Edición nº 186 – ¿Ponernos a dieta?

Uno de los grandes filósofos brasileños, el cantante Tim Maia, dijo en cierta ocasión: “Me propuse hacer una dieta rigurosa. No probé el alcohol ni el azúcar, y me abstuve de comidas grasas. En dos semanas, perdí­ 14 dí­as”.

Vivo hace 28 años con una mujer maravillosa, que de vez en cuando pierde la calma y su buen humor porque, según ella, le sobran unos kilos. ¿No estaremos exagerando un poco? Una cosa es la obesidad, y otra pretender parar el tiempo y la evolución normal del organismo.

Lo peor de todo es que constantemente aparecen nuevas maneras de perder peso: comiendo calorí­as, evitando las calorí­as, consumiendo grasas compulsivamente, evitando las grasas a cualquier precio… Entramos en una farmacia, y somos visualmente invadidos por todo tipo de productos milagrosos que prometen acabar con las ganas de comer, con el tejido adiposo, con la barriga, etc.

Sobrevivimos todos estos milenios porque fuimos capaces de comer. Y, hoy en dí­a, esto mismo parece haberse convertido en una maldición. ¿Por qué? ¿Qué es lo que nos hace intentar mantener a los cuarenta el mismo cuerpo que tení­amos cuando éramos jóvenes? ¿Es que existe alguna posibilidad de parar esta dimensión del tiempo?

Claro que no. ¿Y por qué tendrí­amos que ser delgados? No hay ninguna razón para serlo. Compramos libros, vamos al gimnasio, gastamos una cantidad importantí­sima de nuestra energí­a intentando parar el tiempo, en lugar de caminar por este mundo celebrando el milagro. Cuando deberí­amos estar pensando en cómo vivir mejor, nos obcecamos con el asunto del peso.

Olví­denlo. Ustedes pueden leer cuantos libros quieran, hacer los ejercicios que consideren necesarios, infligirse todos los castigos que deseen, y seguirán teniendo, de todas maneras, dos opciones: dejar de vivir, o engordar.

De acuerdo que hay que comer con moderación, pero, antes que nada, hay que comer con placer. Ya lo dijo Jesucristo: “Lo malo no es lo que entra, sino lo que sale de la boca del hombre”.

Un dí­a, estaba en un restaurante libanés con una amiga irlandesa, y conversábamos sobre ensaladas. Con todo el respeto debido a los vegetarianos y a los fundamentalistas de la alimentación, la ensalada, para mí­, sirve esencialmente para decorar el plato. No podemos vivir sin ella, pero tampoco podemos considerarla el centro de nuestras atenciones gastronómicas. Los periódicos publican a diario historias de jóvenes en busca del estrellato en las pasarelas que terminan muriendo como consecuencia de esta obsesión por el peso.

Recuerden que durante milenios luchamos para no pasar hambre. ¿Quién se inventó esta patraña de que todo el mundo tiene que mantenerse delgado durante toda la vida?

Voy a responder: los vampiros del alma, quienes piensan que es posible parar la rueda del tiempo. Pues no, no es posible. Usen la energí­a y el esfuerzo que emplearí­an en una dieta para alimentarse del pan espiritual, y continúen disfrutando (con moderación, insisto una vez más) de los placeres de la buena mesa.

El año pasado escribí­ una serie de columnas sobre los pecados capitales, y la gula era uno de ellos. Pero, ¿qué es exactamente la gula? Una obsesión. Lo mismo que la dieta. En este punto, los dos extremos se encuentran, siendo ambos nocivos para la salud. Mientras millones de personas pasan hambre en todo el mundo, vemos que hay gente incentivando la delgadez porque, en algún momento, alguien decidió que ser delgado era la única manera de conservar la juventud y la belleza.

En lugar de quemar artificialmente estas calorí­as, debemos intentar transformarlas en energí­a que se pueda aplicar a la lucha por nuestros sueños. Nadie se mantuvo delgado durante mucho tiempo sólo por causa de una dieta.