Edición nº 168 : Misticismo sufi

El turbante de Nasrudin

Nasrudin apareció en la corte con un magní­fico turbante, pidiendo dinero para caridad.

– Has venido a pedirme dinero y, sin embargo, estás usando un adorno muy caro en tu cabeza. ¿Cuánto te costó esta pieza extraordinaria? – preguntó el soberano.

– Quinientas monedas de oro – respondió el sabio sufí­.

El ministro susurró: “Es mentira. Ningún turbante cuesta esta fortuna”.

Nasrudin insistió:

– No vine aquí­ solo para pedir, vine también para hacer negocio.

Pagué tanto dinero por el turbante porque sabí­a que en el mundo entero, solo un soberano serí­a capaz de comprarlo por seiscientas monedas, para que yo pudiese dar esa ganancia a los pobres.

El sultán, lisonjeado, pagó lo que Nasrudin le pedí­a. Al salir, el sabio comentó al ministro:

– Tú puedes conocer muy bien el valor de un turbante, pero soy yo quien conoce hasta donde la vanidad puede llevar a un hombre.


Igual al casamiento

Nadia pasó el otoño entero sembrando y preparando su jardí­n. Las flores se abrieron en primavera, y Nadia reparó en algunos dientes de león, que él no habí­a plantado.

Nadia los arrancó, pero el polen ya se habí­a esparcido, y otros volvieron a crecer. Trató entonces de encontrar un veneno que afectara solamente a los dientes de león. Un técnico le dijo que cualquier veneno terminarí­a matando a las otras flores. Desesperado, pidió ayuda a un jardinero,

– Es igual que el casamiento – comentó el jardinero. Junto con las cosas buenas, terminan siempre viniendo algunos pocos inconvenientes.

– ¿Qué hago?

– Nada. Aunque sean flores que tú no pensabas tener, ya forman parte de tu jardí­n.


Aceptando la compasión

-¿Cómo purificamos al mundo? – preguntó un discí­pulo.

Ibn al-Husayn respondió:

– “Habí­a un sheik en Damasco llamado Abu Musa al-Qumasi. Todos lo honraban por causa de su sabidurí­a, pero nadie sabí­a si era un hombre bueno.

Cierta tarde, un defecto de construcción hizo que se derrumbase la casa donde el sheik viví­a con su mujer. Los vecinos, desesperados, empezaron a cavar las ruinas, hasta que en cierto momento consiguieron localizar a la esposa del sheik.

Ella dijo: “Dejadme. Salvad primero a mi marido, que estaba sentado más o menos allí­”.

Los vecinos removieron los destrozos en el lugar indicado, y encontraron al sheik. Este dijo “Dejadme. Salvad primero a mi mujer, que estaba acostada más o menos allí­”.

Cuando alguien actúa como actuó esta pareja, está purificando el mundo entero”