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Edición nº 125: En el camino de Santiago, 1986

“Esta nube tiene que acabar,” pensaba yo mientras me afanaba por descubrir las marcas amarillas en las piedras y en los árboles del Camino. Hací­a casi una hora que apenas habí­a visibilidad, y yo seguí­a cantando, para alejar el miedo, mientras esperaba que sucediera algo extraordinario. Envuelto en tinieblas, solo en aquel ambiente irreal, comencé una vez más a ver el Camino de Santiago como si fuese una pelí­cula, en el momento en que se ve al héroe hacer lo que nadie más harí­a, mientras los espectadores piensan que esas cosas sólo pasan en el cine. Pero allí­ estaba yo, viviendo esa situación en la vida real. El bosque se tornaba más y más silencioso, y la oscuridad empezó a clarear. Podí­a ser que estuviera llegando al final, pero aquella luz confundí­a mis ojos y pintaba todo a mi alrededor de colores misteriosos y aterradores.

De repente, como en un espectáculo de magia, la oscuridad se desvaneció por completo. Y frente a mí­, clavada en lo alto de la montaña, estaba la Cruz.

Miré a mi alrededor, vi el mar de nubes del que habí­a salido, y otro mar de nubes muy por encima de mi cabeza. Entre estos dos océanos, los picos de las montañas más altas y la montaña del Cebreiro, con la Cruz. Sentí­ un gran deseo de rezar.

A pesar del deseo, no conseguí­ decir nada. A un centenar de metros más abajo, en una aldea de quince casas y una pequeña iglesia empezaron a encenderse las luces. Por lo menos tení­a donde pasar la noche. Un cordero descarriado subió al monte y se puso entre la cruz y yo. Me miró, un poco asustado. Durante mucho tiempo seguí­ mirando al cielo casi negro, a la cruz, y al cordero blanco a sus pies.

– Señor -dije, finalmente-. Yo no estoy clavado a esta cruz, y tampoco Te veo a Ti en ella. Esta cruz está vací­a y así­ debe permanecer para siempre, porque el tiempo de la Muerte ya pasó. Esta cruz era el sí­mbolo del Poder infinito que todos tenemos, clavado y muerto por el hombre. Ahora este Poder renace para la vida, porque he recorrido el camino de las personas comunes, y en ellas he encontrado Tu propio secreto. También Tú recorriste el camino de las personas comunes. Viniste a enseñarnos de cuánto éramos capaces, y nosotros no quisimos aceptarlo. Nos mostraste que el Poder y la Gloria estaban al alcance de todos, y esta súbita visión de nuestra capacidad fue demasiado para nosotros. Te crucificamos no por ingratitud para con el hijo de Dios, sino porque tení­amos mucho miedo de aceptar nuestra propia capacidad. Con el tiempo y con la tradición, Tú volviste a ser sólo una distante divinidad, y nosotros volvimos a nuestro destino de hombres.

“No hay pecado alguno en ser feliz. Media docena de ejercicios y un oí­do atento bastan para conseguir que un hombre haga realidad sus sueños más inalcanzables.”

El cordero se levantó y yo lo seguí­. Ya sabí­a adónde me llevaba, y a pesar de las nubes, el mundo se habí­a vuelto transparente para mí­. Aunque no pudiese ver la Ví­a Láctea en el cielo, tení­a la certeza de que existí­a y mostraba a todos el Camino de Santiago. Seguí­ al cordero, que caminó en dirección a aquella aldea, llamada también Cebreiro, como el monte. Allí­, en cierta ocasión tuvo lugar un milagro, el milagro de transformar lo que uno hace en algo en lo que uno cree. El Secreto de mi espada y del Extraño Camino de Santiago.

Mientras descendí­a la montaña, recordé la historia. En un dí­a de gran tormenta, un campesino de un pueblo cercano subió al Cebreiro para oí­r misa. Celebraba esta misa un monje casi sin fe, que despreció interiormente el sacrificio del campesino. Pero en el momento de la consagración, la hostia se transformó en la carne de Cristo, y el vino en su sangre. Las reliquias siguen allí­, guardadas en aquella pequeña capilla, un tesoro mayor que toda la riqueza del Vaticano.

Fui a la pequeña capilla, construida por el campesino y por el monje, que habí­a empezado a creer en lo que hací­a. Nadie sabe quiénes eran. Dos lápidas sin nombre en el cementerio de al lado marcan el lugar donde están enterrados sus huesos. Pero es imposible saber cuál es la tumba del monje y cuál la del campesino. Porque, para que sucediera el milagro, era preciso que las dos fuerzas libraran el Buen Combate.

Desde entonces, cada vez que me enfrento a un desafí­o importante, recuerdo la historia del milagro del Cebreiro. A la fe, a veces, hay que provocarla para que se pueda manifestar.

Y este año estoy conmemorando los veinte años de la peregrinación que cambió mi vida. La próxima semana, el dí­a 25 de julio, se celebra el dí­a de Santiago de Compostela. Si pueden, eleven una plegaria por él.

Edií§í£o nº 125: No caminho de Santiago, 1986

“Esta nuvem tem que acabar”, pensava eu enquanto lutava para descobrir as marcas amarelas nas pedras e nas árvores do Caminho. Fazia quase uma hora que a visibilidade era muito pequena, e eu continuava cantando, para afastar o medo, enquanto esperava que algo de extraordinário acontecesse. Cercado pela neblina, sozinho naquele ambiente irreal, comecei mais uma vez a ver o Caminho de Santiago como se fosse um filme, no momento onde a gente víª o herói fazer o que ninguém faria, enquanto na platéia, a gente pensa que estas coisas só acontecem no cinema. Mas ali estava eu, vivendo esta situaí§í£o na vida real. A floresta ia ficando cada vez mais silenciosa, e o nevoeiro comeí§ou a clarear muito. Podia ser que estivesse chegando ao final, mas aquela luz confundia meus olhos e pintava tudo a minha volta com cores misteriosas e aterradoras.

De repente, como num passe de mágica, o nevoeiro se desfez por completo. E diante de mim, cravada no alto da montanha, estava a Cruz.

Olhei em volta, vi o mar de nuvens de onde saí­, e outro mar de nuvens bem acima da minha cabeí§a. Entre estes dois oceanos, os picos das montanhas mais altas e o pico do Cebreiro, com a Cruz. Fui tomado de uma grande vontade de rezar.

Apesar do desejo, ní£o consegui dizer nada. A uma centena de metros abaixo de mim, um lugarejo com quinze casas e uma pequena igreja comeí§ou a acender suas luzes. Pelo menos eu tinha onde passar a noite. Um cordeiro desgarrado subiu o monte e colocou-se entre mim e a cruz. Ele me olhou, um pouco assustado. Durante muito tempo eu fiquei olhando o céu quase negro, a cruz, e o cordeiro branco aos seus pés.

– Senhor – disse eu, finalmente. – Eu ní£o estou pregado nesta cruz, e tampouco o vejo aí­. Esta cruz está vazia e assim deve permanecer para sempre, porque o tempo da Morte já passou. Esta cruz era o sí­mbolo do Poder infinito que todos nós temos, pregado e morto pelo homem. Agora este Poder renasce para a vida, porque percorri o caminho das pessoas comuns, e nelas encontrei Teu próprio segredo. Também tu percorreste o caminho das pessoas comuns. Vieste ensinar tudo do que éramos capazes, e nós ní£o quisemos aceitar. Nos mostraste que o Poder e a Glória estavam ao alcance de todos, e esta súbita visí£o de nossa capacidade foi demais para nós. Nós te crucificamos ní£o porque somos ingratos com o filho de Deus, mas porque tí­nhamos muito medo de aceitar nossa própria capacidade. Com o tempo e com a tradií§í£o, tu voltaste a ser apenas uma divindade distante, e nós retomamos ao nosso destino de homens.

“Ní£o existe nenhum pecado em ser feliz. Meia dúzia de exercí­cios e um ouvido atento bastam para conseguir que um homem realize seus sonhos mais impossí­veis.”

O cordeiro levantou-se e eu o segui. Já sabia onde estava me levando, e apesar das nuvens, o mundo tinha ficado transparente para mim. Mesmo que eu ní£o estivesse vendo a Via Láctea no céu, eu tinha certeza de que ela existia e mostrava a todos o Caminho de Santiago. Segui o cordeiro, que caminhou em direí§í£o í quela cidadezinha – também chamada Cebreiro, como o monte. Ali, certa vez um milagre havia acontecido – o milagre de transformar aquilo que vocíª faz naquilo que vocíª críª. O Segredo da minha espada e do Estranho Caminho de Santiago.

Enquanto descia a montanha, recordei a história. Um camponíªs de um povoado próximo, subiu para ouvir missa no Cebreiro, num dia de grande tempestade. Celebrava esta missa um monge quase sem fé, que desprezou interiormente o sacrifí­cio do camponíªs. Mas no momento da consagraí§í£o, a hóstia se transformou na carne de Cristo, e o vinho em seu sangue. As relí­quias ainda estí£o ali, guardadas naquela pequena capela, um tesouro maior que toda a riqueza do Vaticano.

Fui até a pequena capela, construí­da pelo camponíªs e pelo monge que havia passado a acreditar no que fazia. Ninguém sabe quem foram. Duas lápides sem nome no cemitério ao lado marcam o local onde estí£o enterrados seus ossos. Mas é impossí­vel saber qual é o túmulo do monge, e qual o do camponíªs. Porque, para que houvesse o Milagre, era preciso que as duas forí§as tivessem combatido o Bom Combate.

Desde entí£o, quando estou diante de um desafio importante, lembro a história do milagre no Cebreiro. A fé í s vezes precisa ser provocada, para que possa se manifestar.

E este ano, estou comemorando vinte anos de minha peregrinaí§í£o – que mudou minha vida. Comemora-se o dia de Santiago de Compostela na próxima semana, dia 25 de julho. Se puderem, faí§am uma prece em sua homenagem.

On the road to Santiago, 1986

“This cloud has to come to an end”, I thought while struggling to discover the yellow marks on the stones and trees along the Road. For nearly half an hour the visibility had been close to zero, and I went on singing to chase away the fear while waiting for something extraordinary to happen. Shrouded in the fog, all alone in that unreal atmosphere, once again I began to see the Road to Santiago as if it were a film, right at the moment when you see the hero doing what nobody would do, while in the audience you think that these things only happen in the cinema. But there I was, living this situation in real life. The forest was growing quieter and quieter and the fog was beginning to clear up. Maybe it was coming to an end, but that light confused my eyes and painted everything around me in mysterious and terrifying colors.

All of a sudden, like in a magic trick, the fog lifted completely. And there in front of me, driven into the top of the mountain, was the Cross.

I looked around, saw the sea of clouds from which I had emerged, and another sea of clouds way above my head. Between these two oceans, the peaks of the highest mountains and Cebreiro peak with the Cross. I felt a great urge to pray.

Despite the desire, I did not manage to say anything. A hundred meters beneath me, a village with fifteen houses and a small church began to turn on its lights. At least I had somewhere to spend the night. A stray lamb climbed the hill and placed itself between me and the cross. It looked at me, somewhat afraid. For a long time I stared at the nearly black sky, the cross and the white lamb at the foot of the cross.

“Lord”, I finally said. “I am not nailed to that cross, nor do I see You there. This cross is empty and so it shall remain for ever, because the time of Death has passed. This cross was the symbol of the infinite power that we all have, nailed and killed by man. Now this Power is born again to life, because I have walked the path of common people and in them I have found Your own secret. You too walked the path of common people. You came to teach all that we were capable of, and we did not want to accept this. You showed us that Power and Glory were in everyone’s reach, and this sudden vision of our capacity was too much for us. We crucified You not because we are ungrateful to the son of God but because we were very afraid to accept our own capacity. With time and tradition, You again became just a distant divinity, and we returned to our destiny as men.

“There is no sin in being happy. Half a dozen exercises and an attentive ear are enough to make a man realize his most impossible dreams”.

The lamb rose and I followed it. I already knew where it was leading me, and despite the clouds the world had grown transparent for me. Even though I was not seeing the Milky Way in the sky, I was certain that it existed and showed everyone the Road to Santiago.I followed the lamb, which was heading in the direction of the small village – also called Cebreiro, like the mountain. A miracle had taken place there once – the miracle of changing what you do into what you believe. The secret of my sword and the strange Road to Santiago.

As I climbed down the mountain I recalled the story. A peasant from a nearby village came up to hear Mass in Cebreiro one day amid a heavy storm. That Mass was celebrated by a monk of little faith who within himself disdained the peasant’s sacrifice. But at the moment of the Consecration, the host transformed into the body of Christ and the wine became his blood. The relics are still there, kept in that small chapel, a greater treasure than all the wealth of the Vatican.

I went to the small chapel built by the peasant and the monk who had begun to believe in what he did. No-one knew who they were. Two nameless headstones in the cemetery nearby mark the place where their bones are buried. But it is impossible to know which is the monk’s grave and which is the peasant’s. Because, in order to for there to be a miracle, the two forces had to fight the Good Fight.

Since then, whenever I am faced with an important challenge, I remember the story of the miracle of Cebreiro. Faith sometimes has to be provoked before it can manifest itself.

And this year I am celebrating the twentieth anniversary of my pilgrimage – which changed my life. Next week, on the 25th of July, we commemorate Santiago de Compostela Day. If you can, offer up a prayer in homage to the saint.

Edizione n°125: Sul cammino di Santiago, 1986

“Questa nuvola deve dissolversi”, pensavo mentre cercavo di scoprire i segnali gialli sulle pietre e sugli alberi del Cammino. Da quasi un’ora la visibilití  era molto scars, e io continuavo a cantare per scacciare la paura, mentre aspettavo che accadesse qualcosa di straordinario. Circondato dalla nebbiolina, da solo in quell’ambiente irreale, cominciai ancora una volta a vedere il Cammino di Santiago come se fosse un film, nel momento in cui si vede l’eroe fare quello che nessuno farebbe, mentre in platea gli spettatori pensano che queste cose accadono solo nel cinema. Ma io ero lí¬, e stavo vivendo questa situazione nella vita reale. La foresta diventava sempre pií¹ silenziosa e la nebbia comincií² a schiarirsi. Forse stavo arrivando alla fine, ma quella luce confondeva i miei occhi e dipingeva tutto quello che mi circondava di colori misteriosi e terrorizzanti.

All’improvviso, come per magia, la nebbia si dissipí² completamente. E davanti a me, piantata sulla cima della montagna, c’era la Croce.

Guardai intorno, vidi quel mare di nuvole da cui ero uscito e un altro mare di nuvole lassí¹ in alto, sopra la mia testa. Fra quei due oceani, i picchi delle montagne pií¹ alte e il picco “do Cebreiro”, con la Croce. Provai una grande voglia di pregare.

Malgrado il desiderio, non riuscii a dire nulla. A un centinaio di metri pií¹ in basso del punto in cui mi trovavo, un villaggio con quindici case e una chiesetta comincií² ad accendere le sue luci. Almeno avevo un posto dove passare la notte. Un agnello smarrito risalí¬ la costa e si mise fra me e la croce. Mi guardí², un po’ spaventato. Per lungo tempo io rimasi lí¬ a fissare il cielo quasi nero, la croce, l’agnello bianco ai suoi piedi.

– Signore – dissi infine. – Io non sono inchiodato a questa croce, e neppure ti vedo lí¬. Questa croce è vuota e cosí¬ deve rimanere per sempre, perché il tempo della Morte ormai è passato. Questa croce era il simbolo del Potere infinito che tutti noi abbiamo, inchiodato e ucciso dall’uomo. Ora questo Potere rinasce alla vita, perché ho percorso il cammino delle persone comuni, e in tutte loro ho trovato il Tuo segreto. Anche tu hai percorso il cammino delle persone comuni. Sei venuto a insegnare tutto quello di cui eravamo capaci, e noi non abbiamo voluto accettare. Ci hai mostrato che il Potere e la Gloria erano alla portata di tutti, e questa improvvisa visione della nostra capacití  è stata troppo per noi. Ti abbiamo crocifisso non perché siamo ingrati con il figlio di Dio, ma perché avevamo tanta paura di accettare la nostra capacití . Con il tempo e con la tradizione, tu sei tornato a essere solo una divinití  distante, e noi abbiamo ripreso il nostro destino di uomini.

“Non c’è alcun peccato nell’essere felici. Una mezza dozzina di esercizi e un udito attento bastano per fare sí¬ che un uomo realizzi i suoi sogni pií¹ impossibili.”

L’agnello si alzí² e io lo seguii. Sapevo gií  dove mi stava conducendo e, malgrado le nuvole, il mondo era rimasto per me trasparente. Anche se non riuscivo a vedere la Via Lattea nel cielo, ero sicuro che era lí¬ e mostrava a tutti il Cammino di Santiago. Seguii l’agnello, che s’incamminí² verso quel villaggio – anch’esso chiamato Cebreiro, come il monte. Lí¬, una volta era accaduto un miracolo – il miracolo di trasformare quello che fai in quello in cui credi. Il Segreto della mia spada e dello Strano Cammino di Santiago.

Mentre scendevo la montagna, ricordai la storia. Un contadino di un abitato vicino salí¬ per assistere alla messa a Cebreiro, in un giorno di grande tempesta. Celebrava questa messa un monaco quasi senza fede, che disprezzí² dentro di sé il sacrificio del contadino. Ma, nel momento della consacrazione, l’ostia si trasformí² nella carne di Cristo e il vino nel suo sangue. Le reliquie si trovano ancora lí¬, custodite in quella piccola cappella, un tesoro pií¹ grande di tutte le ricchezze del Vaticano.

Mi recai alla piccola cappella, costruita dal contadino e dal monaco che aveva cominciato a credere in quello che faceva. Nessuno sa chi furono. Due lapidi senza nome nel cimitero lí¬ accanto segnano il luogo dove sono sepolte le loro ossa. Ma è impossibile sapere quale sia la tomba del monaco e quale quella del contadino. Perché, affinchè ci fosse il Miracolo, bisognava che le due forze avessero combattuto il Buon Combattimento.

Da allora, quando mi trovo davanti a una sfida importante, ripenso alla storia del miracolo di Cebreiro. La fede talvolta ha bisogno di essere provocata, perché possa manifestarsi.

E quest’anno sto festeggiando i vent’anni del mio pellegrinaggio – che mi ha cambiato la vita. La prossima settimana, il 25 luglio, si celebra il giorno di Santiago de Compostela. Se potete, recitate una preghiera in suo onore.

Terceiro Capí­tulo

Deidre O’Neill, 37 anos, médica, conhecida como Edda

Se um homem que ní£o conhecemos telefona hoje, conversa um pouco, ní£o insinua nada, ní£o diz nada de especial, mas mesmo assim nos deu uma atení§í£o que raramente recebemos, somos capazes de ir para a cama aquela noite relativamente apaixonadas. Somos assim, e ní£o há nada de errado nisso “” é da natureza feminina abrir-se para o amor com grande facilidade.

Foi esse amor que me abriu para o encontro com a Mí£e quando tinha 19 anos. Athena também tinha esta idade quando entrou pela primeira vez em transe através da daní§a. Mas essa era a única coisa que tí­nhamos em comum “” a idade de nossa iniciaí§í£o.

Em tudo mais éramos total e profundamente distintas, principalmente em nossa maneira de lidar com os outros. Como sua mestra, eu dei sempre o melhor de mim, de modo que pudesse organizar sua busca interna. Como sua amiga “” embora ní£o tenha certeza de que este sentimento era correspondido “” procurei alertá-la para o fato de que o mundo ainda ní£o está pronto para as transformaí§íµes que ela queria provocar. Lembro-me que perdi algumas noites de sono até tomar a decisí£o de permitir que agisse com total liberdade, seguindo apenas o que seu coraí§í£o mandava.

Seu grande problema era ser a mulher do século XXII, vivendo apenas no século XXI “” e permitindo que todos vissem isso. Pagou um preí§o? Sem dúvida. Mas teria pago um preí§o muito maior se tivesse reprimido sua exuberí¢ncia. Seria amarga, frustrada, sempre preocupada com “o que os outros ví£o pensar”, sempre dizendo “deixa eu resolver antes estes assuntos, depois me dedico ao meu sonho”, sempre reclamando que “as condií§íµes ideais ní£o chegam nunca”.

Todos buscam um mestre perfeito; acontece que os mestres sí£o humanos, embora seus ensinamentos possam ser divinos “” e aí­ está algo que as pessoas custam a aceitar. Ní£o confundir o professor com a aula, o ritual com o íªxtase, o transmissor do sí­mbolo com o sí­mbolo em si mesmo. A Tradií§í£o está ligada ao encontro com as forí§as da vida, e ní£o com as pessoas que transmitem isso. Mas somos fracos: pedimos que a Mí£e nos envie guias, quando ela envia apenas os sinais da estrada que precisamos percorrer.

Ai daqueles que buscam pastores, ao invés de ansiar pela liberdade! O encontro com a energia superior está ao alcance de qualquer um, mas está longe daqueles que transferem sua responsabilidade para os outros. Nosso tempo nesta terra é sagrado, e devemos celebrar cada momento.

A importí¢ncia disso foi completamente esquecida: até mesmo os feriados religiosos se transformaram em ocasiíµes para se ir í  praia, ao parque, í s estaí§íµes de esqui. Ní£o há mais ritos. Ní£o se consegue mais transformar as aí§íµes ordinárias em manifestaí§íµes sagradas. Cozinhamos reclamando da perda de tempo, quando podí­amos estar transformando amor em comida. Trabalhamos achando que é uma maldií§í£o divina, quando deví­amos usar nossas habilidades para nos dar prazer, e para espalhar a energia da Mí£e.

Athena trouxe para a superfí­cie o riquí­ssimo mundo que todos nós carregamos na alma, sem se dar conta de que as pessoas ainda ní£o estí£o prontas para aceitar seus poderes.

Nós, as mulheres, quando buscamos um sentido para nossa vida, ou o caminho do conhecimento, sempre nos identificamos com um dos quatro arquétipos clássicos.

A Virgem (e aqui ní£o estou falando de sexualidade) é aquela cuja busca se dá através da independíªncia completa, e tudo que aprende é fruto de sua capacidade de enfrentar sozinha os desafios.

A Mártir descobre na dor, na entrega, e no sofrimento, uma maneira de conhecer a si mesma.

A Santa encontra no amor sem limites, na capacidade de dar sem nada pedir em troca, a verdadeira razí£o de sua vida.

Finalmente, a Bruxa vai em busca do prazer completo e ilimitado “” justificando assim sua existíªncia.

Athena foi as quatro ao mesmo tempo, quando devemos geralmente escolher apenas uma destas tradií§íµes femininas.

Claro que podemos justificar seu comportamento, alegando que todos os que entram em estado de transe ou de íªxtase perdem o contato com a realidade. Isso é falso: o mundo fí­sico e o mundo espiritual sí£o a mesma coisa. Podemos enxergar o Divino em cada grí£o de poeira, e isso ní£o nos impede de afastá-lo com uma esponja molhada. O divino ní£o parte, mas se transforma na superfí­cie limpa.

Athena devia ter se cuidado mais. Refletindo sobre a vida e a morte de minha discí­pula, é melhor eu mudar um pouco minha maneira de agir.

Próximo Capí­tulo: 04.08.06

Éd. nº 125 – Sur le chemin de Saint-Jacques, 1986

« Ce nuage doit avoir une fin », pensais-je, tandis que je m’efforí§ais de découvrir les marques jaunes sur les pierres et sur les arbres du Chemin. Depuis presque une heure déjí  la visibilité était très faible, et je continuais í  chanter pour éloigner la peur, attendant qu’un événement extraordinaire se produisí®t. Cerné par la brume, seul dans cette atmosphère irréelle, je regardais le chemin de Saint-Jacques comme dans un film, au moment oí¹ l’on voit le héros faire ce que personne n’oserait, tandis que dans la salle les gens pensent que ces choses-lí  n’arrivent qu’au cinéma. Mais j’étais lí , vivant cette situation dans la vie réelle. La foríªt était de plus en plus silencieuse, et le brouillard a commencé í  s’éclaircir nettement. Peut-íªtre arrivais-je au bout, mais cette lumière me troublait la vue et peignait le paysage de couleurs mystérieuses et effrayantes.
Soudain, comme par magie, le brouillard s’est totalement dissipé. Et devant moi, plantée au sommet de la montagne, se dressait la Croix.
J’ai regardé tout autour, vu la mer de nuages d’oí¹ j’émergeais, et une autre mer de nuages loin au-dessus de ma tíªte. Entre ces deux océans, les pics des montagnes les plus élevées et le pic du Cebrero, avec la Croix. J’ai été saisi d’un grand désir de prier.
Malgré ce désir, je n’ai pu proférer une parole. í€ une centaine de mètres en contrebas, des lumières s’allumaient dans un hameau constitué d’une quinzaine de maisons et d’une petite église. Au moins, j’avais oí¹ passer la nuit. Un agneau égaré a grimpé la montagne et s’est placé entre la croix et moi. Il m’a regardé, un peu effrayé. Je suis resté un long moment í  contempler le ciel presque noir, la croix, et l’agneau blanc au pied de celle-ci.
« Seigneur, ai-je dit enfin. Je ne suis pas cloué sur cette croix, et ne T’y vois pas non plus. Cette croix est vide et elle doit le rester í  tout jamais, parce que le temps de la Mort est passé. Cette croix était le symbole du Pouvoir infini, que nous avons tous, de clouer l’homme et de le mettre í  mort. Maintenant ce pouvoir renaí®t pour la vie, parce que j’ai parcouru le chemin des gens ordinaires et en eux j’ai trouvé Ton secret. Toi aussi Tu as parcouru le chemin des gens ordinaires. Tu es venu nous apprendre tout ce dont nous étions capables, et nous n’avons pas voulu l’accepter. Tu nous a montré que le Pouvoir et la Gloire étaient í  la portée de tous, et cette vision soudaine de nos facultés a été trop forte pour nous. Nous T’avons crucifié, non parce que nous sommes ingrats envers le fils de Dieu, mais parce que nous avions terriblement peur d’accepter nos propres facultés. Avec le temps et la tradition, Tu es redevenu une divinité lointaine, et nous sommes retournés í  notre destin d’hommes.
« Ce n’est pas un péché que d’íªtre heureux. Une demi-douzaine d’exercices et une écoute attentive suffisent í  un homme pour qu’il réalise ses ríªves impossibles. »
L’agneau s’est levé et je l’ai suivi. Je savais oí¹ il me menait. En dépit des nuages, le monde m’était devenu transparent. Míªme si je ne voyais pas la Voie lactée dans le ciel, j’avais la certitude qu’elle existait et désignait í  tous le chemin de Saint-Jacques. J’ai suivi l’agneau, qui se dirigeait vers ce village – qui porte le nom de Cebrero, comme le mont. En ce lieu, un jour, un miracle s’était produit, le miracle de la transformation de ce que l’on fait en ce que l’on croit. Le secret de mon épée et de l’étrange chemin de Saint-Jacques.
Tandis que je descendais la montagne, je me suis rappelé cette histoire. Un paysan d’un village voisin monta pour écouter la messe au Cebrero, un jour de violent orage. Cette messe était célébrée par un moine de peu de foi, qui méprisa intérieurement le sacrifice du paysan. Mais au moment de la consécration, l’hostie se transforma en la chair du Christ et le vin en son sang. Les reliques se trouvent encore lí , conservées dans cette petite chapelle, un trésor supérieur í  toutes les richesses du Vatican.
Je suis allé jusqu’í  la petite chapelle, construite par le paysan et par le moine qui s’était mis í  croire en ce qu’il faisait. Personne ne sait qui ils étaient. Deux pierres sépulcrales anonymes dans le cimetière voisin indiquent l’endroit oí¹ sont enterrés leurs ossements. Mais il est impossible de savoir quel est le tombeau du moine, quel est celui du paysan. Car, pour que le miracle eí»t lieu, les deux forces avaient dí» mener le Bon Combat.
Depuis lors, quand je suis confronté í  un défi important, je me rappelle l’histoire du miracle du Cebrero. Il faut parfois provoquer la foi pour qu’elle puisse se manifester.
Cette année, je fíªte le vingtième anniversaire de mon pèlerinage, qui a changé ma vie. On célèbre saint Jacques de Compostelle la semaine prochaine, le 25 juillet. Si vous le pouvez, faites une prière pour lui rendre hommage.

Segundo Capí­tulo

Andrea McCain, 32 anos, atriz de teatro

“Ninguém pode manipular ninguém. Em uma relaí§í£o, os dois sabem o que estí£o fazendo, mesmo que um deles venha depois queixar-se que foi usado.”

Isso Athena dizia “” mas agia de maneira oposta, porque fui usada e manipulada sem qualquer consideraí§í£o pelos meus sentimentos. A coisa fica ainda mais séria quando estamos falando de magia; afinal de contas era minha mestra, encarregada de transmitir os mistérios sagrados, despertar da forí§a desconhecida que todos nós possuí­mos. Quando nos aventuramos neste mar desconhecido, confiamos cegamente naqueles que nos guiam “” acreditando que sabem mais que nós.

Pois eu posso garantir: ní£o sabem. Nem Athena, nem Edda, nem as pessoas que terminei conhecendo por causa delas. Ela me dizia que estava aprendendo í  medida que ensinava, e embora eu no iní­cio me recusasse a acreditar, pude mais tarde me convencer que talvez pudesse ser verdade, terminei descobrindo que era mais uma de suas muitas maneiras de fazer com que abaixássemos nossas guardas, e nos entregássemos ao seu encanto.

As pessoas que estí£o na busca espiritual ní£o pensam: querem resultados. Querem sentir-se poderosas, longe das massas aní´nimas. Querem ser especiais. Athena brincava com sentimentos alheios de maneira aterradora.

Me parece que, em seu passado, teve uma profunda admiraí§í£o por Santa Teresa de Lisieux. A religií£o católica ní£o me interessa, mas, pelo que ouvi, Teresa tinha uma espécie de comunhí£o mí­stica e fí­sica com Deus. Athena mencionou certa vez que gostaria que seu destino fosse parecido com o dela: neste caso devia ter entrado para um convento, dedicado sua vida í  contemplaí§í£o ou ao servií§o dos pobres. Seria muito mais útil ao mundo, e muito menos perigoso que induzir pessoas, através de músicas e de rituais, a uma espécie de intoxicaí§í£o onde podemos entrar em contato com o melhor, mas também com o pior de nós mesmos.

Eu a procurei em busca de uma resposta para o sentido da minha vida “” embora tivesse dissimulado isso em nosso primeiro encontro. Devia ter percebido desde o iní­cio que Athena ní£o estava muito interessada nisso; queria viver, daní§ar, fazer amor, viajar, reunir gente a sua volta para mostrar como era sábia, exibir seus dons, provocar os vizinhos, aproveitar tudo que temos de mais profano “” mesmo que procurasse dar um verniz espiritual í  sua busca.

Cada vez que nos encontrávamos, para cerimí´nias mágicas ou para ir a um bar, eu sentia seu poder. Era quase capaz de tocá-lo, de tí£o forte que se manifestava. No iní­cio fiquei fascinada, queria ser como ela. Mas um dia, em um bar, ela comeí§ou a comentar sobre o “Terceiro Rito”, que envolve a sexualidade. Fez isso na frente do meu namorado. Seu pretexto era ensinar-me. Seu objetivo, na minha opinií£o, era seduzir o homem que amava.

E, claro, terminou conseguindo.

Ní£o é bom falar mal de pessoas que passaram desta vida para o plano astral. Athena ní£o terá que prestar contas a mim, mas a todas aquelas forí§as que, em vez de canalizar para o bem da humanidade e para sua própria elevaí§í£o espiritual, usou apenas em benefí­cio próprio.

E o que é pior: tudo que comeí§amos juntos podia ter dado certo, se ní£o fosse sua compulsí£o para o exibicionismo. Bastava ter agido de maneira mais discreta, e hoje estarí­amos cumprindo juntas a missí£o que nos foi confiada. Mas ní£o conseguia controlar-se, julgava-se dona da verdade, capaz de ultrapassar todas as barreiras usando apenas seu poder de seduí§í£o.

Qual foi o resultado? Eu fiquei sozinha. E ní£o posso mais abandonar o trabalho no meio “” terei que ir até o final, embora me sinta í s vezes fraca, e quase sempre desanimada.

Ní£o me surpreende que sua vida tenha terminado desta maneira: ela vivia flertando com o perigo. Dizem que as pessoas extrovertidas sí£o mais infelizes que as introvertidas, e precisam compensar isso mostrando a si mesmas que estí£o contentes, alegres, de bem com a vida; pelo menos no caso dela, este comentário é absolutamente correto.

Athena era consciente do seu carisma, e fez sofrer todos aqueles que a amaram.

Inclusive eu.

Próximo capí­tulo: 30.07.06

Primeiro Capí­tulo

Heron Ryan, 44 anos, jornalista

Ninguém acende uma lí¢mpada para escondíª-la atrás da porta: o objetivo de luz é trazer mais luz � sua volta, abrir os olhos, mostrar as maravilhas ao redor.

Ninguém oferece em sacrifí­cio a coisa mais importante que possui: o amor.

Ninguém entrega seus sonhos nas mí£os daqueles que podem destruí­-lo.

Exceto Athena.

Muito tempo depois de sua morte, sua antiga mestra me pediu que a acompanhasse até a cidade de Prestopans, na Escócia. Ali, aproveitando-se de uma lei feudal que foi abolida no míªs seguinte, a cidade concedeu o perdí£o oficial a 81 pessoas “” e seus gatos “” executadas por prática de bruxaria entre os séculos XVI e XVII.

Segundo a porta-voz oficial dos Baríµes de Prestoungrange e Dolphinstoun, “a maioria tinha sido condenada sem nenhuma evidíªncia concreta, com base apenas nas testemunhas de acusaí§í£o, que declaravam sentir a presení§a de espí­ritos malignos”.

Ní£o vale a pena lembrar de novo todos os excessos da Inquisií§í£o, com suas cí¢maras de tortura e suas fogueiras em chamas de ódio e vinganí§a. Mas, no caminho, Edda repetiu várias vezes que havia algo neste gesto que ela ní£o podia aceitar: a cidade, e o 14º Barí£o de Prestoungrange & Dolphinstoun, estavam “concedendo perdí£o” as pessoas executadas brutalmente.

Estamos em pleno século XXI, e os descendentes dos verdadeiros criminosos, aqueles que mataram inocentes, ainda se julgam no direito de “perdoar”. Vocíª sabe, Heron.

Eu sabia. Uma nova caí§a as bruxas comeí§a a ganhar terreno; desta vez a arma ní£o é mais o ferro em brasa, mas a ironia ou a repressí£o. Todo aquele que descobre um dom por acaso e ousa falar de sua capacidade, passa a ser visto com desconfianí§a. E geralmente o marido, esposa, pai, filho, seja lá quem for, ao invés de orgulhar-se, termina proibindo qualquer mení§í£o ao assunto, com medo de expor sua famí­lia ao ridí­culo.

Antes de conhecer Athena, achava que tudo ní£o passava de uma forma desonesta de explorar a desesperaní§a do ser humano. Minha viagem � Transilví¢nia para o documentário sobre vampiros era também uma maneira de mostrar como as pessoas sí£o facilmente enganadas; certas crendices permanecem no imaginário do ser humano, por mais absurdas que possam parecer, e terminam sendo usadas por gente sem escrúpulo. Quando visitei o castelo de Drácula, reconstruí­do apenas para dar aos turistas a sensaí§í£o de que estavam em um lugar especial, fui procurado por um funcionário do governo; insinuou que eu terminaria recebendo um presente bastante “significativo” (segundo suas palavras) quando o filme fosse exibido na BBC. Para esse funcionário, eu estava ajudando a propagar a importí¢ncia do mito, e isso merecia ser recompensado generosamente. Um dos guias disse que o número de visitantes aumentava a cada ano, e que qualquer referíªncia ao lugar seria positiva, mesmo aquelas afirmando que o castelo era falso, que Vlad Dracul era um personagem histórico sem qualquer referíªncia ao mito, e tudo ní£o passava do delí­rio de um irlandíªs (N.R.: Bram Stoker) que jamais visitara a regií£o.

Naquele exato momento, entendi que por mais rigoroso que pudesse ser com os fatos, eu estava involuntariamente colaborando com a mentira; mesmo que a idéia do meu roteiro fosse justamente desmistificar o local, as pessoas acreditam no que desejam; o guia estava certo, no fundo estaria colaborando para fazer mais propaganda. Desisti imediatamente do projeto, mesmo tendo investido uma quantia razoável na viagem e nas pesquisas.

Mas a ida a Transilví¢nia terminaria tendo um impacto gigantesco em minha vida: conheci Athena, quando buscava sua mí£e. O destino, este misterioso, implacável destino, nos colocou frente a frente em um insignificante hall de um hotel mais insignificante ainda. Fui testemunha de sua primeira conversa com Deidre “” ou Edda, como gosta de ser chamada. Assisti, como se fosse espectador de mim mesmo, a luta inútil que meu coraí§í£o travou para ní£o deixar-me seduzir por uma mulher que ní£o pertencia ao meu mundo. Aplaudi quando a razí£o perdeu a batalha, e a única alternativa que me restou foi entregar-me, aceitar que estava apaixonado.

E esta paixí£o me levou a ver rituais que nunca imaginei existirem, duas materializaí§íµes, transes. Achando que estava cego pelo amor, duvidei de tudo; a dúvida, ao invés de me paralisar, me empurrou em direí§í£o a oceanos que eu ní£o podia admitir que existiam. Foi esta forí§a que nos momentos mais difí­ceis me permitiu enfrentar o cinismo de outros amigos jornalistas, e escrever a respeito de Athena e de seu trabalho. E como o amor continua vivo, embora Athena já esteja morta, a forí§a continua presente, mas tudo que desejo é esquecer o que vi e aprendi. Só podia navegar neste mundo segurando as mí£os de Athena.

Estes eram os seus jardins, os seus rios, as suas montanhas. Agora que ela partiu, preciso que tudo volte rapidamente a ser como antes; vou concentrar-me mais nos problemas do trí¢nsito, na polí­tica exterior da Grí£-Bretanha, na maneira como administram nossos impostos. Quero tornar a pensar que o mundo da magia é apenas um truque bem elaborado. Que as pessoas sí£o supersticiosas. Que as coisas que a ciíªncia ní£o pode explicar, ní£o tíªm o direito de existir.

Quando as reuniíµes em Portobello comeí§aram a sair de controle, foram inúmeras as discussíµes sobre o seu comportamento, embora hoje em dia me alegre que ela jamais me tenha escutado. Se existe algum consolo na tragédia de perder alguém que amamos tanto, é a esperaní§a, sempre necessária, de que talvez tenha sido melhor assim.

Eu acordo e durmo com esta certeza; foi melhor que Athena tivesse partido antes de descer aos infernos desta terra. Jamais tornaria a conseguir paz de espí­rito desde os eventos que a caracterizaram como “a bruxa de Portobello”. O resto de sua vida seria um confronto amargo dos seus sonhos pessoais com a realidade coletiva. Conhecendo sua natureza, iria lutar até o final, gastar sua energia e sua alegria tentando provar algo que ninguém, absolutamente ninguém está disposto a acreditar.

Quem sabe, procurou a morte como um náufrago procura uma ilha. Deve ter estado em muitas estaí§íµes de metrí´ de madrugada, aguardando assaltantes que ní£o vinham. Caminhou pelos bairros mais perigosos de Londres, em busca de um assassino que ní£o se mostrava.
Provocou a ira dos fortes, que ní£o conseguiram manifestar a raiva.

Até que conseguiu ser brutalmente assassinada. Mas, no final das contas, quantos de nós escapamos de ver as coisas importantes de nossas vidas desaparecerem de uma hora para a outra? Ní£o me refiro aqui apenas a pessoas, mas também aos nossos ideais e sonhos: podemos resistir um dia, uma semana, alguns anos, mas estamos sempre condenados a perder. Nosso corpo continua vivo, mas a alma termina recebendo um golpe mortal cedo ou tarde. Um crime perfeito, onde ní£o sabemos quem assassinou nossa alegria, quais os motivos que provocaram isso, e onde estí£o os culpados.

E esses culpados, que ní£o dizem seus nomes, será que tíªm consciíªncia de seus gestos? Penso que ní£o, porque eles também sí£o ví­timas da realidade que criaram “” embora sejam depressivos, arrogantes, impotentes e poderosos.

Ní£o entendem e ní£o entenderiam nunca o mundo de Athena. Ainda bem que estou dizendo desta maneira: o mundo de Athena. Estou finalmente aceitando que estava ali de passagem, como um favor, como alguém que está em um lindo palácio, comendo o que existe de melhor, consciente que aquilo é apenas uma festa, o palácio ní£o é seu, a comida ní£o foi comprada com seu dinheiro, e em um dado momento as luzes se apagam, os donos ví£o dormir, os empregados voltam para seus quartos, a porta se fecha, e de novo estamos na rua, esperando um táxi ou um í´nibus, de volta a mediocridade do seu dia-a-dia.

Estou voltando. Melhor dizendo: uma parte de mim está voltando para este mundo em que só faz sentido aquilo que vemos, tocamos, e podemos explicar. Quero de novo as multas por alta velocidade, as pessoas discutindo nos caixas de banco, as eternas reclamaí§íµes sobre o tempo, os filmes de terror e as corridas de Fórmula 1. Esse é o universo que terei que conviver pelo resto de meus dias; vou casar, ter filhos, e o passado será uma lembraní§a distante, que no final me fará perguntar durante o dia: como pude ser tí£o cego, como pude ser tí£o ingíªnuo?

Sei também que, durante a noite, outra parte de mim ficará vagando no espaí§o, em contato com coisas que sí£o tí£o reais como o maí§o de cigarros e o copo de gim que tenho na minha frente. Minha alma daní§ará com a alma de Athena, eu estarei com ela enquanto durmo, acordarei suando, irei até a cozinha beber um copo de água, entenderei que para combater fantasmas é preciso usar coisas que ní£o fazem parte da realidade. Entí£o, seguindo conselhos de minha avó, colocarei uma tesoura aberta na mesa de cabeceira, e assim cortarei a continuaí§í£o do sonho.

No dia seguinte, olharei para a tesoura com certo arrependimento. Mas preciso adaptar-me de novo a este mundo, ou termino ficando louco.

Próximo capí­tulo: 25.07.06