Matando nuestros suenos


(traduccion: Karem Molina Escobar)


El primer sí­ntoma
de que estamos matando nuestros sueños es la falta de tiempo. Las personas más ocupadas que he conocido en la vida siempre tení­an tiempo para todo. Las que nada hací­an estaban siempre cansadas, no conseguí­an realizar el poco trabajo que tení­an y se quejaban constantemente de que el dí­a era demasiado corto. En realidad, tení­an miedo de enfrentarse con el Buen Combate.

El segundo sí­ntoma de la muerte de nuestros sueños son nuestras certezas. Porque no queremos ver la vida como una gran aventura para ser vivida. Comenzamos a creernos sabios, justos y correctos en lo poco que le pedimos a la vida. Miramos más allá de las murallas de nuestra cotidianidad y oí­mos el ruido de las lanzas que se quiebran, el olor del sudor y de la pólvora, las grandes caí­das y las miradas sedientas de conquista de los guerreros. Pero nunca sentimos la alegrí­a, la inmensa alegrí­a presente en el corazón de quien está luchando, porque para ellos no importan ni la victoria ni la derrota, importa sólo participar del Buen Combate.

Finalmente, el tercer sí­ntoma de la muerte de nuestros sueños es la paz. La vida se convierte en una tarde de domingo y ya no nos pide grandes cosas, ni exige más de lo que queremos dar. Entonces creemos que somos maduros, dejamos de lado las fantasí­as de la infancia y alcanzamos nuestra realización personal y profesional. Nos sorprende cuando alguien de nuestra edad dice que aún quiere esto o aquello de la vida. Pero en realidad, en lo más profundo de nuestro corazón, sabemos que lo que sucede es que renunciamos a luchar por nuestros sueños, a librar el Buen Combate.

Cuando renunciamos a nuestros sueños y encontramos la paz, tenemos un pequeño periodo de tranquilidad. Pero los sueños muertos comienzan a pudrirse dentro de nosotros e infectan todo el ambiente en que vivimos.

Comenzamos a ser crueles con los que nos rodean y, finalmente, dirigimos esa crueldad contra nosotros. Surgen las enfermedades y las psicosis. Lo que querí­amos evitar en el combate “”la decepción y la derrota”” se convierte en el único legado de nuestra cobardí­a. Y un bello dí­a, los sueños muertos y podridos vuelven el aire difí­cil de respirar y comenzamos a desear la muerte, la muerte que nos libera de nuestras certezas, de nuestras ocupaciones y de aquella terrible paz de las tardes de domingo.

__________________________

Petrus fue mi guí­a en el Camino de Santiago, experiencia que conté en el libro “El Peregrino de Compostela” (1987)