comportamiento de aquel hombre y fue a llamar a la policí­a. Algunos minutos después, llegó un agente y se acercó al filósofo:
-¿Quién es usted? -le preguntó el policí­a en tono áspero.
Shopenhauer miró de arriba abajo al hombre que tení­a delante.
-Eso es justamente lo que intento averiguar mientras observo estas flores. Si usted pudiese darme la respuesta le estarí­a eternamente agradecido.

Y mientras camina…

Un hombre que paseaba por el campo se topó con un espantapájaros.
-Debes de estar cansado de estar siempre aquí­, en este campo solitario, sin nada que hacer -comentó el hombre.
Respondió el espantapájaros:
-El placer de alejar el peligro es muy grande, y yo nunca me canso de hacerlo.
-Entiendo. Yo también he actuado así­ últimamente, con buenos resultados -afirmó el hombre.
-Pero sólo se pasa la vida espantando las cosas aquel que está lleno de paja por dentro -repuso el espantapájaros.
Al hombre le llevó algunos años comprender esta respuesta: todo cuerpo que tenga carne y sangre en su interior ha de aceptar de vez en cuando lo inesperado. Pero quien no tiene nada por dentro, continuamente aleja todo lo que se le aproxima; y, así­, ni siquiera las bendiciones de Dios consiguen acercársele.

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