La búsqueda

Paulo Coelho

Prosigo aquí­ con la transcripción de unos cuantos trechos de las conversaciones que mantuve con J, mi amigo y maestro en la Tradición de RAM, y que recogí­ en algunos cuadernos entre 1982 y 1986. En esta época, recuerdo, pedí­a consejo continuamente sobre cualquier decisión que debiera tomar. J. normalmente callaba, hasta que un dí­a me dijo:

-Las personas que nos rodean en nuestro dí­a a dí­a nos pueden dar pistas muy importantes sobre los pasos que debemos dar. Pero para eso es preciso discernir aguzando la mirada y afinando el oí­do, porque los que responden demasiado aprisa no suelen ser muy de fiar.
“Resulta peligroso pedir consejo. Dar uno es algo muy arriesgado, si tenemos un mí­nimo de sentido de la responsabilidad. Si alguien necesita ayuda, puede ser mejor que observe cómo otras personas han conseguido resolver (o no) sus propios problemas. A menudo nuestro ángel emplea los labios de alguien próximo para decirnos algo, pero esta respuesta suele llegar en un momento inesperado, cuando no estamos permitiendo que nuestras preocupaciones oscurezcan el milagro de la vida.No quieras ser siempre tan coherente. Descubre la alegrí­a de sorprenderte a ti mismo. Ser coherente supone tener que llevar siempre una corbata conjuntada con los calcetines. También se deben mantener mañana las mismas opiniones que se tení­an hoy… ¡Eso es ignorar el movimiento del mundo!
“Mientras no hagas mal a nadie, cambia de opinión de vez en cuando, y no te avergüences por contradecirte: estás en tu derecho. No importa lo que piensen los demás, porque lo pensarán de todas formas.”

-Pero estamos hablando de fe.

-Exacto. Continúa con lo que haces, pero intenta poner amor en cada gesto: esto bastará para organizar tu búsqueda. No solemos dar valor a lo que hacemos todos los dí­as, pero esto es lo que transforma el mundo que nos rodea. Pensamos que la fe es un trabajo de gigantes, pero si leemos algunas páginas de la biografí­a de cualquier santo, nos daremos cuenta de que era una persona absolutamente común, con la particularidad de que decidió firmemente dividir con los demás lo mejor de sí­ mismo.

“Son muy diversas las emociones que pueden impulsar el corazón del hombre a emprender el camino de la espiritualidad. El motivo puede ser “noble” (como la fe, el amor al prójimo o la caridad), pero también puede reducirse a un capricho, como el miedo a la soledad, la curiosidad, o el temor a la muerte.”

“Nada de esto importa. El verdadero camino espiritual es más fuerte que las razones que nos condujeron a él, y poco a poco acaba imponiéndose, con amor, disciplina y dignidad. Llega un momento en el que miramos atrás, recordamos el inicio de nuestra jornada, y nos reí­mos de nosotros mismos en aquel entonces. En definitiva, fuimos capaces de crecer, a pesar de la banalidad de los motivos iniciales que nos llevaron al camino.”

-¿Pero cómo puedo saber si, por lo menos, estoy recorriendo este camino con amor y dignidad?

-Dios suele emplear la soledad para enseñarnos algo acerca de la convivencia. A veces usa la rabia para que podamos comprender el infinito valor de la paz. En otras ocasiones, con el tedio quiere mostrarnos la importancia de dejarse llevar por la aventura.

“Dios suele emplear el silencio para enseñarnos algo acerca de la responsabilidad de lo que decimos. A veces usa el cansancio para que podamos comprender el valor del despertar. En otras ocasiones, con la enfermedad quiere mostrarnos la importancia de tener buena salud.”

“Dios suele emplear el fuego para enseñarnos algo acerca del agua. A veces usa la tierra para que podamos comprender el valor del aire. En otras ocasiones, con la muerte quiere mostrarnos la importancia de la vida.”

-Pero, ¿qué hacer con la sensación de culpa que todos tenemos?

-En uno de los más trágicos momentos de la crucifixión, uno de los ladrones se da cuenta de que el hombre que muere a su lado es el Hijo de Dios. “Señor, acuérdate de mí­ cuando entres en el Reino de los Cielos”, dice el ladrón. “En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraí­so”, responde Jesús, haciendo del bandido el primer santo de la Iglesia Católica: San Dimas.

“No sabemos por qué razón Dimas fue condenado a muerte. En la Biblia, él confiesa su culpa, reconociendo que lo crucifican por los crí­menes cometidos. Podemos incluso suponer que habí­a realizado algo cruel o tenebroso que justificase para los jueces semejante final. A pesar de todo esto, en los últimos minutos de su existencia, un acto de fe lo redime, y lo glorifica.”

“Acuérdate de este ejemplo cuando, por la razón que sea, te sientas incapaz de proseguir.”