Once minutos de sexo?

Los hombres que habí­a conocido desde su llegada a Géneve hací­an de todo para parecer seguros de sí­ mismos, como si gobernasen el mundo y sus propias vidas; Marí­a, sin embargo, veí­a en los ojos de cada uno de ellos el terror a la esposa, el pánico a no conseguir una erección, a no ser lo suficientemente machos ni ante una simple prostituta a quien estaban pagando.
Si fueran a una tienda y no les gustase el calzado, serí­an capaces de volver con el ticket en la mano y exigir el reembolso.
Sin embargo, aunque también estuviesen pagando por una compañí­a, si no tení­an una erección jamás volverí­an a la misma discoteca, porque creí­an que la historia ya se habrí­a extendido entre todas las demás mujeres de allí­, y eso era una vergüenza.

«Soy yo la que deberí­a tener vergüenza por no ser capaz de excitar a un hombre. Pero, en realidad, son ellos los que la tienen.» Para evitar estos dilemas, Marí­a procuraba dejarlos siempre a su criterio, y cuando alguno de ellos parecí­a más borracho o más frágil de lo normal, evitaba el sexo, y se concentraba sólo en las caricias y la masturbación, lo que los dejaba muy contentos, por más absurda que fuese la situación, ya que podí­an masturbarse ellos solos.

Siempre era preciso evitar que se sintiesen avergonzados. Aquellos hombres, tan poderosos y arrogantes en sus trabajos, luchando sin parar con empleados, clientes, proveedores, prejuicios, secretos, falsas actitudes, hipocresí­a, miedo, opresión, terminaban el dí­a en una discoteca, y no les importaba pagar trescientos cin-cuenta francos suizos para dejar de ser ellos mismos durante la noche.

«¿Durante la noche? Marí­a, estás exagerando. En realidad, son cuarenta y cinco minutos y, aun así­, si descontamos el tiempo de quitarse la ropa, ensayar alguna falsa caricia, hablar de algo trivial, vestirse, reduciremos este tiempo a once minutos de sexo propiamente dicho.»
Once minutos. El mundo giraba en torno de algo que duraba solamente once minutos.

Y por esos once minutos en un dí­a de veinticuatro horas (considerando que todos hiciesen el amor con sus esposas todos los dí­as, lo que era un verdadero absurdo y una gran mentira), ellos se casaban, sustentaban a la familia, aguantaban el llanto de los niños, se deshací­an en explicaciones cuando llegaban tarde a casa, veí­an a decenas, centenas de mujeres con las que les gustarí­a pasear por el lago de Géneve, compraban ropa cara para ellos, ropa aún más cara para ellas, pagaban a prostitutas para compensar lo que echaban en falta, sustentaban una gigantesca industria de cosméticos, dietas, gimnasia, pornografí­a, p oder, y cuando quedaban con otros hombres, al contrario de lo que decí­a la leyenda, jamás hablaban de mujeres. Charlaban sobre trabajo, dinero y deporte.

Algo iba muy mal en la civilización; y ese algo no era la deforestación amazónica, ni la capa de ozono, ni la muerte de los pandas, ni el tabaco, ni los alimentos cancerí­genos, ni la situación de las cárceles, como gritaban los periódicos.

Era exactamente aquello en lo que ella trabajaba: el sexo.

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