Monthly Archive for July, 2006

Edición nº 125: En el camino de Santiago, 1986

“Esta nube tiene que acabar,” pensaba yo mientras me afanaba por descubrir las marcas amarillas en las piedras y en los árboles del Camino. Hacía casi una hora que apenas había visibilidad, y yo seguía cantando, para alejar el miedo, mientras esperaba que sucediera algo extraordinario. Envuelto en tinieblas, solo en aquel ambiente irreal, comencé una vez más a ver el Camino de Santiago como si fuese una película, en el momento en que se ve al héroe hacer lo que nadie más haría, mientras los espectadores piensan que esas cosas sólo pasan en el cine. Pero allí estaba yo, viviendo esa situación en la vida real. El bosque se tornaba más y más silencioso, y la oscuridad empezó a clarear. Podía ser que estuviera llegando al final, pero aquella luz confundía mis ojos y pintaba todo a mi alrededor de colores misteriosos y aterradores.

De repente, como en un espectáculo de magia, la oscuridad se desvaneció por completo. Y frente a mí, clavada en lo alto de la montaña, estaba la Cruz.

Miré a mi alrededor, vi el mar de nubes del que había salido, y otro mar de nubes muy por encima de mi cabeza. Entre estos dos océanos, los picos de las montañas más altas y la montaña del Cebreiro, con la Cruz. Sentí un gran deseo de rezar.

A pesar del deseo, no conseguí decir nada. A un centenar de metros más abajo, en una aldea de quince casas y una pequeña iglesia empezaron a encenderse las luces. Por lo menos tenía donde pasar la noche. Un cordero descarriado subió al monte y se puso entre la cruz y yo. Me miró, un poco asustado. Durante mucho tiempo seguí mirando al cielo casi negro, a la cruz, y al cordero blanco a sus pies.

– Señor –dije, finalmente-. Yo no estoy clavado a esta cruz, y tampoco Te veo a Ti en ella. Esta cruz está vacía y así debe permanecer para siempre, porque el tiempo de la Muerte ya pasó. Esta cruz era el símbolo del Poder infinito que todos tenemos, clavado y muerto por el hombre. Ahora este Poder renace para la vida, porque he recorrido el camino de las personas comunes, y en ellas he encontrado Tu propio secreto. También Tú recorriste el camino de las personas comunes. Viniste a enseñarnos de cuánto éramos capaces, y nosotros no quisimos aceptarlo. Nos mostraste que el Poder y la Gloria estaban al alcance de todos, y esta súbita visión de nuestra capacidad fue demasiado para nosotros. Te crucificamos no por ingratitud para con el hijo de Dios, sino porque teníamos mucho miedo de aceptar nuestra propia capacidad. Con el tiempo y con la tradición, Tú volviste a ser sólo una distante divinidad, y nosotros volvimos a nuestro destino de hombres.

“No hay pecado alguno en ser feliz. Media docena de ejercicios y un oído atento bastan para conseguir que un hombre haga realidad sus sueños más inalcanzables.”

El cordero se levantó y yo lo seguí. Ya sabía adónde me llevaba, y a pesar de las nubes, el mundo se había vuelto transparente para mí. Aunque no pudiese ver la Vía Láctea en el cielo, tenía la certeza de que existía y mostraba a todos el Camino de Santiago. Seguí al cordero, que caminó en dirección a aquella aldea, llamada también Cebreiro, como el monte. Allí, en cierta ocasión tuvo lugar un milagro, el milagro de transformar lo que uno hace en algo en lo que uno cree. El Secreto de mi espada y del Extraño Camino de Santiago.

Mientras descendía la montaña, recordé la historia. En un día de gran tormenta, un campesino de un pueblo cercano subió al Cebreiro para oír misa. Celebraba esta misa un monje casi sin fe, que despreció interiormente el sacrificio del campesino. Pero en el momento de la consagración, la hostia se transformó en la carne de Cristo, y el vino en su sangre. Las reliquias siguen allí, guardadas en aquella pequeña capilla, un tesoro mayor que toda la riqueza del Vaticano.

Fui a la pequeña capilla, construida por el campesino y por el monje, que había empezado a creer en lo que hacía. Nadie sabe quiénes eran. Dos lápidas sin nombre en el cementerio de al lado marcan el lugar donde están enterrados sus huesos. Pero es imposible saber cuál es la tumba del monje y cuál la del campesino. Porque, para que sucediera el milagro, era preciso que las dos fuerzas libraran el Buen Combate.

Desde entonces, cada vez que me enfrento a un desafío importante, recuerdo la historia del milagro del Cebreiro. A la fe, a veces, hay que provocarla para que se pueda manifestar.

Y este año estoy conmemorando los veinte años de la peregrinación que cambió mi vida. La próxima semana, el día 25 de julio, se celebra el día de Santiago de Compostela. Si pueden, eleven una plegaria por él.

Edição nº 125: No caminho de Santiago, 1986

“Esta nuvem tem que acabar”, pensava eu enquanto lutava para descobrir as marcas amarelas nas pedras e nas árvores do Caminho. Fazia quase uma hora que a visibilidade era muito pequena, e eu continuava cantando, para afastar o medo, enquanto esperava que algo de extraordinário acontecesse. Cercado pela neblina, sozinho naquele ambiente irreal, comecei mais uma vez a ver o Caminho de Santiago como se fosse um filme, no momento onde a gente vê o herói fazer o que ninguém faria, enquanto na platéia, a gente pensa que estas coisas só acontecem no cinema. Mas ali estava eu, vivendo esta situação na vida real. A floresta ia ficando cada vez mais silenciosa, e o nevoeiro começou a clarear muito. Podia ser que estivesse chegando ao final, mas aquela luz confundia meus olhos e pintava tudo a minha volta com cores misteriosas e aterradoras.

De repente, como num passe de mágica, o nevoeiro se desfez por completo. E diante de mim, cravada no alto da montanha, estava a Cruz.

Olhei em volta, vi o mar de nuvens de onde saí, e outro mar de nuvens bem acima da minha cabeça. Entre estes dois oceanos, os picos das montanhas mais altas e o pico do Cebreiro, com a Cruz. Fui tomado de uma grande vontade de rezar.

Apesar do desejo, não consegui dizer nada. A uma centena de metros abaixo de mim, um lugarejo com quinze casas e uma pequena igreja começou a acender suas luzes. Pelo menos eu tinha onde passar a noite. Um cordeiro desgarrado subiu o monte e colocou-se entre mim e a cruz. Ele me olhou, um pouco assustado. Durante muito tempo eu fiquei olhando o céu quase negro, a cruz, e o cordeiro branco aos seus pés.

– Senhor – disse eu, finalmente. – Eu não estou pregado nesta cruz, e tampouco o vejo aí. Esta cruz está vazia e assim deve permanecer para sempre, porque o tempo da Morte já passou. Esta cruz era o símbolo do Poder infinito que todos nós temos, pregado e morto pelo homem. Agora este Poder renasce para a vida, porque percorri o caminho das pessoas comuns, e nelas encontrei Teu próprio segredo. Também tu percorreste o caminho das pessoas comuns. Vieste ensinar tudo do que éramos capazes, e nós não quisemos aceitar. Nos mostraste que o Poder e a Glória estavam ao alcance de todos, e esta súbita visão de nossa capacidade foi demais para nós. Nós te crucificamos não porque somos ingratos com o filho de Deus, mas porque tínhamos muito medo de aceitar nossa própria capacidade. Com o tempo e com a tradição, tu voltaste a ser apenas uma divindade distante, e nós retomamos ao nosso destino de homens.

“Não existe nenhum pecado em ser feliz. Meia dúzia de exercícios e um ouvido atento bastam para conseguir que um homem realize seus sonhos mais impossíveis.”

O cordeiro levantou-se e eu o segui. Já sabia onde estava me levando, e apesar das nuvens, o mundo tinha ficado transparente para mim. Mesmo que eu não estivesse vendo a Via Láctea no céu, eu tinha certeza de que ela existia e mostrava a todos o Caminho de Santiago. Segui o cordeiro, que caminhou em direção àquela cidadezinha – também chamada Cebreiro, como o monte. Ali, certa vez um milagre havia acontecido – o milagre de transformar aquilo que você faz naquilo que você crê. O Segredo da minha espada e do Estranho Caminho de Santiago.

Enquanto descia a montanha, recordei a história. Um camponês de um povoado próximo, subiu para ouvir missa no Cebreiro, num dia de grande tempestade. Celebrava esta missa um monge quase sem fé, que desprezou interiormente o sacrifício do camponês. Mas no momento da consagração, a hóstia se transformou na carne de Cristo, e o vinho em seu sangue. As relíquias ainda estão ali, guardadas naquela pequena capela, um tesouro maior que toda a riqueza do Vaticano.

Fui até a pequena capela, construída pelo camponês e pelo monge que havia passado a acreditar no que fazia. Ninguém sabe quem foram. Duas lápides sem nome no cemitério ao lado marcam o local onde estão enterrados seus ossos. Mas é impossível saber qual é o túmulo do monge, e qual o do camponês. Porque, para que houvesse o Milagre, era preciso que as duas forças tivessem combatido o Bom Combate.

Desde então, quando estou diante de um desafio importante, lembro a história do milagre no Cebreiro. A fé às vezes precisa ser provocada, para que possa se manifestar.

E este ano, estou comemorando vinte anos de minha peregrinação – que mudou minha vida. Comemora-se o dia de Santiago de Compostela na próxima semana, dia 25 de julho. Se puderem, façam uma prece em sua homenagem.

On the road to Santiago, 1986

“This cloud has to come to an end”, I thought while struggling to discover the yellow marks on the stones and trees along the Road. For nearly half an hour the visibility had been close to zero, and I went on singing to chase away the fear while waiting for something extraordinary to happen. Shrouded in the fog, all alone in that unreal atmosphere, once again I began to see the Road to Santiago as if it were a film, right at the moment when you see the hero doing what nobody would do, while in the audience you think that these things only happen in the cinema. But there I was, living this situation in real life. The forest was growing quieter and quieter and the fog was beginning to clear up. Maybe it was coming to an end, but that light confused my eyes and painted everything around me in mysterious and terrifying colors.

All of a sudden, like in a magic trick, the fog lifted completely. And there in front of me, driven into the top of the mountain, was the Cross.

I looked around, saw the sea of clouds from which I had emerged, and another sea of clouds way above my head. Between these two oceans, the peaks of the highest mountains and Cebreiro peak with the Cross. I felt a great urge to pray.

Despite the desire, I did not manage to say anything. A hundred meters beneath me, a village with fifteen houses and a small church began to turn on its lights. At least I had somewhere to spend the night. A stray lamb climbed the hill and placed itself between me and the cross. It looked at me, somewhat afraid. For a long time I stared at the nearly black sky, the cross and the white lamb at the foot of the cross.

“Lord”, I finally said. “I am not nailed to that cross, nor do I see You there. This cross is empty and so it shall remain for ever, because the time of Death has passed. This cross was the symbol of the infinite power that we all have, nailed and killed by man. Now this Power is born again to life, because I have walked the path of common people and in them I have found Your own secret. You too walked the path of common people. You came to teach all that we were capable of, and we did not want to accept this. You showed us that Power and Glory were in everyone’s reach, and this sudden vision of our capacity was too much for us. We crucified You not because we are ungrateful to the son of God but because we were very afraid to accept our own capacity. With time and tradition, You again became just a distant divinity, and we returned to our destiny as men.

“There is no sin in being happy. Half a dozen exercises and an attentive ear are enough to make a man realize his most impossible dreams”.

The lamb rose and I followed it. I already knew where it was leading me, and despite the clouds the world had grown transparent for me. Even though I was not seeing the Milky Way in the sky, I was certain that it existed and showed everyone the Road to Santiago.I followed the lamb, which was heading in the direction of the small village – also called Cebreiro, like the mountain. A miracle had taken place there once – the miracle of changing what you do into what you believe. The secret of my sword and the strange Road to Santiago.

As I climbed down the mountain I recalled the story. A peasant from a nearby village came up to hear Mass in Cebreiro one day amid a heavy storm. That Mass was celebrated by a monk of little faith who within himself disdained the peasant’s sacrifice. But at the moment of the Consecration, the host transformed into the body of Christ and the wine became his blood. The relics are still there, kept in that small chapel, a greater treasure than all the wealth of the Vatican.

I went to the small chapel built by the peasant and the monk who had begun to believe in what he did. No-one knew who they were. Two nameless headstones in the cemetery nearby mark the place where their bones are buried. But it is impossible to know which is the monk’s grave and which is the peasant’s. Because, in order to for there to be a miracle, the two forces had to fight the Good Fight.

Since then, whenever I am faced with an important challenge, I remember the story of the miracle of Cebreiro. Faith sometimes has to be provoked before it can manifest itself.

And this year I am celebrating the twentieth anniversary of my pilgrimage – which changed my life. Next week, on the 25th of July, we commemorate Santiago de Compostela Day. If you can, offer up a prayer in homage to the saint.

Edizione n°125: Sul cammino di Santiago, 1986

“Questa nuvola deve dissolversi”, pensavo mentre cercavo di scoprire i segnali gialli sulle pietre e sugli alberi del Cammino. Da quasi un’ora la visibilità era molto scars, e io continuavo a cantare per scacciare la paura, mentre aspettavo che accadesse qualcosa di straordinario. Circondato dalla nebbiolina, da solo in quell’ambiente irreale, cominciai ancora una volta a vedere il Cammino di Santiago come se fosse un film, nel momento in cui si vede l’eroe fare quello che nessuno farebbe, mentre in platea gli spettatori pensano che queste cose accadono solo nel cinema. Ma io ero lì, e stavo vivendo questa situazione nella vita reale. La foresta diventava sempre più silenziosa e la nebbia cominciò a schiarirsi. Forse stavo arrivando alla fine, ma quella luce confondeva i miei occhi e dipingeva tutto quello che mi circondava di colori misteriosi e terrorizzanti.

All’improvviso, come per magia, la nebbia si dissipò completamente. E davanti a me, piantata sulla cima della montagna, c’era la Croce.

Guardai intorno, vidi quel mare di nuvole da cui ero uscito e un altro mare di nuvole lassù in alto, sopra la mia testa. Fra quei due oceani, i picchi delle montagne più alte e il picco “do Cebreiro”, con la Croce. Provai una grande voglia di pregare.

Malgrado il desiderio, non riuscii a dire nulla. A un centinaio di metri più in basso del punto in cui mi trovavo, un villaggio con quindici case e una chiesetta cominciò ad accendere le sue luci. Almeno avevo un posto dove passare la notte. Un agnello smarrito risalì la costa e si mise fra me e la croce. Mi guardò, un po’ spaventato. Per lungo tempo io rimasi lì a fissare il cielo quasi nero, la croce, l’agnello bianco ai suoi piedi.

– Signore – dissi infine. – Io non sono inchiodato a questa croce, e neppure ti vedo lì. Questa croce è vuota e così deve rimanere per sempre, perché il tempo della Morte ormai è passato. Questa croce era il simbolo del Potere infinito che tutti noi abbiamo, inchiodato e ucciso dall’uomo. Ora questo Potere rinasce alla vita, perché ho percorso il cammino delle persone comuni, e in tutte loro ho trovato il Tuo segreto. Anche tu hai percorso il cammino delle persone comuni. Sei venuto a insegnare tutto quello di cui eravamo capaci, e noi non abbiamo voluto accettare. Ci hai mostrato che il Potere e la Gloria erano alla portata di tutti, e questa improvvisa visione della nostra capacità è stata troppo per noi. Ti abbiamo crocifisso non perché siamo ingrati con il figlio di Dio, ma perché avevamo tanta paura di accettare la nostra capacità. Con il tempo e con la tradizione, tu sei tornato a essere solo una divinità distante, e noi abbiamo ripreso il nostro destino di uomini.

“Non c’è alcun peccato nell’essere felici. Una mezza dozzina di esercizi e un udito attento bastano per fare sì che un uomo realizzi i suoi sogni più impossibili.”

L’agnello si alzò e io lo seguii. Sapevo già dove mi stava conducendo e, malgrado le nuvole, il mondo era rimasto per me trasparente. Anche se non riuscivo a vedere la Via Lattea nel cielo, ero sicuro che era lì e mostrava a tutti il Cammino di Santiago. Seguii l’agnello, che s’incamminò verso quel villaggio – anch’esso chiamato Cebreiro, come il monte. Lì, una volta era accaduto un miracolo – il miracolo di trasformare quello che fai in quello in cui credi. Il Segreto della mia spada e dello Strano Cammino di Santiago.

Mentre scendevo la montagna, ricordai la storia. Un contadino di un abitato vicino salì per assistere alla messa a Cebreiro, in un giorno di grande tempesta. Celebrava questa messa un monaco quasi senza fede, che disprezzò dentro di sé il sacrificio del contadino. Ma, nel momento della consacrazione, l’ostia si trasformò nella carne di Cristo e il vino nel suo sangue. Le reliquie si trovano ancora lì, custodite in quella piccola cappella, un tesoro più grande di tutte le ricchezze del Vaticano.

Mi recai alla piccola cappella, costruita dal contadino e dal monaco che aveva cominciato a credere in quello che faceva. Nessuno sa chi furono. Due lapidi senza nome nel cimitero lì accanto segnano il luogo dove sono sepolte le loro ossa. Ma è impossibile sapere quale sia la tomba del monaco e quale quella del contadino. Perché, affinchè ci fosse il Miracolo, bisognava che le due forze avessero combattuto il Buon Combattimento.

Da allora, quando mi trovo davanti a una sfida importante, ripenso alla storia del miracolo di Cebreiro. La fede talvolta ha bisogno di essere provocata, perché possa manifestarsi.

E quest’anno sto festeggiando i vent’anni del mio pellegrinaggio – che mi ha cambiato la vita. La prossima settimana, il 25 luglio, si celebra il giorno di Santiago de Compostela. Se potete, recitate una preghiera in suo onore.