Edición nº 171 : El acto de escribir – final

En el Guerrero de la Luz Online anterior hablé sobre la lectura, la pluma y la palabra. Termino aquí­ con algunas reflexiones sobre el texto final.

En primer lugar, repito lo que dije anteriormente: todo el mundo tiene una buena historia que contar, y forma parte de la naturaleza humana el compartir un poco de la experiencia personal con los demás. Quizás me pregunten: ¿y la editorial? ¿Cómo publicar estas experiencias?

En realidad, hoy en dí­a existen muchas plataformas para eso (como la internet o cualquiera de los muchos periódicos en circulación, por ejemplo) y siempre habrá alguien interesado en lo que escribes. De todas maneras, aunque no existiese tal persona, el placer de escribir ya merece la pena.

A medida que la pluma va trazando palabras en el papel, tus angustias desaparecen, y tus alegrí­as permanecen. Hace falta tener valentí­a para mirar en lo profundo de uno mismo, y traer lo que se ha visto hasta el mundo exterior, y hay que tener aún más valentí­a para asumir que, un dí­a, lo que escribiste podrá (y deberá) ser leí­do por alguien.

¿Y si se tratara de algo muy í­ntimo?

No te preocupes. Hace miles de años, Salomón escribió las siguientes palabras: “Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol” (Eclesiastés 1:9).

Es decir: si hace miles de años no existí­a nada nuevo, ¡imagí­nate ahora! Nuestros sentimientos de alegrí­a y angustia continúan siendo los mismos, y no hay por qué esconderlos. Y aunque no haya nada nuevo bajo el sol, permanece aún la necesidad de traducirnos todo eso a nosotros mismos, y a los de nuestra generación.

Jorge Luis Borges dijo en cierta ocasión que en realidad sólo hay cuatro historias que puedan contarse:

A] una historia de amor entre dos personas

B] una historia de amor entre tres personas

C] la lucha por el poder

D] un viaje.

De todas maneras, a lo largo de los siglos, los hombres y las mujeres continúan recontando esas historias, y ha llegado el momento de que tú hagas lo mismo. A través del arte de la escritura, entrarás en contacto con tu universo desconocido, y acabarás sintiéndote un ser humano mucho más capaz de lo que creí­as.

La misma palabra puede leerse de maneras muy diferentes. Escribe “amor” mil veces, por ejemplo, y en cada ocasión el sentimiento será distinto.

Una vez que las letras, las palabras y las frases están dibujadas en el papel, la tensión necesaria para que eso ocurriera ya no tiene razón de ser.

Por consiguiente, la mano que las escribió reposa, y sonrí­e el corazón del que se atrevió a compartir sus sentimientos.

Si alguien pasa al lado de un escritor que acabó de terminar un texto, pensará que tiene una mirada vací­a, y que parece distraí­do.

Pero él -y solamente él- sabe que arriesgó mucho, que consiguió desarrollar su instinto, que mantuvo la elegancia y la concentración durante todo el proceso, y que ahora podrá darse el lujo de sentir la presencia del universo, y comprenderá por fin que su acción fue justa y merecida. Los amigos más cercanos saben que su pensamiento cambió de dimensión, pues ahora está en contacto con todo el universo: continúa trabajando, aprendiendo todo lo que ese texto trajo de bueno, corrigiendo los eventuales errores, aceptando sus virtudes.

Escribir es un acto de valentí­a. Pero merece la pena arriesgar.

Nosotros y los crí­ticos

Lee biografí­as: nadie escapó, en ningún campo. Desde James Joyce, a quien el respetable periódico “The Times” tildó de pervertido, hasta Orson Welles, el genio del cine, de quien Umberto Eco dijo que era una persona mediocre.

Sigue adelante. Porque corresponde a los escritores escribir, a los lectores leer, y a los crí­ticos criticar. Barajar estas funciones serí­a, como poco, desaconsejable. No obstante, prácticamente todos los dí­as recibo algún mensaje electrónico de gente que se siente personalmente atacada cuando encuentran en la prensa algún comentario negativo contra mí­.

Yo agradezco estas muestras de solidaridad, pero siempre explico que eso forma parte del juego. Me han dedicado ya innumerables crí­ticas desde que escribí­ El Alquimista (El peregrino de Compostela (Diario de un mago) apenas llamó la atención de la prensa, a excepción de algunos reportajes que hablaban del escritor, pero casi nunca hací­an referencia al contenido del libro).

Conozco casos de muchos escritores que alcanzaron un enorme éxito de público, pero que, al recibir la inevitable lapidación de la crí­tica, tuvieron dos tipos de reacciones. Una es la de no conseguir publicar ningún otro libro: este fue el caso de El Perfume, de Patrick Süskind. En esa época, su editor (que también es mi editor en Alemania) publicó dos páginas completas en los periódicos locales -una con la crí­tica, que habí­a atacado mucho la obra, y otra con las opiniones de los libreros, entusiastas del libro. El Perfume llegó a ser uno de los mayores éxitos de librerí­a de todos los tiempos. Poco después, Süskind publicó una colección de relatos y dos obras que habí­a escrito antes de su gran éxito, y desapareció de la vida pública.

La otra reacción común, es que los escritores se intimiden e intenten agradar a la crí­tica en su próximo lanzamiento. Susanna Tamaro habí­a obtenido un inmenso reconocimiento del público (y una avalancha de ataques de la crí­tica) con Adonde el corazón te lleve. Su siguiente libro, Anima Mundi, muy esperado por sus lectores, sustituyó la poesí­a sencilla y maravillosa del tí­tulo anterior por una complejidad que le hizo perder a sus lectores fieles, y que tampoco logró agradar a los crí­ticos.

Otro ejemplo es el de Jostein Gaarder. El mundo de Sofí­a logró un éxito planetario, porque era capaz de abordar la historia de la filosofí­a de una manera directa y agradable. Pero eso no les gustó ni a los crí­ticos ni a los filósofos. Gaarder empezó entonces a complicar su lenguaje, y acabó siendo abandonado por los lectores, aunque continuase siendo detestado por los crí­ticos.

Por lo que veo, en los párrafos anteriores me he puesto también a juzgar. ¿Por qué? Es que criticar es algo facilí­simo – lo que es realmente difí­cil es escribir libros.

En El Zahir, el personaje principal (un escritor brasileño famoso) dice que es capaz de adivinar lo que se dirá exactamente sobre su nuevo libro, que aún no ha sido publicado: “Una vez más, en los turbulentos tiempos en los que vivimos, el autor nos hace huir de la realidad”. “Frases cortas, estilo superficial”. “El autor ha descubierto el secreto del éxito: el marketing”.

Al igual que el protagonista de El Zahir, yo nunca me equivoco en estas cosas. Realicé una apuesta con un periodista brasileño, y acerté plenamente.

Termino esta columna con una frase del dramaturgo irlandés Brendan Behan:

“Los crí­ticos son como eunucos en un harén: teóricamente, saben cuál es la mejor manera de hacer las cosas, pero no consiguen ir más allᔝ.

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